martes, 20 de julio de 2021

El principio de Evans

 Por Guillermo Piro

Larry Evans fue Gran Maestro de ajedrez (ganó el Campeonato de Estados Unidos cuatro veces). Nacido en Manhattan en 1932, aprendió ajedrez viendo a los aficionados jugar en el Central Park (Manhattan tiene forma de tablero de ajedrez). A los 15 años ganó el campeonato del Marshall Chess Club (al parecer, hasta ahora nadie pudo superar esa marca). A los 18 había ganado el campeonato del Estado de Nueva York y una medalla de oro en la Olimpíada de Dubrovnik en 1950.

Evans participó en torneos en todo el mundo a partir de 1960, pero fuera de Estados Unidos su carrera no fue tan rutilante. En 1966 visitó la URSS para participar de un torneo, y como suele ocurrirles a los ajedrecistas, no podía estar dos días sin jugar una partida. No conocía a nadie en Moscú, de modo que averiguó en el hotel dónde podía jugar con alguien que estuviera a su altura, y el conserje le recomendó un bar cercano, donde al parecer un viejo jugador solía liquidar a todo el que se le sentara delante. Y Larry se encaminó hacia allá.

Efectivamente, un viejo sentado frente a un tablero liquidaba con sutil rapidez a sus contrincantes. No solo los liquidaba, lo hacía dándoles handicap: a uno le jugaba con una torre menos, a otro sin la dama... Larry Evans esperó su turno y llegado el momento se sentó dispuesto a darle una lección a ese viejo fanfarrón y moscovita. El viejo decidió que iba a jugar con una torre menos. Larry no se opuso, la partida comenzó, y al cabo de un cuarto de hora Larry, derrotado, se veía obligado a abandonar. Así que propuso jugar una segunda partida, a lo que el viejo volvió a acceder, pero esta vez jugando sin su dama. Y Larry volvió a perder. Entonces tuvo lugar una de esas intuiciones formidables, que cuando llega el momento de explicar hace que quien trata de hacerlo comience a tartamudear y no consiga expresar una sola idea convincente: Larry propuso al viejo otra partida, pero esta vez quien jugaría sin la dama sería él, Larry. Y Larry ganó.

De esa anécdota sobre las tribulaciones de un ajedrecista en la URSS en plena Guerra Fría nació un principio que no tiene nombre, pero que mucha gente conoce como el Principio de Evans, y que dice que en ajedrez, llegado a determinado punto de excelencia, contar con menos piezas significa tener menos cosas de las que preocuparse. Gracias a Evans, la fama de aquel viejo sucumbió en un instante, y él abandonó el bar sintiendo que, a su modo, había cometido un pequeño acto de justicia.

Pensaba en todo esto porque hace unos días alguien desde Estados Unidos hackeó mi cuenta de Twitter y la perdí. Todavía estoy tratando de entender la finalidad del acto, porque el supuesto hacker no utiliza lo que era mi cuenta, a la que ya no tengo acceso. Tampoco tengo acceso a la cuenta de mail que usé para abrir aquella cuenta en el lejano 2007, de modo que el señor Twitter me dijo que me olvide de ella y me recomendó que me abra una nueva. Cosa que no pienso hacer, porque no soy de esos que son capaces de rehacer algo desde cero. Ya pasé la edad de empezar cosas desde cero. A lo sumo profundizo, pero desde cero, nada.

Lo sorprendente es que, luego de unas horas de sentirme un poco desorientado, empecé a tomarle el gusto a eso de no tener una cuenta de Twitter. Cuando mi respiración se recompuso, noté que me gustaba eso de no tener que estar pensando ocurrencias todo el tiempo. Compré una libreta negra, de esas que hace años usaban los almaceneros, y en ella anoto cada tanto algunas frases. Siento que tengo una preocupación menos.

Larry Evans murió en 2010 debido a complicaciones surgidas tras una operación de vesícula.

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