miércoles, 30 de diciembre de 2020

Por qué Cristina quiere el PJ para Máximo

 Por Pablo Mendelevich

Vaya si no es una noticia fuerte: el PJ bonaerense rechaza el acuerdo con el FMI. Es lo primero que uno ve, con esas exactas palabras, con esa contundencia, al buscar la "actualidad" en el sitio oficial del partido. Justo cuando el ministro Martín Guzmán va y viene a Washington y cuando Alberto Fernández dialoga con el presidente electo Joe Biden con la esperanza de que Estados Unidos distraiga su enorme influencia en el Fondo para ayudar a que la Argentina alcance el acuerdo.

Pero a no alarmarse. El PJ bonaerense atrasa dos años y medio. El acuerdo con el FMI que rechaza es el de Mauricio Macri, no el de Alberto Fernández. Se trata de una noticia de mayo de 2018. Y eso que ahora, por primera vez en su historia, el PJ de la provincia no tiene un presidente, tiene dos, ya que por un acuerdo político, Gustavo Menéndez, intendente de Merlo , se alterna con Fernando Gray, intendente de Esteban Echeverría. Es posible que el partido, contra lo que denunció alguna vez Hugo Moyano cuando se fue de un portazo diciendo que era "una cáscara vacía", tenga su razón de ser, pero está visto que su sitio no es el lugar recomendado para recoger las últimas novedades, menos para ir en busca del pensamiento peronista más fresco. Exponer las ideas actualizadas allí no debe ser fácil. Ni siquiera es posible navegar por el pasado añejo: cliquear en la sección de historia donde dice "GOU" o "tercera presidencia" peronista es inútil, no lleva a ninguna parte.

La pregunta acuciante, en todo caso, es otra. ¿Qué le atrae del PJ bonaerense a Cristina Kirchner, durante años afamada "antipejotista", para haber decidido mover allí su pieza principal, el heredero? Máximo Kirchner va por la presidencia del PJ bonaerense, una movida que sería compensada con el PJ nacional para Alberto Fernández. Exquisitas artes salomónicas. Los peronólogos suelen decir que en los hechos el provincial tiene una historia más estable y de mayor rendimiento político que el nacional, en cuya sede de la calle Matheu parece que los muebles supieron lo que es juntar tierra.

¿Qué le atrae del PJ bonaerense a Cristina Kirchner, durante años afamada "antipejotista", para haber decidido mover allí su pieza principal, el heredero?

Aunque su intención final no sea conseguir menciones en el Guiness, los Kirchner tienen una forma de hacer política que genera récords históricos. En la categoría institucional ya hay dos insoslayables, la sucesión matrimonial (2007) y la fórmula invertida (2019). Pues bien, se aproxima otro, ahora en la categoría tradiciones peronistas revisadas. Máximo Kirchner, quien acaba de cumplir su primer año como diputado nacional bonaerense, alcanzaría el cargo de presidente del PJ provincial con la carrera política más vertiginosa que haya habido. Es cierto, Máximo ya había cumplido un mandato como diputado por Santa Cruz, preside el bloque oficialista y lidera La Cámpora, organización que ganó cruciales lugares en el Estado desde que el peronismo, prestidigitado por su madre, volvió al gobierno. Pero su lanzamiento efectivo a las primeras ligas tiene apenas seis años. ¿O será que seis años hoy es mucho tiempo? A la vez Máximo encarna un récord curioso: es el único político hijo de dos presidentes que existe en el mundo entero.

En la Argentina la mayoría de los hijos presidenciales no salieron políticos, aunque a veces fueron cosecha tardía, germinaron tras la muerte del padre. Además de Ricardo Alfonsín (que fue diputado, ascendió a precandidato presidencial y es el embajador en Madrid) está el caso del único hijo de un presidente que llegó a presidente, Roque Sáenz Peña, el sepulturero del primer fraude, quien en vida del padre (ambos les dan nombre a las principales diagonales de la capital del país, que confluyen en la Casa Rosada) había abandonado la carrera -una de las encrucijadas psicológicas más increíbles de la historia argentina- para no competir con él. Una vez por siglo también surge un Liborio Justo, el trotskista cuyo padre, el presidente Agustín P. Justo, lo metió preso después de que el muchacho le gritara en la cara "abajo el imperialismo" a un huésped: Franklin Delano Roosevelt. Cosas vederes Sancho.

