domingo, 6 de diciembre de 2020

El kirchnerismo pacta con el diablo

Por Jorge Fernández Díaz

Coats era un caballero de gestos suaves, pero Mattis sabía que en realidad estaba hecho de acero puro. Revistaba entonces como director de Inteligencia Nacional de los Estados Unidos, y su interlocutor era un general retirado de cuatro estrellas del Cuerpo de Marines, a cargo ahora de la Secretaría de Defensa. En uno de sus habituales ataques de cólera, "el hombre más poderoso de la Tierra" acababa de tomar otra decisión delirante y peligrosa. 

Sus dos funcionarios más aguerridos no se conocían demasiado, pero se quedaron a solas después de la reunión comentando la sorpresiva orden de Donald Trump. "Es una locura", comentó Mattis con cautela: "El presidente no tiene brújula moral". Coats analizó fríamente ese concepto, y al cabo de unos segundos concedió: "Es cierto. Para él, una mentira no es una mentira. Es simplemente lo que él piensa. No es capaz de ver la diferencia entre la verdad y la mentira". La escena figura en la página 92 de Rabia, el nuevo libro de Bob Woodward, y alude a algunas de las patologías comunes a los líderes populistas. Sin brújulas morales y con la férrea voluntad de relativizar los hechos ciertos si estos no encajan con sus convicciones, propósitos o prejuicios, los populistas de cualquier signo gobiernan contra la razón, el sentido común, la democracia y a menudo contra la ley y la ética. La pequeña lección que refiere Woodward no vale únicamente para el elegante Salón Oval, sino también para los segmentos más oscuros y míseros del conurbano bonaerense. Allí el kirchnerismo ha pactado con la mafia, y lo ha hecho bajo una vieja consigna setentista: el fin justifica los medios. Para dominar los territorios más hostiles se ha aliado con esos mercenarios de la violencia que, constituidos alrededor de las barras bravas del fútbol y de sus sucursales zonales, controlan y asuelan los barrios más humildes. El jefe y los "coroneles" de una "monada" -como se denomina al conjunto de "soldados rasos"- son amos y señores de las calles, garantizan y gestionan el narcomenudeo, cobran del trabajo esclavo, venden protección, otorgan créditos, prestan servicios de custodia en actos proselitistas, son culatas de sindicalistas, propician piraterías del asfalto, administran el clientelismo y el miedo, y hasta desarrollan tareas comunitarias en áreas donde la administración pública no llega. Arrean a vecinos amedrentados durante los domingos comiciales, y hostigan sin miramientos a los opositores que se atreven a pisar sus dominios. Las canchas y los trapos siguen siendo aglutinadores culturales, pero en plata contante y sonante ya son meros espacios laterales del gran negocio. Con un contundente respaldo extraoficial, los "barras" evolucionaron, y pueden ser más poderosos que los "barones". Estos les temen y, en algunos casos, les garantizan la complicidad policial y fallos benignos en la Justicia. Existen por lo menos 3000 jefes de barras bravas y están identificados, pero se calcula que hay cientos de miles de seguidores dentro de las distintas "monadas". El yeite se expande con la crisis aguda, y ya constituyen un verdadero ejército de marginales que se ha perfeccionado con la aquiescencia kirchnerista y que durante la pandemia ha tenido manos libres para sofisticar su infame operatividad, puesto que desde el poder se los considera además "la última línea", aquellos que pueden contener el estallido en las fronteras de la desesperación. A cambio, por supuesto, de una inmunidad dorada.

La asociación entre kirchnerismo y patota no está únicamente signada por el pragmatismo más sucio; se encuentra plagada además de coartadas ideológicas. El "movimiento nacional y popular" tiene por objetivo central convertir la provincia de Buenos Aires en el nuevo bastión de la dinastía Kirchner. Su proyecto consiste en mixturar allí el feudalismo más rancio con un discurso de izquierda: Gildo Insfrán con fraseología de John William Cooke. Aunque su praxis se va pareciendo mucho más al añejo conservadurismo popular bonaerense, con sus caudillos y sus vínculos mafiosos, y sus pistoleros de alquiler. El justicialismo es el partido que durante más tiempo gobernó ese vasto territorio, y al cabo de esa incesante tarea su vergel se ha transformado en un páramo sin industrias, una postal penosa de la miseria . Sin un programa de desarrollo, sin conocimiento acerca de cómo generar progreso ni voluntad para hacer los deberes, el kirchnerismo va reconociendo de manera fatalista la pobreza extrema como un insumo pasible de ser administrado, y también como una fuente de riqueza electoral y económica inconmensurable. En consecuencia, predica el pobrismo (una forma de la resignación social, ese inadmisible orgullo por el estado presuntamente angélico de la carencia) y politiza de paso al lumpenaje, cooptando a los "fanáticos del paravalancha". Una especie de nuevas Hinchadas Argentinas Unidas, que guarda cierto aire de familia con los "colectivos chavistas". Dios no lo quiera.

El peronismo tradicional creía, como los diferentes marxismos, que el obrero era el gran sujeto social de la historia. Pero cada vez hay menos obreros en un país desindustrializado por las sucesivas ocurrencias de funcionarios mediocres que espantan la inversión y que, a su vez, desfinancian el erario. Es por eso que el kirchnerismo no hace una opción por el pobre, sino por el lumpen. Y lo hace apoyando implícitamente su "cultura del aguante" y su consiguiente culto del cacique, victimizando al delincuente, relativizando la transgresión de la ley, convalidando las tomas ilegales de terrenos (siempre hay "barras" en ellas) y poniendo en duda el derecho de propiedad. Recordemos que el kirchnerismo ideológico proviene de Palermo Hollywood y de una progresía ilustrada bastante tilinga y con propensión a las soluciones autoritarias, a la sobreactuación y al infantilismo. Su pueril fascinación por la barbarie corre pareja con su repugnancia por el escandaloso racismo de los rugbiers. Sin embargo, el mundo de estos nuevos punteros es igualmente racista, y es además homofóbico, femicida, darwiniano, sodomizador, chantajista y criminal: ese lumpen elegido es una expresión acabada del fascismo tumbero. Los pobres verdaderos, los integrantes del pueblo manso, que sale todas las mañanas a sus laburos o a sus changas, es despreciado (son giles) y sometidos por el lumpen que tanto admiran y protegen los kirchneristas. Ese "pueblo manso" peregrinó hasta Plaza de Mayo para darle un largo adiós a Diego Maradona, y se quedó con la ñata contra el vidrio, viendo cómo los ultras de la cancha y del barrio, y los jerarcas kirchneristas ocupaban, a los codazos, los interiores de la Casa Rosada. Se escenificó así la contradicción evidente: los delincuentes, los "barras", lo narcos son los verdugos de la pobreza real, que en su gran mayoría es honesta, pacífica y silenciosa. Los "descamisados" son las principales víctimas de los matones del paco y la política. Y el matonismo utiliza la religiosidad futbolera y ejerce una morbosa justicia social porque el "Estado presente" cristinista sigue brillando por su ausencia.

Nada tiene que ver esta turbia asociación con el progresismo, ni con la misericordia cristiana. Y se trata de una alianza inestable, con pronóstico de búmeran: el que se acuesta con marginales manchado se levanta. Sin brújula moral, sin poder distinguir la verdad de la mentira, atado a una convicción invulnerable, el populismo se ciega en el empeño de su error. Un error que suele costar muchas vidas.

© La Nación 

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