jueves, 5 de agosto de 2021

La agonía de la izquierda

 Por James Neilson

Alberto Fernández dista de ser el único que prefiere pasar por alto lo que está ocurriendo en Cuba; se cuentan por millones los resueltos a minimizar la significancia de los disturbios que estallaron hace un par de semanas y la represión brutal con la que las enfrentó el régimen. Además de Alberto, los reacios a “conocer exactamente las dimensiones” de las protestas incluyen a los muchos latinoamericanos, europeos, canadienses y estadounidenses que se niegan a abandonar la esperanza de que, en algún lugar de la Tierra, haya habido un “experimento” izquierdista más o menos exitosa.

Todos se preguntan: ¿Cómo puede ser que una multitud de jóvenes, encabezados por artistas, repudien a la maravillosa revolución cubana que marcó un hito en la historia de la humanidad? ¿Por qué gritan no a la muerte y sí a la vida?

Decía George Orwell, un socialista fiel, que algunas ideas son tan tontas que sólo un intelectual podría tomarlas en serio. Una, reivindicada a su modo por el profesor Alberto, es que de no haber sido por el embargo comercial y financiero norteamericano, los comandantes Castro y sus cómplices hubieran logrado construir un auténtico paraíso terrenal. Es una fantasía; nunca hubo la menor posibilidad de que lo hicieran los comandantes uniformados y los burócratas serviles que se encargarían de las tareas administrativas. El colectivismo totalitario está programado para fracasar porque se basa en la noción de que la mejor forma de solucionar un problema consiste en fusilar a los acusados de provocarlo. He aquí la razón por la que a través de los años los comunistas han asesinado a más de cien millones de personas sin acercarse a lo que juraban tener en mente.

La triste verdad es que, lo mismo que la difunta Unión Soviética, sus satélites europeos y Corea del Norte, Cuba siempre ha sido una parodia monstruosa de la utopía soñada por quienes se imaginaban capaces de crear una nueva sociedad conformada por hombres (y mujeres) nuevos. Muchos que habían aplaudido el espectáculo brindado por los guerrilleros barbudos cuando descendían de la Sierra Maestra, dieron la espalda al régimen castrista luego de enterarse de los métodos que empleaba para disciplinar a la población.

Así y todo, una franja de intelectuales, acompañado a veces por políticos oportunistas como Cristina y sus adherentes a los que no les importan un bledo los derechos humanos de quienes no militan en sus filas, continúa resistiéndose a toman en cuenta tales detalles, de ahí la ignorancia selectiva del pobre Alberto que, desde luego, está dispuesto a decir cualquier cosa que a su juicio podría servirle para congraciarse con la jefa.

Para la izquierda, los años últimos han sido muy crueles. A los convencidos de las bondades del proyecto “científico” que creían destinado a dominar el futuro del género humano, liberándolo de milenios de sufrimiento, les costó mucho entender que habían estado en lo cierto los disidentes soviéticos que tanto habían despreciado y calumniado antes de que, por fin, el imperio creado por Lenin, Trotsky, Stalin y los demás se derrumbara, socavado por sus contradicciones internas. Caída la Unión Soviética, entonces tuvieron que asistir a la transformación de China en una potencia que es mucho más capitalista que marxista o maoísta, mientras que en Venezuela el chavismo degeneró rápidamente en un movimiento gangsteril que impulsaría un éxodo de refugiados aún mayor que el provocado por la guerra civil en Siria. Y, como si todo eso no fuera más que suficiente, en Europa hasta los socialdemócratas, practicantes de una variante sumamente civilizada del izquierdismo, comenzaban a perder terreno.

Si bien las alternativas al socialismo, fuera éste ferozmente autoritario, como en Cuba, o democrático como en Europa occidental, han brindado resultados llamativamente superiores a los conseguidos por gobiernos que se calificaban de izquierdistas, para muchos sólo ha sido cuestión del mal menor. El conservadurismo moderado que, bajo distintos rótulos, domina el escenario político de los países ricos, carece de una ideología coherente y por lo tanto del glamor y el prestigio intelectual de los credos revolucionarios. Asimismo, la incertidumbre motivada por la falta de esquemas rígidos que es una de sus características ha contribuido al malestar de los muchos que se sienten defraudados por la realidad política del país en que viven y tienen motivos de sobra para temer que el futuro le sea todavía peor.

