lunes, 13 de septiembre de 2021

El Gobierno sintió la derrota en las PASO: apostará al consumo, pero el clima social le juega en contra

El diagnóstico oficialista es que la mejora económica no 
llegó a su base electoral. Pero hay dudas sobre si con 
nuevas medidas se puede revertir la derrota


Por Fernando Gutiérrez

La indisimulable derrota electoral ya generó una crisis interna en el Gobierno, donde se empieza a discutir mucho más que un cambio de estrategia electoral con vistas a noviembre: se está replanteando un cambio de rumbo, que incluye desde nombres de ministros hasta una modificación urgente de la política económica.

El diagnóstico es que, si bien la pandemia y hechos políticos como la foto del cumpleaños en Olivos erosionaron al peronismo, lo que está en la base de la derrota es la crisis económica y el insuficiente resultado del plan para "poner plata en la calle".

El Gobierno sabía que le iba a ir mal, y por eso tenía preparado el discurso para atenuar el impacto de los números. Descontaba malos resultados en provincias ligadas a "el campo" pero se jugaba a una victoria en Buenos Aires y en las zonas donde históricamente se impuso el peronismo. En el promedio, esperaba tener una leve ventaja a nivel nacional.

De hecho, la calculadora electoral del peronismo apostaba no solamente a retener la representatividad en el Senado sino incluso a un leve aumento en la representación. Pero la contundencia de los resultados superó a los temores de los más pesimistas: haber perdido en provincias históricamente peronistas, como La Pampa y Chubut -estas dos últimas renuevan banca de senadores- y apenas estar reteniendo la mayoría en Tucumán y Catamarca era algo que no entraba en el radar de ningún analista.

Y si se mira el mapa a nivel nacional, con la proyección de diputados, sorprenden derrotas en provincias como Chaco y Entre Ríos.

Pero claro, como siempre la lupa estuvo puesta en la provincia de Buenos Aires, el bastión electoral kirchnerista, donde se esperaba hacer la diferencia que equilibrara el mapa nacional. Hasta la difusión de las "boca de urna" se esperaba una victoria contundente para la lista encabezada por Victoria Tolosa Paz, con una ventaja de no menos de ocho puntos por encima del espacio de Juntos por el Cambio.

El resultado final fue un cachetazo y un baño de realidad. En todo el interior rural de la provincia y las grandes ciudades se impuso la oposición, y el conurbano no tuvo la potencia que se esperaba.

Nadie lo expresó de forma más elocuente que el propio Presidente, quien arrancó su discurso admitiendo que "la gente no nos acompañó" y que había una demanda que no había sido satisfecha: "Algo, evidentemente, no hemos hechos bien".

Por eso, una de las grandes peleas internas es la interpretación del resultado: ¿lo que explica el mal resultado fue la saga de "errores no forzados" por parte de Alberto Fernández? ¿O es que la hegemonía de Cristina Kirchner en el conurbano no es tan grande como se suponía?

En todo caso, el Gobierno se enfrenta a un dilema amargo que debe resolver en las próximas horas: ¿se debe priorizar una moderación del discurso para buscar al votante centrista que apoyó al Frente de Todos en 2019 y ahora se fugó?; o por el contrario, ¿se debe endurecer el discurso para contener al núcleo duro?

Por lo pronto, los analistas tienen un consenso: el nivel de voto peronista en la provincia de Buenos Aires es más "techo" que "piso". Lo contrario de lo que le ocurre a la oposición, que por eso se entusiasma con la posibilidad de mejorar su resultado en noviembre.

¿Funciona el método "Rodríguez Saa"?

Los dos meses que faltan para noviembre serán intensos. Para empezar, todos tratarán de incentivar una mayor afluencia de votantes. Si bien es cierto que no se confirmaron los pronósticos catastrofistas que preanunciaban un ausentismo histórico, también es verdad que la cantidad de gente que votó está unos cinco puntos por debajo del promedio que tradicionalmente han tenido las PASO. Y, además, en algunas provincias, como Buenos Aires, el voto en blanco alcanzó un nivel dos puntos por encima del promedio histórico.

Pero hay otro factor a tener en cuenta: siempre entre las PASO y la elección "de verdad" hubo un salto de cinco puntos. De manera que, potencialmente, se podría agregar hasta un 10% del padrón. Algo difícil pero no imposible, dado que el avance de la campaña vacunatoria, la mejora del clima, la mayor intensidad del debate y, sobre todo, el mayor esfuerzo movilizador de todas las fuerzas políticas, estimularán a una mayor presencia de votantes.

