lunes, 9 de noviembre de 2020

Un criterio propio

Por Carmen Posadas

Los actos atroces a veces son como los árboles, no dejan ver el bosque. Ha ocurrido, por ejemplo, en el caso del profesor francés de secundaria Samuel Paty, decapitado por un integrista por, supuestamente, fomentar el odio al enseñar a sus alumnos una caricatura de Mahoma desnudo. Lo cierto es que ni Mahoma estaba desnudo en la viñeta que Paty mostró a los estudiantes ni ese día asistió a clase la chica a cuyo padre acusan de incitar a que lo ‘ajusticiaran’.

Las razones que se mencionan como detonante de tal monstruosidad son el odio racial, la intransigencia religiosa y el deseo de cercenar la libertad de expresión del profesor, quien, por cierto, dio a elegir a sus alumnos musulmanes  asistir o no a su clase, puesto que el tema a debatir era el derecho y/o la oportunidad del semanario Charlie Hebdo de publicar las ya tristemente célebres caricaturas del profeta. Lo ocurrido a continuación es sabido de todos, pero yo quiero ir un paso más allá de las explicaciones dadas sobre la tragedia y señalar otra posible razón que me parece igualmente alarmante.

Hablo de la necesidad de que la gente, y en especial los jóvenes, aprendan a tener criterio propio. Porque ese era el objetivo del profesor Paty: no herir la sensibilidad de nadie; no hacer una historia de malos (los musulmanes) y buenos (el resto de la población), sino, simplemente, ayudar a sus alumnos a desarrollar su propia opinión sobre los hechos. Con total libertad y con la posibilidad, además, de consultar antes todas las fuentes de información a su alcance. Una destreza, me parece a mí, cada vez más necesaria en un mundo en el que la sobredosis de información, en vez de ayudar a tener una visión más amplia y contrastada de la realidad, propicia todo lo contrario. Provoca no solo desinformación, sino también eso que llaman ‘sesgo de confirmación’, es decir, la tendencia cada vez más extendida a «favorecer, interpretar y recordar únicamente la información que confirma las propias  opiniones ya preconcebidas».

Uno de los efectos más perniciosos de este fenómeno es que logra que las creencias de las personas persistan incluso cuando se les demuestra que lo que piensan es un perfecto disparate al tiempo que las refuerza en su error de apreciación. El fenómeno dista de ser nuevo. En la Divina comedia, por ejemplo, Dante pone en boca de santo Tomás de Aquino que «una opinión puede fácilmente inclinarse hacia el lado equivocado y después las emociones atan y restringen la mente». El filósofo Francis Bacon, por su parte, señalaba que la valoración sesgada de las evidencias conduce a todas las supersticiones imaginables, mientras que Tolstói opinaba que incluso los hombres más inteligentes eran incapaces de vislumbrar las verdades más sencillas y obvias si se los obligaba a admitir la falsedad de las conclusiones a las que habían llegado de antemano. ¿Arrogancia que lleva a la ignorancia? ¿Ignorancia que busca confirmación en otros ignorantes aún mayores? De todo hay en este curioso sesgo de confirmación que sirve para explicar por qué cada vez más personas, incluso las más cultas y formadas, se empecinan en creencias absurdas a pesar de todas las evidencias en contra. Las redes sociales, por su parte, multiplican el fenómeno hasta adquirir proporciones grotescas. En Internet, cualquiera puede conectar con colectivos que le ratifiquen en su idea preconcebida.

Los terraplanistas, por ejemplo, se encuentran felices de poder  corroborar lo que piensan con otros majaras que, como ellos, sostienen que la Tierra es plana. Lo mismo ocurre con los que sostienen que las vacunas producen autismo. O con aquellos que parlamentan con los extraterrestres. O con los que beben lejía para combatir el coronavirus… Aun sin llegar a estos extremos de delirio, las estadísticas señalan que cada vez es mayor el número de personas que se informa a través de publicaciones que sean solo de su cuerda, de modo que consumen lo que se les sirve ya precocinado y de este modo jamás reflexionan, cavilan, dudan. Precisamente eso era lo que Samuel Paty pretendía enseñar a sus alumnos: la capacidad de ver un hecho desde todos los puntos de vista posibles y luego formarse un criterio propio al respecto. A él lo decapitó un fanático al que nunca le enseñaron a discurrir. Por eso es más necesario que nunca que existan muchos profesores Paty.

© XLSemanal 

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