sábado, 1 de mayo de 2021

El tortuoso viaje de Cristina Kirchner y Alberto Fernández a lo incierto


Por Sergio Suppo

La dimensión todavía no valorada de los efectos sanitarios y económicos de la pandemia le impiden a Cristina Kirchner y a Alberto Fernández fijar una situación sobre la que establecer objetivos mínimos. Es imposible que lo hagan. El Presidente acaba de renovar la receta del encierro y el cerrojo que se aplica desde el medioevo para combatir los contagios.

Nada retrata mejor la impotencia de un país y de su gobierno que no contar con las vacunas suficientes, la herramienta que otros ya están usando para inmunizar a la población contra el Covid. A lo urgente se agregó la permanente precariedad de un sistema de salud que no alcanzó a ser suficientemente reforzado para afrontar una exigencia única.

El planteo de la limitación de las actividades es la única receta posible en términos sanitarios, pero también la más costosa para los dramáticos registros sociales y económicos de la Argentina.

La prohibición de actividades para evitar contagios es también una encerrona para el destino político del gobierno que toma esa decisión.

El país electoral saldrá del invierno diezmado por los indicadores sanitarios o asolado por la recesión, el desempleo, la inflación y el empobrecimiento. Las dos opciones son amargas y no puede descartarse que ambos fenómenos ocurran al mismo tiempo. Estos días de casos multiplicados en la zona más poblada del país insinúan ese escenario.

Un revés del oficialismo es un presagio posible como lejano es el antecedente de una gestión derrotada en su primera prueba electoral.

La Alianza que presidía Fernando de la Rúa perdió los comicios de medio término, en 2001, en un fatal presagio de la crisis que arrastraría a ese gobierno pocos meses después. También Cristina perdió en sus dos elecciones de medio término, pero esas caídas tienen el valor relativo de formar parte de un mismo ciclo político iniciado por Néstor Kirchner y continuado por su esposa.

La historia sirve de poco cuando el presente presenta datos inéditos, a los que se suman los errores no forzados de un gobierno. Frente a esa situación, el peronismo reunificado que lidera el kirchnerismo tiene mucho en contra y poco a favor, pero no todo está perdido, ni mucho menos.

En su mensaje del viernes, Fernández nombró a la soga en la casa del ahorcado cuando dijo que sus medidas se tomaban sin cálculos electorales previos. El Gobierno ya negoció con la oposición la postergación por un mes del calendario electoral, al amparo de los indicadores del coronavirus.

Las dos grandes expectativas del oficialismo tienden a diluirse entre la ocupación de las camas de terapia intensiva y los efectos de la crisis económica. El kirchnerismo y sus aliados esperaban llegar a las PASO con una parte significativa de la población vacunada y bajo los efectos de un rebote de la actividad comparada con el derrumbe de la larga cuarentena del año pasado. A esos dos elementos, esperaba añadir el impacto que tiene en vastos sectores del país los ingresos de dólares de la soja.

Dos de esos tres supuestos están atravesando su peor crisis. Las dosis no terminan de llegar y las que hay están sometidas a un insólito tironeo de sectores ante los que el Gobierno cede al chantaje, cuando no habilita privilegios como los vacunatorios VIP. ¿Por qué en medio de tantos muertos y contagiados habría que vacunar primero a piqueteros, jueces o cuanto grupo o gremio se presente con credenciales de amistad o poder?

Tampoco la economía se reactiva y ahora volverá a sufrir los efectos de la caída de la circulación y de las restricciones horarias. Los millones de la soja llegarán, pero no hay economista que se atreva a pronosticar el alcance de sus efectos.

Al Gobierno le queda, sin embargo, una esperanza razonable: la oposición. En sus propios enredos y en su precipitada discusión sobre el liderazgo, Juntos por el Cambio no termina de definir los términos de su oferta política, duda sobre cómo seleccionar a sus candidatos y apenas sí responde a los estímulos que le propone el oficialismo cuando ataca a sus rivales.

Una cosa es la habitual pelea por las candidaturas y otra, muy distinta, es la discusión más o menos abierta sobre la verdadera identidad del espacio, identificado antes que nada como la negación al kirchnerismo. A su paso por Córdoba, Mauricio Macri dejó como definición a la coalición local que la pelea por las candidaturas deberá definirse en las PASO antes que por acuerdos de dirigentes.

Horacio Rodríguez Larreta debe haber tomado nota de ese criterio. A su proyección presidencial se la están enredando con disputas en su propia casa, la ciudad de Buenos Aires.

En esas indefiniciones y peleas se alimenta una de las mejores esperanzas del Gobierno. Cualquier político lo sabe: se puede estar mal siempre que el rival esté peor.

© La Nación

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