domingo, 11 de julio de 2021

El malestar de los republicanos

 Por Jorge Fernández Díaz

En las inmediaciones de Aviñón, durante el siglo XIII, un hombre ejecuta por la espalda al señor feudal, y al ser detenido declara el motivo del crimen: el conde en cuestión se acostaba con su mujer. A punto de ser decapitado, su esposa ingresa en la celda y le pregunta por qué mintió y por qué la llena de vergüenza. El condenado explica que fue una estrategia basada en su propia debilidad: “Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían”.

Borges y Bioy Casares incluyeron este texto en su clásica antología Cuentos breves y extraordinarios y hoy puede encontrarse también en la magnífica colección que Libros del Zorzal lanzó en plena pandemia para rescatar las obras completas de un gran escritor argentino olvidado: Manuel Peyrou. Esta pequeña fábula me recuerda la flamante estrategia de la oposición, que consiste en lanzar al fuego la reputación de la experiencia Cambiemos para atenuar los tormentos que traerá el escabroso camino hacia la meta final: derrotar definitivamente al kirchnerismo. Esta delicada operación, que marca una nueva fase histórica, implica deslizar en público y en privado, en los centros y en los márgenes, no ya las sanas y necesarias autocríticas, sino a veces directamente autoflagelaciones. Que caen en el vacío y en solitario, puesto que nadie le exige autocríticas al kirchnerismo, y este se cuida muy bien de no formularlas en público. A esto se agrega el hecho de que para cuestionar la actual performance del inefable dúo Fernández y Fernández, ciertas “almas bellas” precisan antes un salvoconducto: “Cambiemos fracasó”. Con este santo y seña, pueden circular cómodamente por los estudios de televisión, por la calle, por las redes y por los pasillos de las facultades sin miedo al escrache ni al reproche. Y como la consigna defensiva se repite como karma y resulta razonable aunque a la vez nunca es acompañada por una debida revisión general del resto de la historia moderna, resulta que para la opinión pública se va haciendo carne que el único incapaz fue Mauricio Macri: se escamotea así la larga ristra de yerros e incidentes autodestructivos que nos trajeron hasta este pozo sin fondo, y a pesar de que hombres probos se han venido rasgando las vestiduras por la seguridad jurídica, la inserción en el mundo, la creación de un clima de negocios, el respeto absoluto a la propiedad privada y a la libertad de prensa, y la lucha contra los corruptos y las mafias, parece que ahora todos esos valores respetados por el último gobierno no peronista se han vuelto invisibles e irrelevantes. La menor mancha, que puede tener cualquier administración pública del planeta, los equipara con sus adversarios e invalida apresuradamente toda la gestión republicana. A libro cerrado. Tardó veinte años la sociedad argentina en separar la formidable tarea democrática de Raúl Alfonsín del pavoroso incendio de la hiperinflación que lo obligó a anticipar su partida. Cambiemos falló en algunos aspectos financieros, políticos y semánticos, qué duda cabe. Pero en 2017 se registró la menor cifra de pobreza desde 2001 (preguntar a Jesús Rodríguez), fue el único gobierno que terminó en tiempo y forma su mandato, dejó la Casa Rosada con una aprobación del 40% y más allá de sus errores hoy es defendido no por algunos de sus dirigentes –culposos, cobardes, oportunistas o tácticos–, sino curiosamente por la gente de a pie, que lo votó en defensa propia y que produjo varios “17 de octubre” con marchas y banderazos autoconvocados a lo largo de estos últimos dos años, y muy especialmente durante el estado de excepción generado por el Covid-19, emergencia aprovechada por el kirchnerismo para atropellar instituciones y derechos, llevar a cabo infames acciones de copamiento y de autoamnistía, desplegar políticas de negligencia criminal con las vacunas, quebrar decenas de miles de comercios y empresas con una cuarentena demencial, producir una tragedia educativa con el cierre total de las escuelas, asociarnos a las más violentas autocracias, sostener una política divisionista de bullying y declararle conceptualmente la guerra a la clase media.

En esas ruidosas protestas se forjó una desesperada épica republicana, una fraseología de la rebelión pacífica y un clamor por el “país normal”, que el kirchnerismo odia con toda su alma (porque le disputa sentido) y que muchos funcionarios hoy opositores siempre consideraron imprudente. Mal que les pese a unos y a otros, ese fenómeno popular existe y es autónomo respecto de las elites del “círculo rojo”. Ese colectivo de ignotos y desgarrados, esas almas en pena intentan procesar en estos días el cambio de piel que sus antiguos referentes están realizando bajo la secreta idea de que sin los insumisos no se puede, pero con ellos no alcanza.

Leyendo algunos sondeos es cierto que para pescar nuevamente en la “ancha avenida del medio” resulta imprescindible un discurso más lavado, estratagema que a Cristina Kirchner le dio notables beneficios en 2019 y que por entonces provocaba similar revoltijo estomacal en su núcleo duro. Pero la verdad es más honda y compleja, porque los nuevos pilotos de la oposición no reducen eso a un mero truco comicial, sino a una vocación de largo aliento. Y no solo han dejado trascender su decisión de realizar acuerdos tácitos con el “peronismo razonable” para la eventualidad de un futuro gobierno, sino que no se han preocupado en precisar que no habrá transas con el kirchnerismo de ningún pelaje: deberían aclararlo con cierta urgencia. En sobremesas con periodistas, que luego amplifican su discurso, sobreestiman la “grieta” para estar a la moda, como si esta no fuera principalmente una política institucional de los Kirchner y, más allá de insultos vanos y degradantes, una genuina discusión de distintos modelos entre las personas más politizadas de la Argentina. Las “palomas” filtran permanentemente que existen “extremos” en el campo republicano, todo un oxímoron: no se puede ser un extremista de la democracia; aquí solo existe una facción agonal y antisistema, y reina con sus banderas desplegadas y todos los fierros del poder. Y cada semana modifica un poco más el disco rígido sin consultar a nadie, entre gallos y medianoche, y ante la impotencia de la mayoría. Los nuevos pilotos han llegado incluso a desdramatizar, en off the record, las elecciones cruciales de medio término y a relativizar el sesgo profundamente autoritario del proyecto del Instituto Patria. Uno de sus gurúes, con ánimo de igualar y zafar, sugirió que quienes acusan al kirchnerismo de autoritario están erosionando los cimientos democráticos. Persiste una mala caracterización de este neopopulismo, de las distintas vetas que lo conforman y de su verdadero programa por etapas.

Esta sopa tibia que se sirve ahora, y que tal vez le sirva a una coalición unida a pesar de los pesares y valiosamente competitiva, causa una cierta indigestión en las bases y contradice el clima de bronca que se verifica en todas las latitudes de la patria, y que ya no solo implica a los republicanos, sino también a sectores desclasados que marchan por hambre y requieren por primera vez algo que el oficialismo no es capaz de darles: trabajo. La palabra “posibilismo” es habitualmente despreciada por los utópicos, pero la atomización opositora sería tremendamente funcional a los propósitos de la arquitecta egipcia. Vaya paradoja: votar, para salvar la república, a dirigentes que en el fondo no creen mucho en el dramatismo de la hora.

© La Nación

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