El tema es quién se beneficiaría más con esa mayor afluencia de votantes. En principio, los antecedentes apuntan a que tienen más para ganar los opositores. Esto ocurre porque los que suelen ausentarse en las PASO son sobre todo los ancianos, que tienden a votar al macrismo en una proporción de dos a uno respecto del peronismo.

Ese efecto fue lo que le permitió al macrismo dar vuelta la elección legislativa de 2017 y achicar notablemente la diferencia en 2019.

Pero esto no significa que el Gobierno no tenga armas para pelear la elección legislativa de noviembre. El propio Alberto Fernández dio las primeras pistas sobre su diagnóstico y lo que tiene en mente: dar una prueba contundente de que recibió y decodificó el mensaje del electorado.

Irónicamente, lo que se viene tiene muchos puntos en contacto con lo que le ocurrió al macrismo tras ser derrotado en las PASO de agosto de 2019. En aquel momento, un aturdido Mauricio Macri decidió seguir el consejo de su compañero de fórmula, Miguel Pichetto, y anunció una serie de medidas económicas cortoplacistas para mejorar la situación económica, que incluyeron rebajas impositivas para productos de la canasta básica.

Muchos hablaron en ese momento -y lo están recordando ahora- del "método Rodríguez Saa". Los hermanos que dominaban el panorama político en San Luis se sorprendieron con una derrota en las PASO, pero lograron dar vuelta la elección en la legislativa gracias a un intenso plan de beneficios, que incluyó regalos de electrodomésticos, dinero en efectivo, planes y promesas de empleo. Sin ningún complejo ni temor a ser acusados de clientelistas, los legendarios hermanos demostraron que entendieron la motivación profunda del descontento de su masa electoral y, también, la forma de corregir los errores.

El propio macrismo, con medidas a nivel nacional, intentó -con menor nivel de éxito, claro- demostrar que había entendido que había terminado la hora de las palabras y había llegado el momento de poner dinero en el bolsillo de los votantes.

Con semejantes antecedentes, está muy claro que el peronismo elevará su apuesta a lubricar la economía mediante estímulos al consumo. No es que hasta ahora no lo haya hecho, pero las medidas se demostraron insuficientes.

Límites del plan consumo y el castigo del "campo"

Es una estrategia que también tiene sus límites. Uno de ellos fue marcado por todos los sociólogos que estudian el consumo: cuando hay una crisis de empleo y mucha incertidumbre a futuro, más plata en el bolsillo no necesariamente significa un estímulo a comprar más.

Pero, además, la plata en el bolsillo de alguien enojado no necesariamente lo hará cambiar de humor ni de intención de voto. Lo sabe bien Cristina Kirchner, que tras su derrota en las PASO de 2013 accedió ante quienes le sugerían elevar el "piso" del Impuesto a las Ganancias. Pero en las legislativas perdió por mayor diferencia, porque los beneficiarios de esa medida, asalariados de clase media, estaban demasiado enojados como para cambiar su voto.

Ahí radica la clave del problema peronista. No cuenta con los grandes recursos fiscales de otros momentos y, encima, el nuevo clima social no garantiza que inyectar dinero en la calle pueda incidir en el voto.

De todas maneras, está claro que se vendrá una saga de anuncios, que incluirán más bonos para jubilados, mejoras en los planes de asistencia social y beneficios para sectores específicos -incluyendo otra probable mejora en Ganancias-.

En cambio, no está tan claro que la autocrítica llegue al punto de dar marcha atrás con las medidas que han irritado a la clase media rural y que llevó, por ejemplo, al desastre electoral en Santa Fe y Entre Ríos. La propia Cristina Kirchner justificó con vehemencia, tres días antes de las PASO, que el intervencionismo en la actividad agropecuaria -como el cierre a la exportación de carne- era una forma irrenunciable de hacer política redistributiva.

El debate interno se plantea si revisar esas medidas sería una actitud sensata o si, por el contrario, implicaría un "sincericidio" político.

En ese contexto de depresión, el Gobierno tendrá un alivio que, paradójicamente, proviene de su derrota en las urnas. El mercado reaccionará positivamente, con subas en bonos y acciones, menor tensión con el dólar y más herramientas para contener la inflación.

El panorama oficialista es hoy un mix de contradicciones: festejo en los mercados, reproches de las bases; acusaciones cruzadas entre los intendentes bonaerenses y La Cámpora; kirchneristas que pasan factura por el ajuste fiscal impulsado por Martín Guzmán en el primer semestre.

Y un inocultable enojo de Cristina con Alberto Fernández, que se evidenció desde la decisión de no hablar hasta la siempre transparente gestualidad de la vicepresidente. Ese es el panorama con el que se encuentra el Gobierno, donde se está debatiendo incluso si habrá que adelantar los cambios de gabinete originalmente previstos para después de noviembre.

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