sábado, 13 de marzo de 2021

La pequeña tragedia ideológica de quemar y repudiar libros en la hoguera del odio


Por Alberto Amato

La realidad argentina se ha tornado peligrosamente interesante. Editoriales que invitan a quemar libros de Beatriz Sarlo, librerías que se niegan a vender ejemplares de autores -por ejemplo Mauricio Macri- que no coinciden con su pensamiento… Nada bueno puede esperarse de libros por quemar o censurados.

El 10 de mayo de 1933, cuatro meses después del ascenso de Adolfo Hitler al poder, en la Opernplatz de Berlín una multitud de setenta mil personas se regodeó con una fiesta del fuego; fueron quemados esa noche cerca de veinte mil ejemplares de libros considerados “enemigos del espíritu alemán”. Así lo dijo el fervoroso orador de las juventudes hitleristas, Herbert Gutjahr: “Hemos dirigido nuestro actuar contra el espíritu no alemán. Entrego todo lo que representa al fuego”.

En aquella hoguera ardían desde ejemplares de Heinrich Mann, Erich María Remarque, Heinrich Heine y decenas de autores socialistas, comunistas, pacifistas, judíos, liberales, demócratas. Todo a la hoguera.

Que el peronismo, aún en su variante kirchnerista, sugiera la quema de libros, es una pequeña tragedia ideológica: debería llorar al ver a la vaca, porque ya se quemó con leche. En 1955, luego del derrocamiento de Juan Perón a manos de la Revolución Libertadora, miles de ejemplares de “La razón de mi vida”, de Eva Perón fueron quemados en ceremonias no tan públicas, o en la plaza de armas de algunos institutos militares, en especial en los liceos, donde el libro era de lectura obligatoria. Muchos peronistas de entonces debieron quemar sus propios libros ante el temor de ser arrestados por la flamante dictadura. Y lo mismo sucedió en las siguientes dictaduras.

El 29 de abril de 1976, un mes y cinco días después del golpe militar que iba a desembocar en la más terrible dictadura que sacudió al país, y en la sede del Cuerpo de Ejército III a cargo del general Luciano Benjamín Menéndez, fueron quemados decenas de miles de ejemplares considerados subversivos, enemigos, peligrosos, nocivos, perversos para el “alma argentina”. Días antes se habían quemado libros en el patio de la Escuela Manuel Belgrano.

Los libros que se quemaron en el Cuerpo III eran el producto del saqueo de centenares de bibliotecas particulares, cuyos dueños habían sido secuestrados; del asalto a bibliotecas públicas, del despojo y la piratería contra librerías y editoriales locales y provinciales, en una razia de trincheras contra páginas inanimadas. Como aquel joven dirigente nacionalsocialista de la Opernplatz de Berlín, enfurecido contra el espíritu de lo no alemán, Menéndez dijo aquella tarde: “De la misma manera que destruimos por el fuego los documentos perniciosos que afectan el intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán destruidos los enemigos del alma argentina”. Menéndez habló a metros del centro clandestino de detención “La Perla”.

Casi cuatro años más tarde, el 26 de junio de 1980, en Sarandí, Avellaneda, aquella misma dictadura incineró más de veinticinco mil ejemplares que eran casi todo el fondo editorial del Centro Editor de América Latina, hijo dilecto de Boris Spivacov, que había sido el primer gerente de la Editorial Universitaria de Buenos Aires, (EUDEBA) desde su creación en 1958 hasta su demolición a manos de la dictadura del general Juan Carlos Onganía, en 1966.

Un libro no muere nunca, su legado tiene como misión perdurar. Si sabemos cómo fue que Odiseo retornó a casa después de la guerra de Troya, es porque Homero escribió La Odisea. Y porque su voz aún se oye.

Ray Bradbury inventó una sociedad donde todos los libros ya fueron quemados y los que no, son buscados por unos brigadistas implacables, bomberos del revés, que incendian bibliotecas enteras y ejemplares sueltos con una vocación de patria ejemplar. Los dueños de esos libros son apresados y juzgados por la osadía de albergarlos.

Pero en un bosque cercano a aquel mundo demencial, deambulan unos hombres que saben de memoria los libros elementales y se encargan de repetirlos, enseñarlos, fijarlos en otras memorias para que no se pierdan. Y allí va la Biblia, vecina de La Divina Comedia y del Quijote, a encontrarse con Los hermanos Karamazov, con Ana Karenina y con el Tío Vania. Bradbury llamó a su novela “Farenheit 451”, que es la temperatura a la que arde el papel. No dice mucho de los libros quemados, pero sí de la mentalidad de los quemadores.

Heinrich Heine, uno de los autores lanzado a las llamas en la Alemania nazi de 1933, lo dijo con otras palabras: “Donde se queman libros, se termina quemando también personas”. No es una frase que se recuerde mucho. A menudo, el fragor del fuego no deja oír nada.

© Infobae

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