sábado, 17 de abril de 2021

HOMENAJE A DANTE ALIGHIERI AL CUMPLIRSE 700 AÑOS DE SU MUERTE EN 1321

JORGE LUIS BORGES, UN GUÍA EN LA LECTURA DE 
LA DIVINA COMEDIA. (*)


Por Liliana Bellone y Antonio Ramón Gutiérrez

SEGUNDA PARTE: El “otro”, el hambre y la antropofagia del canto XXXII del “Infierno”.

A veces en la tarde una cara/ nos mira desde el fondo de un espejo;/ el arte debe ser como ese espejo/que nos devuelve nuestra propia cara. ( Jorge Luis Borges, “Arte poética”).

En Nueve ensayos dantescos (1982), Jorge Luis Borges comenta el ambiguo verso número 75 del canto XXXII (penúltimo) del “Infierno”: “El hambre sofocó los sentimientos”, largamente discutido e interpretado por los comentaristas, algunos de los cuales consideran que lo que no puede matar el dolor, pudo matar el hambre. Sin embargo la ambigüedad tiñe este verso, ante la cuestión del canibalismo ejercitado por el conde Ugolino, según cuenta la tradición, en los primeros días de febrero de 1289, cuando es emparedado junto a sus hijos en la torre de Pisa. En esa sórdida prisión están condenados a morirse de hambre. Surge entonces la visión poética de Dante que no asegura, dice Borges, el horror de que Ugolino se haya alimentado con los cuerpos de sus hijos que efectivamente, murieron de hambre, sino que sugiere, a través del coro de los niños presos que ofrecen su carne al padre y de los sueños terribles del conde que imagina lobos y lobeznos que corren acosados por mastines a través de la campiña de Lucca y de Pisa, el desenlace atroz. Dante quiere que el lector “sospeche” en el amplio terreno de la literatura donde los hechos son y no son, inmersos en el ambiguo tiempo del arte (del sueño y del olvido) donde “… en la Torre del Hambre, Ugolino devora y no devora los amados cadáveres”, asevera el autor de Ficciones.

La cuestión del “otro”, del semejante, se ha cargado en este terrible y famoso canto de La Divina Comedia, de la dimensión mortífera que, según Jacques Lacan, caracteriza la relación especular. El conde Ugolino roe infinitamente la nuca de Ruggieri degli Ubaldini, quien lo traicionó y encarceló junto a sus hijos, en el lago congelado de los traidores, confirmando un símbolo descarnado de la pugna con el semejante, sin intermediación, sin piedad y sin palabras. El “otro” se advierte y percibe con el asombro que conlleva el horror de leer en el prójimo el propio destino: “Débil rayo de luz en el aire espeso/bañó de la prisión estremecida/ ¡vi en cuatro rostros mi semblante impreso!”, dice el trágico personaje. La sórdida historia enfrenta a Dante con el más abismal punto de la condición humana: la sobrevivencia, límite entre lo bestial y lo humano, entre la horda y la cultura, la antropofagia primordial, Saturno devorando a sus hijos.

 El “otro” constituye la relación imaginaria, no mediatizada por el lenguaje, la relación directa de un yo a otro yo, el “yo” como el lugar de las identificaciones imaginarias del sujeto, una relación mortífera y paranoide con el prójimo.

En los tercetos de este canto aparecen también otros símbolos: la ceguera, el no ver concreto y real y el no querer ver la culpa (una vez que se ha investigado y descubierto), como Edipo, la opción de la oscuridad y la ignorancia (el no saber, el no conocer) ante la inminencia de lo terrible reprimido y que aparece frente de nosotros, lo más cercano y lo más remoto a la vez. La ceguera irrumpe relacionada con ese crimen primigenio y que atañe a la filiación de padre e hijos. Otro símbolo recurrente es el número tres. Tres días transcurrieron desde la muerte de los pequeños en la Torre del Hambre, y retorna a la memoria el lapso en el cual Jesucristo permanece en el mundo de los muertos, según los Evangelios, para resucitara el tercer día, para ser cuerpo místico en la eucaristía y alimentar a la humanidad. El sacrificio del Hijo del Padre representado en los versos de los vástagos sacrificados: “Será para nosotros menos triste/que comas nuestra carne miserable!/tú puedes despojarla: tú la diste.” Borges se pregunta sobre la verdad de este “convite famélico” en el que cuatro niños ofrendan su carne al padre y asegura que el arte, como los sueños, es y no es. Dice el escritor argentino:

“En el tiempo real, en la historia, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas opta por una y elimina y pierde las otras; no así en el ambiguo tiempo del arte, que se parece al de la esperanza y al del olvido. Hamlet, en ese tiempo, es cuerdo y es loco. En la tiniebla de su Torre del Hambre, Ugolino devora y no devora los amados cadáveres, y esa ondulante imprecisión, esa incertidumbre, es la extraña materia de que está hecho. Así, con dos posibles agonías, soñó Dante y así lo soñarán las generaciones.” (“Nueve ensayos dantescos”, en Obra Completa, Buenos Aires, Emecé, 1989).

La función de la poesía y el arte, su condición de ensoñación, de territorio ambiguo donde se es y no se es al mismo tiempo, aparece señalada por Borges, otra vez, a través de un relato que tiene al Alighieri como protagonista. Dice:

Años después, Dante se moría en Ravena tan injustificado y solo como cualquier otro hombre. En un sueño, Dios le declaró el secreto propósito de su vida y su labor; Dante, maravillado, supo al fin quién era y qué era y bendijo sus amarguras” (“Inferno I, 32” en El hacedor, 1985).

(*) Parte de este texto pertenece al ensayo: “Jorge Luis Borges: un guía en la travesía poética de Dante Alighieri”, en Dante en América Latina, Università degli Studi di Cassino, Volumen I, Italia, 2007.

© Agensur.info

1 comentarios :

  1. Excelente texto, reflexivo, profundo en su análisis y visión del ser y del otro.

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