Máximo es un caso especial por otros motivos. Su desarrollo político se da cuando la imponente figura del padre ya no está, pero actúa bajo el liderazgo de la madre, la estratega, con pretensiones sucesorias concertadas. Conquistar la jefatura del PJ bonaerense tal vez no sea otro escalón destinado al reparto del poder para controlar el gobierno de Alberto Fernández, tal como sucede con la gerencia de Máximo en Diputados, sino una jugada a futuro respecto del poder de los intendentes, con una parte de los cuales debe lidiar si quiere lograr el objetivo.

La mayoría de los políticos que presidieron el PJ bonaerense fueron líderes territoriales. Intendentes. Incluso caudillos, como Herminio Iglesias y Manuel Quindimil. O líderes históricos del peronismo como Eduardo Duhalde, Antonio Cafiero, José María Díaz Bancalari. Un dirigente muy recordado fue el vicegobernador Alberto Balestrini, dos veces intendente de La Matanza. También pasó por ahí, más recientemente, Fernando Espinoza, otro veterano matancero.

En el peronismo las estructuras partidarias estuvieron al servicio del concepto movimientista desde que en 1946 lo primero que hizo Perón al llegar al poder fue disolver los partidos que lo habían encumbrado. Heredera de la tradición verticalista, Cristina Kirchner resultó discípula aplicada de las Veinte verdades peronistas, por lo menos de la segunda: "El peronismo es esencialmente popular; todo círculo político es antipopular y por lo tanto no es peronista". Sin embargo, su mayor cualidad peronista tal vez sea poner el pragmatismo adelante. Pragmatismo capaz de explicar que aunque se haya mofado del partido en 2005, cuando venció por veinte puntos al mismísimo PJ y su candidata Hilda Duhalde, hoy está pergeñando como jugada política fundamental sacar a Gustavo Menéndez y poner a Máximo para adueñarse de lo que para el camionero más práctico del país -perdón por repetirlo- era una cáscara vacía.

Pocos recuerdan que en mayo de 2019, apenas cuatro días antes de anunciar la fórmula invertida, Cristina Kirchner cayó por sorpresa en la reunión de la Comisión Directiva y la Mesa de Acción Política del PJ nacional que se celebraba en la sede la calle Matheu, edificio que ella llevaba años sin pisar. Estaba allí casi todo el peronismo, incluidos varios gobernadores, intendentes y también el agraciado, Alberto Fernández, que pasaba como uno más. Al día siguiente los diarios informaron que ella había hablado durante veinte minutos. Tema: la unidad. La unidad para ganar (bueno, y Macri diabólico, el combustible).

Contra lo que a veces se especula, el formato partidario no es lo que habilita el armado de las listas, en realidad una cruza de verticalismo y rosca. Tampoco controlar la junta electoral significa poner más candidatos, porque en los hechos la junta homologa, no decide. Ser presidente del PJ bonaerense no necesariamente ayuda a ganar una elección, como dejó dicho, entre otros, Cafiero cuando fue contra Menem. Más bien está relacionado con la contención de las distintas líneas, con la unidad que la aritmética electoral reclama, como se verificó en 2019. En el peronismo la experiencia exitosa de 2019 está muy presente. Y esa unidad pasa ahora fundamentalmente por los pleitos con y entre intendentes de la provincia de Buenos Aires.

Que el movimientismo peronista implica movimiento en sentido literal lo vuelven a probar intendentes como Martín Insaurralde, ayer nomás objetado desde el kirchnerismo por dialoguista. Bajo el lema "los bonaerenses "amamos la provincia", Insaurralde es hoy el más entusiasta patrocinador del santacruceño que lleva nombre de emperador.

El tiempo dirá si la madre imaginó este inesperado destino partidario como un ritual consagratorio, todo se trata de encoger más a Alberto Fernández o -lo que tiene mayores probabilidades- son ambas cosas a la vez.

© La Nación

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