jueves, 24 de junio de 2021

Bulos y versiones oficiales

 Por Juan Manuel De Prada

En algún artículo anterior hemos señalado la incongruencia fundamental que lastra e imposibilita esa pretensión de ‘perseguir los bulos’ que proclaman los jenízaros sistémicos. La democracia, como nos enseña su paladín Hans Kelsen, es por naturaleza escéptica y relativista y, por lo tanto, descree de la posibilidad de hallar la verdad (es decir, descree de que el intelecto pueda adecuarse al ser de las cosas). 

Su objeto no es determinar lo que es mejor para los individuos, sino «lo que una mayoría de individuos cree, con razón o sin ella, que es lo mejor». Así que la democracia, al considerar –seguimos citando a Kelsen– que el conocimiento de la verdad es imposible, tiene que conformarse con aliñar ‘consensos’ entre gentes que, después de negarse a adecuar el intelecto a la realidad de las cosas, elaboran ‘lucubraciones’ sobre la realidad.

Pero las ‘lucubraciones’ sobre la realidad (o sea, lo que vulgarmente denominamos ‘ideologías’) acaban generando simulacros de verdad opuestos entre sí en multitud de cuestiones, que hacen cada vez más frágiles los ‘consensos’. Cada facción ideológica ‘lucubra’ una versión distinta de la realidad y nutre a sus adeptos con una propaganda que trata de imponerla; una propaganda compuesta de bulos que entran en liza con los bulos de las facciones adversas, en su afán por imponerse como versión hegemónica (oficial) de las cosas. Una versión oficial que deberá preocuparse de halagar las preferencias, los anhelos, los caprichos de las masas; y también, por cierto, de ser fácilmente inteligible y hasta simplista. Además, como toda ‘lucubración’ que aspira a suplir la realidad de las cosas, estas versiones tratan de teñir de ideología cualquier ámbito, incluido el científico (o sobre todo el científico, cuyo método exige el estudio de la naturaleza).

Así que, cuando los jenízaros sistémicos persiguen los bulos lo que en realidad pretenden es hacer hegemónica su versión de las cosas y debilitar la versión ajena, para que cualquier posibilidad de ‘consenso’ futuro tenga que armarse en torno a sus ideaciones (que así se convierten en postulados indiscutibles). Para lograr que sus bulos se conviertan en versión oficial, los jenízaros sistémicos necesitan, sin embargo, conceder mucho protagonismo a los chiflados más variopintos y a sus delirios más estrambóticos; de tal modo que luego puedan identificar como bulo cualquier otra versión de la realidad que desafíe su hegemonía. Así, por ejemplo, los jenízaros sistémicos ridiculizan a quienes defienden una lectura literal del primer capítulo del Génesis para después poder desacreditar a quienes se atrevan a mencionar la intervención divina en el origen y desarrollo de la vida. La misma técnica se emplea utilizando como señuelo a los llamados ‘terraplanistas’ o a los llamados ‘conspiracionistas’. Una vez desacreditadas estas desviaciones chirriantes, la calificación como bulo de cualquier tesis que se aparte de la versión oficial resulta sencillísima.

Este procedimiento se ha utilizado a mansalva durante la crisis desatada por la plaga coronavírica. Bastó con estigmatizar como ‘conspiracionistas’ a quienes afirmaban que el virus había sido creado artificialmente con la pretensión de diezmar a la Humanidad para que los jenízaros sistémicos pudieran colar tranquilamente la estrafalaria versión del pangolín. Y este mismo procedimiento se sigue en la actualidad con las llamadas ‘vacunas’: se ridiculiza a los chiflados que sostienen que las cucharillas se les pegan al brazo después de vacunarse para así estigmatizar más fácilmente cualquier voz discrepante o sólo reticente. Así, imponiendo su versión oficial, los jenízaros sistémicos han logrado evitar el debate sobre la naturaleza de las llamadas ‘vacunas’ (que en realidad, son terapias génicas), sobre los efectos que una vacunación masiva en una población altamente expuesta al virus pueda tener en el surgimiento de nuevas variantes más virulentas o contagiosas, sobre las consecuencias cardiovasculares de introducir ácido ribonucleico patógeno en nuestro organismo, sobre el riesgo (por mínimo que sea) de integración del ácido ribonucleico viral en el genoma humano, etcétera. Cualquier científico que se atreva a plantear estas espinosas cuestiones será de inmediato comparado con los chiflados que afirman que las cucharillas se les pegan al brazo después de vacunarse. Así, mediante la estigmatización de toda disidencia, las versiones oficiales se convierten en instrumentos infinitamente más peligrosos que los bulos; pues, a la vez que se extienden, provocan el silencio de los corderos y ciegan la búsqueda de la verdad.

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