miércoles, 5 de mayo de 2021

Monjas fumando

 Por Isabel Coixet

Hay mucha monja que fuma y mucha puta que reza, decía siempre una compañera mía de clase, que poseía un amplísimo repertorio de citas y sentencias para todo tipo de situaciones. A veces las empleaba con acierto y otras veces las soltaba sin que viniera a cuento. Suele pasarles a las personas que se nutren de argumentos de otros y se instalan en ellos para ir por el mundo con la tranquilidad del que nunca se arriesga a emitir una opinión propia. 

A mí me aparece en la cabeza la frasecita, a modo de instalación de Jenny Holzer, cada vez que escucho o leo cómo se intenta englobar a un grupo humano bajo una etiqueta que invariablemente se queda corta. ¿De qué hablamos cuando hablamos de ‘las mujeres’? ¿O de ‘los derechos’? ¿Qué queremos decir cuando mencionamos a ‘los jóvenes’? Y ya puestos, ¿a quién nos referimos cuando hablamos de ‘la gente’? Cada vez más, hablamos de ‘las cosas’ metiendo en un saco equivocado conceptos que se dan de bofetadas entre sí. Los reducimos y los masticamos y los deglutimos para no tener que enfrentarnos a una complejidad que nos abruma. Cómodamente clasificados bajo epígrafes generalistas, nos permitimos criticar a ‘la gente’ o a ‘los hombres’, a ‘las mujeres’ o a ‘los orientales’. Y así despachamos con desfachatez nuestras opiniones sobre ‘el mundo’ y nos quedamos tan anchos como los que todavía hablan de ‘la sociedad’ como un ente abstracto y ajeno que les jode la vida.

‘Cultura’ es últimamente un concepto repetido hasta el agotamiento y con el que todo el mundo se llena la boca y nunca sé si hablan de ‘bagaje cultural’, ‘agentes culturales’, ‘barniz cultural’ o qué (el ‘qué’ sería, supongo, lo que en el Levante se conoce como ‘cultureta’). Si vamos al origen de la palabra, nos lleva al latín cultus, ‘cultivo’, que fue convertida en ‘cultura’ en los siglos posteriores para denominar todo aquello que contribuía a cultivar la mente y el espíritu. Cultura es, pues, desde un paseo por un bosque hasta un concierto en el Partenón, pasando por incontables actividades que nos permiten crecer como seres humanos. Es, básicamente, lo que nos separa de otras especies y nos distingue entre los de la nuestra. Es una manera de estar en el mundo. Es eso que nos eleva por encima de nuestra condición de animales vagamente racionales. Como decía André Malraux, «la cultura hace al ser humano algo más que un accidente del universo».

Por eso no acabo de entender esta proliferación de congresos culturales donde se debaten incansablemente, en un intercambio interminable de ideas huecas, los desafíos de ‘la cultura’ en el mundo casi pospandémico. Para mí, la cultura no es ni puede ser un motivo de debate. Se puede hablar de su caldo de cultivo, de sus posibilidades, su pervivencia, su riqueza, su brillo o su oscuridad, sus claroscuros. Mientras estemos aquí, aunque sea maltrechos y amordazados, existirá algún tipo de cultura. Y, cuando ya no estemos, quedarán las ruinas de un puñado de centros culturales, que la cultura, la verdadera, nunca necesitó.

© XLSemanal

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