domingo, 17 de enero de 2021

Nuestra verdadera maldición: exportar incertidumbre


Por Fernando Laborda

No ha de ser sencillo presidir un país desde una coalición gobernante liderada por quien ejerce la vicepresidencia de la Nación y a menudo sacudida por iniciativas que el jefe del Estado no duda en calificar como "ideas locas" aunque insiste en probarlas hasta advertir por sí mismo su inconveniencia. 

El de Alberto Fernández se ha convertido en un liderazgo de la simulación, que rara vez puede predicar con su propio ejemplo. Su conducción parece condenada a administrar las penurias antes que a buscar soluciones duraderas, y es castigada por los frecuentes embates de Cristina Kirchner.

Uno de los más lúcidos observadores de la realidad argentina, el escritor Marcos Aguinis, reflexionaba más de veinte años atrás sobre nuestro particular ingenio para arreglar cualquier desperfecto con un alambrito. Nos recordaba que mientras que en los países más desarrollados se tiende a no reparar la mayor parte de los productos, dado que se descartan o reciclan, en la Argentina se los suele someter a curas imposibles y, a menudo, eficaces. Tanto es así que, incluso hasta hoy, los argentinos seguimos jactándonos de nuestra proverbial habilidad para atar cualquier cosa con alambre. Lo peligroso es que nos aferremos a emplear el mismo remedio siempre. El alambrito, según Aguinis, nos otorga la satisfacción de haber superado temporalmente un obstáculo, pero sin resolver totalmente el problema, que reaparecerá con virulencia y nos forzará a detenernos de nuevo.

La cultura argentina de atar todo con alambre se asocia con la peculiar tendencia al exitismo, que rara vez guarda relación con el éxito verdadero. El exitista, para Aguinis, solo busca un triunfo rápido y pequeño. Anhela un fruto instantáneo, aunque apenas valga unas monedas y sea pan para hoy y hambre para mañana. El exitoso, por el contrario, está dispuesto a invertir tiempo y esfuerzo para disfrutar de la cosecha. No se conforma con una victoria efímera y muchas veces pírrica. Mira a largo plazo y busca resultados durables.

Al igual que la tradicional viveza criolla, la solución del alambrito hace a la esencia del populismo vernáculo. Y ha venido caracterizando en buena medida las acciones del actual gobierno y el ideario del kirchnerismo.

Las interminables marchas y contramarchas en torno al plan de vacunación son un indicador de esta concepción de la política y del remanido relato populista, donde la demagogia se combina, en un peligroso cóctel, con la improvisación. El último ejemplo lo ofreció la viceministra de Salud, Carla Vizzotti, cuando insinuó públicamente que podría suministrarse masivamente la primera dosis de la vacuna rusa Sputnik V en lugar de aplicarle dos dosis a la mitad de las personas. La incertidumbre creció en la población y en la comunidad científica hasta que, casi 48 horas después, el Gobierno aclaró, a través de la misma funcionaria, que esa idea era inviable, porque la segunda dosis de esa vacuna no es un refuerzo de la primera, sino un complemento necesario para que la Sputnik V resulte efectiva.

Como los espejitos de colores, las soluciones rápidas y exitistas pueden impactar a la audiencia, pero terminan siendo frustrantes y más costosas a la larga.

No menos irresponsabilidad y exitismo había transmitido Alberto Fernández en noviembre, cuando anunció que, si todo iba bien, se podría cubrir con vacunas "a diez millones de personas sobre finales de diciembre". Por lo visto, no todo fue bien: el plan de vacunación solo se inició el 29 de diciembre y está permitiendo inocular a unas diez mil personas por día.

Malvinizar la lucha contra el coronavirus ha sido un claro desacierto del Presidente, que solo engrosó la porción de desencantados con su gestión. Su particular campaña para identificar al proceso de vacunación con una epopeya va en el mismo sentido. ¿Puede acaso alguien explicarse dónde está la épica en el despegue de una avión de Aerolíneas Argentinas con destino a Rusia en pleno siglo XXI?

La amenaza oficial de recurrir a las fuerzas de seguridad si continúa el relajamiento de parte de la población frente a las medidas de distanciamiento social demuestra que las propias autoridades nacionales son incapaces de advertir que el mayor ejemplo de relajación lo dio el propio Gobierno con la caótica organización del velorio de Diego Maradona en la Casa Rosada.

La estrategia de atar todo con alambre se extiende a la economía. La receta actual no es muy diferente de la aplicada por Cristina Kirchner en sus dos gestiones presidenciales: cepo y atraso cambiario, control de precios y virtual congelamiento de tarifas. Su resultado no puede ser otro que crecientes expectativas de devaluación del peso, desaliento a la inversión productiva, desabastecimiento y aumento de precios por caída en la oferta de productos, y menor calidad de los servicios públicos.

Tanto el blanqueo de capitales de Mauricio Macri como las sucesivas renegociaciones de la deuda pública han servido para comprar tiempo y evitar las necesarias reformas estructurales de un Estado elefantiásico e ineficiente. Fueron buenas noticias para una clase política que se resiste a los ajustes en el sector público y que así pudo seguir financiando su propia fiesta, pero no para los contribuyentes.

El mejor ejemplo de la política económica atada con alambre es el de la emisión descontrolada para hacer frente al déficit fiscal. Durante 2020, el Banco Central habría emitido un promedio de 200.000 millones de pesos por mes, cifra equivalente a unos 6666 millones de pesos por día que explican, mucho mejor que las teorías conspirativas del kirchnerismo, la inflación crónica de la Argentina. Mientras en el mundo casi no existe la inflación como problema, la dirigencia política local halló en la emisión espuria de moneda la tentación de convertir un remedio extraordinario y transitorio en permanente. Debería recordar una magnífica definición del estadista francés Jacques Rueff sobre la inflación: "Es mucho más fácil subirse a un tigre que bajarse de él".

Las distintas voces que se hacen oír en el Frente de Todos contribuyen a la confusión general. Entre otras, la de un grupo de organizaciones políticas, sociales y gremiales donde se destacan el exlíder montonero Fernando Vaca Narvaja, el economista Claudio Lozano y dirigentes de la Asociación de Trabajadores del Estado, que reclaman que el Estado, a través de la Anses, adquiera la mayoría del paquete accionario de Edenor. Y, por supuesto, las propuestas de la diputada Fernanda Vallejos, economista de cabecera de Cristina Kirchner, quien enunció su teoría sobre "la maldición de exportar alimentos". Como las teorías de la soberanía alimentaria o sanitaria y la posibilidad de que el Estado se quede con acciones de empresas privadas a las que ayudó a pagar sueldos durante la cuarentena -promovida en su momento por la legisladora-, tales iniciativas fueron calificadas como "ideas locas" por Alberto Fernández. Sin embargo, poco después de fijar esa posición, el propio Presidente arremetió contra Vicentin y anunció su intervención, antes de dar marcha atrás con el proyecto expropiador. Más recientemente, avanzó con la suspensión temporaria de las exportaciones de maíz, aunque días atrás volvió sobre sus pasos.

¿Cuánta autoridad ha perdido el Presidente, tanto en la opinión pública en general como entre la dirigencia del oficialismo, por estas idas y venidas que no conducen a nada más que a minar la imagen de una gestión sumida en el desconcierto? Frente a la necesidad de abrir mercados en el mundo, el principal activo que parece exportar hoy el gobierno argentino no es otro que la incertidumbre.

© La Nación

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