lunes, 19 de octubre de 2020

Re-verso

Por Carlos Ares (*)

Alguien tocó re-verso en el control remoto del tiempo. La mayoría trató de seguir hacia donde quería ir. Otra historia, otro país, algún futuro. Aún los que tenían dudas se daban ánimos entre sí. Intercambiaban bromas, frases de autoayuda, insultos provocadores, recuerdos estimulantes. Confiaban en que era la última prueba. La más dura entre todas por las que ya los habían hecho pasar. Al fin de cuentas quién, sino ellos, eran los bienaventurados pobres a los que les estaba destinado el reino de los cielos. Los condenados al éxito.

Cada uno hacía su máximo esfuerzo. Hundía los tacos, agachaba la cabeza, encorvaba la espalda. Con el corazón palpitando en la garganta, bajaba anclas, se aferraba al cable de la memoria. Padres, amigos, amores, barrios, casas. Los brazos de los que tenían hijos colgados de las manos se tensaban como cuerdas de acero para que no se les alejen tanto. Embestían, apuraban el aire, el resto de sus energías. Las piernas apoyaban los pies en las huellas que habían dejado. No podían parar de retroceder

Las palabras dadas, los juramentos, las promesas, los besos, las risas, retornaban a las bocas. Las miradas a los ojos. Las caras de labios apretados quedaban frías, sin expresión,. Ráfagas del sibilino fenómeno hacían volar en dirección contraria a los deseos todo lo que encontraban a su paso. Arboles, veranos, jardines, asados, salamandras, libros, escritorios, guardapolvos, olores, pelotas, peluches, bicicletas. Los cajones, los archivos de computadoras, de celulares que se abrían volvían a cerrarse.

Los dedos intentaban retener correos, fotos, aplicaciones, contraseñas, se despegaban de las pantallas. Las tintas secas de las cartas, de los contratos, de los papeles firmados, volvían a sus fuentes. Las bebidas de las copas a las botellas llenas que los corchos tapaban. Los brindis, las sobremesas, los cafés, los poemas, las letras, las canciones, enmudecían. Debajo de los pies se extendía un desierto pasado, ya pisado, en el que no quedaba nada. Sólo sombras. La silueta espectral de algunos seres queridos.

Los autos cruzaban las esquinas marcha atrás. Las cortinas de los comercios bajaban, subían, bajaban, no volvían a subir. Los relatores gritaban otra vez goles de jugadores vestidos con pantalones cortitos. La televisión daba urgentes malas noticias de muertos vencidos, ignorados. Los mensajes religiosos sonaban diabólicos. La información sobre el clima atravesaba las cuatro estaciones, alcanzaba las temperaturas más bajas, las medias, las más altas, en términos de horas que no sumaban días. Los mismos políticos, sindicalistas, economistas, periodistas, cada vez más jóvenes, opinaban sobre lo que ya se sabía que pasaría porque había pasado antes. Millones de pesos no valían nada, un peso valía un dólar, miles de australes valían millones de pesos ley.

Las sombras de la tarde se retiraban de las veredas, retrepaban las paredes hasta las terrazas. Volvían a crecer lentamente del otro lado de la calle, se extendían cada vez más hacia el río. Se sonrosaban en el ocaso de la aurora. La luna caía una y otra vez en un líquido agujero negro. Las estrellas huían de ella en círculos de vértigo. El esfuerzo diario de millones de personas resultaba inútil. Una enorme bola de tristeza demolía el ánimo. El polvo acerado que se desprendía de cada golpe en el pecho los enrollaba como si alguien les hubiera colocado una camisa de fuerza mayor. Se levantaban, desfallecían, vestidas sobre la cama. El horizonte de los sueños se alejaba. La pesadilla transpiraba la angustia propia de quien es llevado adonde no quiere.

La veloz sucesión de imágenes de la vida ya vivida se detuvo en una mañana. La del 10 de diciembre de 1983. Baldeada de sol, la Plaza de Mayo era un rumoroso lago celeste. Desde los balcones del Cabildo, el presidente deçía: “sabemos que son momentos duros y difíciles, pero no tenemos una sola duda, vamos a arrancar los argentinos, vamos a salir adelante, vamos a hacer el país que nos merecemos...” Las palabras se sucedían en un orden comprensible. El tiempo perdido comenzaba a recuperarse.

La pausa duró poco. El pulgar hacia abajo apretó otra vez re-verso. Las imágenes son ya en blanco y negro.

(*) Periodista

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