martes, 13 de abril de 2021

Llorar no sirve para nada (y es cansado)

 Por Isabel Coixet

Leí Escupiré sobre vuestras tumbas de adolescente, sabiendo que su autor no era Vernon Sullivan, como originalmente fue publicada, sino Boris Vian. En ese momento, me impactó muchísimo tanto por su crudeza como por la idea de que su autor ni era negro ni había pisado Estados Unidos y que su vida había transcurrido muy lejos de las pulsiones de Lee Anderson, su furioso protagonista. La novela, como tantas otras en la historia de la literatura, es producto de la imaginación fértil de un autor para el que no había fronteras entre lo vivido, lo imaginado, lo intuido y lo narrado.

En mi formación temprana como contadora de historias, ese libro fue fundamental. De alguna manera me abrió los ojos a las posibilidades infinitas de la literatura: escribir desde el punto de vista de alguien ajeno a ti, alejado en el tiempo o en el género o en la raza o en la nacionalidad. Boris Vian, un fanático del jazz y un ingeniero aficionado, escribió Escupiré… en unas pocas semanas, empapándose antes de diversas novelas policiacas americanas. Convino con su editor, Jean d’Hallouin (que lo impulsó a escribirla), que la firmaría como Vernon Sullivan (Vian apareció en la primera edición del libro como traductor de Vernon Sullivan).

La publicación de la novela en 1946 se vio rodeada de un gran escándalo y dos años más tarde fue prohibida tanto en Francia como en Estados Unidos. Circularon rumores sobre la aparición de un ejemplar al lado de una muchacha asesinada y el libro estuvo varios años fuera de circulación. La escritura de esa obra le costó a Boris Vian juicios, multas y sinsabores que agravaron las dolencias cardiacas que tenía desde niño (que culminaron en un ataque al corazón durante la proyección de una mediocre adaptación cinematográfica de la novela que se había hecho sin su aprobación).

En los últimos años de su vida, Vian dejó de ser el brillante autor de La espuma de los días para convertirse en un escritor que perdió el respeto de la crítica y al que la prestigiosa Gallimard dejó de publicar. Su talante melancólico y juguetón no se resintió y él siguió tocando la trompeta y nadando cada mañana en la piscina Molitor, intentando en vano mejorar el estado de su maltrecho corazón. Y, sin embargo, el libro resiste como pocos el paso del tiempo, la rabia de Lee Anderson, un hombre cuyo hermano ha sido linchado, acusado injustamente de violar a una mujer blanca, es tan genuina hoy como cuando la urdió Boris Vian. Y esa rabia, a mi modo de ver, trasciende el hecho de que fuera escrita por un francés blanco. Hoy, seguramente es impensable que un escritor blanco osara escribir Escupiré sobre vuestras tumbas. Nadie en su sano juicio lo haría. Es una lástima. Pero como dice su protagonista: «Llorar no sirve para nada. Y es cansado».

© XLSemanal

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