domingo, 31 de enero de 2021

Que se los lleve la nieve

 Por Javier Marías

Escribo esto 10 días después de la gran nevada sobre Madrid y otros lugares, pero sólo puedo hablar de lo que veo. Al parecer Logroño o la castigadísima Toledo han sido más diligentes y eficaces. Aquí, hoy, todavía es casi imposible caminar por el centro, no quiero imaginarme cómo estarán zonas menos conspicuas. Anteayer fui al médico, tras haberse aplazado la cita dos veces, y los trayectos fueron un suplicio.

Gracias a la estúpida iniciativa del alcalde Almeida, por Sol ya no se puede salir. Gracias a la no menos estúpida de la exalcaldesa Carmena, tampoco por Bailén desde hace dos años y medio. Ninguno se paró a pensar que, cuando hay emergencias, ir a pie o en bici es imposible. El Ayuntamiento debería dimitir en pleno, porque no es admisible que se haya cruzado de brazos en las primeras horas —fundamentales— para conceder prioridad a la multitud de descerebrados que salieron a hacer el chorras (“Ay, es que me apetece”) pese a las advertencias de peligro: resbalones (los servicios de traumatología no dan abasto), ramas y árboles (en la Cava Baja estaban derribados todos), cornisas que podían desprenderse, caedizos bloques de hielo. La Guardia Civil nos instó a quitar la nieve de los balcones en el acto: el peso podría hacerlos derrumbarse. Mi casa (de alquiler) cuenta con seis, pero hasta la medianoche no pude ponerme con un recogedor (¿quién tiene pala?) porque en la plaza y la calle había, hasta esa hora, idiotas jugando con sus perros, haciéndose selfis, cantando —aún— villancicos. No era cuestión de desgraciar a nadie con mis montículos de nieve, así que hube de hacer la operación a muchos grados bajo cero. Los quitanieves no actuaron pronto por lo mismo: había demasiada gente en las calles. Uno se pregunta: si se corta el tránsito para manifestaciones, maratones, ovejas, procesiones y demás, ¿no se puede cuando en verdad es necesario? ¿Para qué están los municipales? (PS. Una máquina, por fin, nos despertó anoche… a las 4.00.)

Díaz Ayuso y su Gobierno habrían de dimitir asimismo, porque su gestión ha consistido en mentir y nada más, alegando que nadie advirtió de la intensidad del fenómeno, cuando vimos que lo hacían hasta la saciedad la Aemet y los meteorólogos. Ni ella ni Almeida han sido capaces de nada. Los precarios pasillos practicados en mi barrio los han abierto vecinos y comerciantes. Sigue habiendo cúmulos de nieve, tremendas placas de hielo, calles cortadas, y uno se juega la vida en la calzada. El taxista al que pedí que me llevara al médico me dijo que hacía una semana que su vehículo estaba bloqueado y él sin trabajar. Las autoridades no habían despejado un centímetro.

El Gobierno de Sánchez debería dimitir también, por muchos motivos; pero ahora más. Su capacidad de respuesta ha sido igualmente nula (se ha limitado a limpiar las carreteras de acceso, y que les den a las ciudades), y encima nos ha tocado soportar a Marlaska y Ábalos poniéndose medallas fatuas, cuando son dos de los principales culpables. Todo el mundo aprende de Trump rápidamente. Mención aparte merece el vicepresidente de Asuntos Sociales, Iglesias. Si las residencias de ancianos, y los sin techo, y el coronavirus, y la nevada no son asuntos sociales, que venga el otro Iglesias, el difunto fundador, y lo vea. Tanto él como sus ministros han estado ausentes en todas estas calamidades. Con ellos no van: ni las muertes de viejos, ni la congelación de quienes sufren la intemperie, ni la epidemia, ni la parálisis de la capital. Siempre fue dudoso que se preocuparan por “la gente”, ahora está claro que en absoluto. Lo único que les importa son sus maniobras, los palos en las ruedas de su propio Gobierno, su propaganda, sus amistades con Bildu y Esquerra, sus “Igualdades”, sus cruzadas contra el jefe del Estado. Francamente, “la gente” no está ahora para intrigas, cretinadas ni insidias, sino para salvar la vida y el trabajo.

El trumpismo es un virus del que está el PSOE gravemente aquejado. Se cuenta la realidad según sus deseos. De repente ha creído que Illa es tan popular que ganará las elecciones catalanas. En qué mundo vive. Illa no es popular ni gusta: como ministro de Sanidad es un desastre, y la prueba está en lo bien que nos ha ido con la pandemia, en la ocultación y confusión de datos, en sus oídos sordos a médicos y virólogos, en la cómoda delegación de responsabilidades en las comunidades autónomas. Ahora mismo varias le ruegan que imponga un confinamiento para frenar los contagios disparados. Pero ay, qué pereza, tendríamos que modificar el estado de alarma, pactar de nuevo, abrir el Congreso, someternos otra vez a votación. Mejor que se mueran unos cuantos más, según parece. Illa no podría ganar nada (además, posee tanto carisma como Quim Torra, más o menos), pero el PSC y el PSOE hablan de él como si fuera Kennedy redivivo, u Obama.

Estos políticos no lo son. No sirven, no ayudan, no organizan, no gestionan. Que la población se las componga. Hasta los accesos a los colegios han tenido que limpiarlos los padres de los escolares. Total, como ya dije hace poco, con la Educación hay que acabar como sea, para crear más descerebrados con móvil y adictos a las redes. Cualquier pretexto es bueno. Hasta una brutal nevada.

© El País Semanal

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