El clima preponderante, agravado por la pandemia tanto en los países considerados avanzados como en los subdesarrollados, se asemeja bastante a aquel que, en otros tiempos, se hubiera calificado de “prerevolucionario”. Sin embargo, mientras que en otros periodos de cambio imprevisible, como los que siguieron a las dos guerras mundiales, hubo izquierdistas convencidos de que les sería dado sacar provecho de la sensación de que una época está aproximándose a su fin, en la actual están tan desorientados como el que más.

La izquierda siempre se ha alimentado del descontento de quienes se sienten injustamente postergados. Puesto que hoy en día hay una abundancia de la materia prima así supuesta, no faltan los deseosos de explotarla aun cuando entiendan que sería inútil insistir en probar suerte nuevamente con las fórmulas tradicionales que no han funcionado en ninguna parte.

Es lo que están haciendo los partidarios de “la política de la identidad”. Muchos son izquierdistas reciclados que han encontrado en ella una causa nueva a la cual dedicarse. Conscientes de que las viejas ideologías se habían desprestigiado debido a los resultados catastróficos de los intentos de aplicarlas en el mundo real, se las ingeniaron para elaborar sustitutos que, para sorpresa de muchos, no tardaron en difundirse primero en las universidades estadounidenses y, casi enseguida, en otras partes del planeta. Puede que no sean de origen netamente “marxista” como dicen los alarmados por lo que está sucediendo, pero no cabe duda de que están ocupando el espacio dejado por el colapso de viejo proyecto ultraizquierdista y que atraen a los que, una generación o dos antes, se hubieran afiliado al Partido Comunista o a una de las sectas trotskistas.

Luego de darse cuenta de que la clase obrera mundial había perdido interés en los esquemas revolucionarios, académicos de instituciones de élite en Estados Unidos comenzaron a adoctrinar a los estudiantes de familias adineradas para que se alzaran contra el orden social que, les enseñaban, es intrínsecamente perverso. Les resultó fácil convencer a los más inquietos de que el futuro pertenecerá a los presuntos “damnados de la tierra” de los que hablaba Frantz Fanon, las víctimas de las injusticias históricas que en su opinión son inherentes a todas las sociedades capitalistas avanzadas y que hay que extirpar. Gracias en buena medida a los ubicuos medios sociales, el movimiento que pusieron en marcha ya ha repercutido con fuerza no sólo en Estados Unidos, sino también en el Reino Unido, distintas partes de Europa y, desde luego, América latina.

De no haber sido por el reemplazo de la izquierda tradicional -la que, en lo concerniente a la moral sexual, era decididamente conservadora, casi victoriana- por los activistas de la “política de la identidad” que aspiran a cambiar radicalmente no sólo las estructuras sociales sino también los vínculos entre todas las personas que habitan la tierra, nadie en la Argentina hubiera pensado en legitimar “el matrimonio igualitario”, y hubiera sido muy poco probable que el movimiento feminista adquiriera su importancia actual. Asimismo, aunque hasta ahora no ha llegado la obsesión norteamericana con la llamada “supremacía blanca” y los problemas enfrentados por los transexuales, no sorprendería demasiado que pronto se agregaran a los temas que se han puesto de moda aquí. Por cierto, sería un gran error subestimar la influencia que tiene el poder blando de Estados Unidos; durante muchos años estaba al servicio del capitalismo liberal pero hoy en día está en manos de los resueltos a aprovechar los instintos contestatarios de quienes quieren rebelarse contra algo en beneficio de grupos considerados injustamente rezagados y en desmedro de casi todos los demás.

En comparación con el izquierdismo totalitario de antes, la versión novedosa que han confeccionado los progres norteamericanos parece relativamente innocua. Está llena de contradicciones que andando el tiempo ocasionarán muchos problemas, ya que privilegiar a grupos determinados de supuestas víctimas supone discriminar en contra de otros. Con todo, acarrea el riesgo de que un buen día la clase obrera y media baja blanca, que en Estados Unidos y otros países occidentales aún constituye la mayoría pero que últimamente parece haberse resignado a ceder ante las presiones de los militantes que la están atacando, opte por defender su propia “identidad” con un grado de beligerancia comparable con el de los autoproclamados líderes negros; de ser así, a los países occidentales, sobre todo a Estados Unidos y a Francia -donde hace poco un grupo de militares, algunos en activo y otros retirados, advirtió sobre el peligro de una guerra civil-, les aguarda un futuro agitado por conflictos raciales y, tal vez, religiosos, que serían decididamente más violentos que los del pasado reciente.

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