miércoles, 11 de agosto de 2021

Lo inesperado, un factor de la política

 Por Pablo Mendelevich

Hoy se cumplen dos años de las PASO más sorprendentes de la historia. Aunque decirlo así tal vez sea demasiado pomposo. Las PASO no son de historia demasiado ancestral. Se trata de un aperitivo electoral de obligatoriedad redundante (para los votantes y para los partidos, tengan o no internas, único caso en América latina), creado hace doce años por la entonces presidenta Cristina Kirchner y su ministro Florencio Randazzo mediante la ley 26.571. A la ley la llamaron “de democratización de la representación política, la transparencia y la equidad electoral”. Democratizar la democracia no sonará perfecto pero por lo menos es enfático.

En total hubo cinco PASO (tres presidenciales, dos intermedias), con un bajo promedio de competencia interna efectiva. De modo que no se consiguió aun una serie de suficiente envergadura como para identificar patrones de comportamiento electoral propensos a repetirse. Predecir en base a la experiencia lo más importante, que es cómo muta el voto de las PASO a las generales, todavía se hace difícil, dicen los expertos, por la delgadez de la muestra.

Justo de pifiadas astronómicas es el aniversario de hoy, al que ni encuestadores querrán celebrar con torta y guirnaldas. Las PASO del 11 de agosto de 2019 son recordadas como un fiasco mayúsculo en cuanto al desajuste entre lo que se esperaba que sucediera y lo que sucedió, pero sobre todo por las graves consecuencias institucionales que el fiasco tuvo. En particular, la corrida cambiaria y bursátil y la duplicación del riesgo país que liquidó al gobierno de Macri antes de hora (pese a lo cual marcaría un hito histórico al terminar el mandato el día que correspondía).

Podrá discutirse cuánto del desbarajuste se debió a actitudes de Macri y cuánto a la reacción de los mercados frente a la disrupción, o lisa y llanamente a la súbita certeza de la vuelta del peronismo, pero es innegable que la sorpresa por la contundencia del resultado (incluida la sorpresa, luego negada, de los ganadores) llegó a la categoría de distorsión institucional. ¿No eran primarias? ¿Qué se votaba? De manera imprevista, las PASO del 2019 se desfiguraron como plástico sobre fuego; en vez de primarias funcionaron como una categórica primera vuelta.

Se supone que con las PASO pandémicas del mes próximo, sólo legislativas, no existe peligro. Primero, porque hay más competencia interna que nunca: la esencia de las PASO aflora. A favor de los “pasistas” (políticos que defienden a las PASO con envidiable fervor) hay que reconocer que por fin en una elección intermedia la práctica se acerca a la teoría.

Es curioso el tema de los defensores y los detractores. Varias figuras de Juntos por el Cambio se mostraron reacias en su momento a las PASO, pero en 2015 fueron quienes estrenaron la competencia para dirimir la candidatura presidencial entre los tres partidos de la coalición. Mientras tanto, el Frente para la Victoria, padre de la criatura, evitó usarlas para cargos de importancia. Fiel a la tradición verticalista del peronismo, que una sola vez en su historia dirimió una candidatura presidencial mediante internas (Menem-Cafiero, 1988), el FpV o FdT seleccionó candidato a presidente en 2011, 2015 y 2019 mediante método anatómico: el inapelable dedo. La dueña de este dedo, cuya firma refulge al pie de la ley 26.571 que democratiza la democracia, incluso evitó ir a las PASO cuando fue candidata a senadora bonaerense y su ex ministro Randazzo la desafió desde dentro del PJ. Ella prefirió inventarse un partido propio (Unidad Ciudadana) para dejar claro que a una interna no iba.

Según los manuales de ciencias políticas, los oficialismos son menos propensos a las internas que los partidos de oposición, pero la cuestión también está influida por otras variables, como la tradición partidaria y la calidad del liderazgo. Por otro lado, no cualquier competencia interna es genuina. Están, por ejemplo, los que generan una competencia con la ilusión de atraer votantes al ring para capitalizarse en las generales. Los políticos muchas veces adoptan estrategias sesudas, intrépidas, acariciándose el mentón con gesto de sabiduría. Si las estrategias se verifican fallidas corren con la ventaja de saber soslayar el yerro; es parte de su oficio.

Por otro lado, lo que se juega ahora es una modificación de las fuerzas del Congreso, a lo sumo un pronunciamiento sobre la gestión oficial llamado a tener gravitación política, sin que esté previsto cambio de gobierno alguno. Cambiar el gobierno tras comicios legislativos, algo natural en un sistema parlamentario, en uno presidencial es traumático. Y sería lindo poder decir “por suerte eso nunca pasó”. Pero pasó. ¿Cómo olvidarlo?

La severa crisis del 2001 se desencadenó después de las elecciones intermedias del “voto salame”, apodadas así por aquellas legendarias fetas que en algunas mesas electorales hallaron al abrir los sobres quienes sólo habían sido entrenados para contar boletas partidarias. Nunca se había visto en las urnas tanta ira. Ira anticipatoria.

Las del 14 de octubre de 2001fueron las elecciones del desencanto devenido slogan anarquista, “que se vayan todos”, dramática partitura que musicalizó el colapso. Pocos recuerdan que esas legislativas, mencionadas en la quinta disposición transitoria de la nueva Constitución, eran muy especiales. Por única vez se elegía al Senado completo. Cada provincia pasaba a tener tres senadores en vez de dos. El sistema se reseteaba. Se suponía que eso significaba un gran avance democrático porque, con la incorporación del tercer senador, las minorías empezaban a estar representadas en la Cámara Alta. Pero lo que se desató fue, paradójicamente, una incendiaria crisis de representación. Ejemplo elocuente de los caminos diversificados que pueden tomar en la Argentina la política, la vida institucional y la realidad de a pie.

Así como los geólogos buscan saber cuáles son los sismos precursores que avisan la inminencia de un terremoto, en la Argentina se discute qué indicios hay de que la hoja de ruta institucional pueda volarse con un imprevisto viento huracanado. No es un secreto que en los círculos dirigentes hoy se habla con preocupación de una apatía y desencanto popular creciente, fenómeno ostensiblemente enredado con la fatiga producida por la pandemia y con las tensiones sociales de los sectores más vulnerables.

Muchos focus groups confirman que la política no es para todos ese valor sacro que la militancia apasionada venera. Acaba de empezar la campaña en los medios, se multiplican las arengas, los precandidatos peregrinan por los canales. El desdoblamiento también sale en la tele: ahí están los spots proselitistas y políticos en campaña que se enorgullecen por vacunas de fabricación nacional todavía inexistentes o festejan un despegue de la economía que en la realidad pocos podrían reconocer en carne propia. O las denuncias a veces tremendistas cuando no chabacanas y absurdas (sexo en Olivos), que las caóticas redes sociales revuelven hasta el hartazgo.

A la certeza de que nada inesperado puede ocurrir (no tiene por qué ser trágico, puede ser sólo disruptivo) parece faltarle costumbre.

© La Nación

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