miércoles, 18 de agosto de 2021

Lágrimas

 Por Manuel Vicent

Cada mañana su madre le lavaba la cara con jabón de sosa, lo peinaba y mientras le abrochaba con amor todos los botones, le decía: Hijo, pórtate bien con el maestro. Qué lejos queda aquel niño que iba a la escuela con los lápices de colores sonando en el estuche de la cartera. Primero el Cara al sol brazo en alto, luego el dictado, la ortografía y Viriato, el mapa de España y la cantinela de la tabla de multiplicar que salía por los ventanales. 

Qué lejos quedan aquellos gritos del recreo y las claras acequias donde se bañaba desnudo entre los naranjos y las meriendas de pan con chocolate y los nidos secretos de petirrojos, verderones y jilgueros, y el olor a linotipia que despedían los cromos y el de las hojas de morera de la caja de los gusanos. Introibo ad altare Dei, repetía el cura en misa cuando el niño era monaguillo.

Qué lejos queda aquel chaval que estrenó los primeros pantalones bombachos. Entre los radios de su bicicleta petardeaba el as de oros, la mejor carta de la baraja. A esa edad soñaba con islas misteriosas de Julio Verne y de Salgari y con aquella niña pelirroja por la que sintió por primera vez una pulsión extraña que siempre llevó asociada el aroma del espliego de la primera excursión por la montaña.

Qué lejos queda el joven orteguiano que creía pertenecer a la minoría selecta y que luego en la universidad luchó contra la dictadura frente a los guardias, se alistó en el partido comunista, pasó por la cárcel y durante algunos años aún mantuvo la fe en que el mundo podía cambiar a la medida de sus sueños.

Hoy es un viejo que no sabría explicar por qué una cólera larvada lo ha convertido en un sujeto tan reaccionario. Solo que en medio de su confusión política e ideológica a veces recuerda a aquel niño que iba a la escuela con la cara bien lavada, tan limpio, tan puro, tan lejano, y se le saltan las lágrimas.

© El País (España)

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