miércoles, 21 de octubre de 2020

El Gordo, el Flaco y los Fernández

Stan Laurel (El Flaco) y Oliver Hardy (El Gordo)

Por Sergio Sinay (*)

Conocidos universalmente como El Gordo y El Flaco, el estadounidense Oliver Hardy (1892-1957) y el británico Stan Laurel (1890-1965), cuyo verdadero nombre era Arthur Stanley Jefferson, fueron la más extraordinaria pareja cómica que dio el cine en toda su historia. Hicieron del gag visual un verdadero arte, difícil de repetir dado que encerraba una compleja combinación de mecanismos sutiles. 

Como ocurre en todas las artes, también en ellos lo que parecía simple era producto de la inspiración, el trabajo y una delicada artesanía. Además, contaban con un carisma que ni se compra ni se copia y con una entrañable relación que iba más allá de lo profesional. Con vidas difíciles y en cierto modo trágicas (comenzaron desde muy abajo, Laurel tuvo ocho matrimonios infelices, Hardy luchó inútilmente contra el alcoholismo de su única mujer), amaban lo que hacían, encontraron en eso el sentido de sus vidas, y con sus películas hicieron felices a millones de personas. Todavía hoy se puede sentir esa felicidad al verlas.

El novelista español Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019), receptor del Premio Cervantes de Literatura en 2004, describió así el mecanismo del humor de Laurel y Hardy, en una columna que escribió en 1993 para el diario El País, de Madrid: “Está implícitamente entendido que el que se carga de razón no es alguien que haga algo, sino alguien que permanece inmóvil mientras otro, añadiendo torpeza sobre torpeza, error sobre error, injusticia sobre injusticia o maldad sobre maldad, viene de alguna forma a convertirse en un auténtico motor que carga de razón (y creo que cuadra la eléctrica metáfora) la dinamo o la batería del primero, como si acumulase un potencial moral a favor de éste”. En su período de apogeo, que va desde 1927 hasta mediados de los años 30, cuando el cine parlante comenzó a hundirlos en el ocaso, realizaron una veintena de largometrajes y medio centenar de cortos. En todos se repetía el mecanismo que Ferlosio describe como “carga de razón”. El Flaco, que representaba lo inconsciente, lo impredecible, lo inmanejable ejecutaba una pequeña acción que aparentemente no tendría consecuencias, pero era solo el comienzo de una serie imparable de desastres que, como una bola de nieve, arrasaba con todo y con todos pese a los inútiles intentos del Gordo por poner orden y racionalidad en donde estos habían sucumbido para siempre. Él mismo terminaba sumándose a la catástrofe con sus propias decisiones. Donde pisaban Laurel y Hardy perecían el orden, la previsibilidad, la certidumbre, cualquier plan y hasta la cordura. En su afectuosa e inspirada columna Sánchez Ferlosio imagina que, detrás de la mirada incendiaria y el gesto entre harto y amenazante de Hardy, se encuentra este parlamento nunca dicho: “Quiero esperar a ver qué extremos inauditos es capaz de alcanzar el nunca visto grado de tu estupidez y de tu ineptitud, o hasta dónde es preciso que tengas que llegar con los enardecidos, entusiastas y tan generosamente largos y chorreantes lengüetazos de tu brocha.” Y que la actitud avergonzada de Laurel esconde esta respuesta: “Otra vez, Ollie, me temo que he vuelto a equivocarme, pero yo sé que tú no vas a aprovecharte para pisotearme, porque tú nunca negarías que yo soy Stan ni dejarías de llamarme por mi nombre”.

Algunos de los más memorables cortos de Laurel y Hardy, como Un día perfecto, La batalla del siglo (con la más formidable guerra de pasteles jamás filmada) u Ojo por ojo (en la que su empeño en venderle un árbol de Navidad a un comprador remiso, el gran Jimmy Finlayson, termina en la destrucción de un barrio entero) son ejemplos claros de su arte del gag. Simples acciones cotidianas terminan por provocar tremendos terremotos y disturbios que arrasan con la normalidad y las expectativas sin que ellos mismos puedan explicar ni explicarse qué pasó.

Ese mecanismo, que en estos genios era arte y humor, parece replicarse en cada una de las decisiones del gobierno que encabeza nominalmente Alberto Fernández y es conducido por su vicepresidenta y jefa. Todo sale mal. Vicentin, la cuarentena, el dólar, las inexistentes inversiones, Venezuela, la remoción de jueces, la reforma judicial, la inseguridad, y los protagonistas no entienden por qué (“Creí que me iban a aplaudir”, dijo el Fernández presidente tras el fracaso de Vicentin; “Pensamos que el virus se iba a quedar en el AMBA”, musitó mientras el Covid-19 se extendía como una mancha por el país). Pero en este caso nada es gracioso, no hay arte, ni siquiera arte político, la ineptitud no encierra genialidad, es solo ineptitud, además de insensibilidad e intereses personales perversos. Las multitudes no se ríen, millones de personas sienten profundo rechazo por los actores y por el daño que estos causan en sus vidas laborales, en sus proyectos, en su salud física y emocional. El mecanismo de romper todo a partir de nada se da en este caso sin talento, y el amor unánime conque aquellos artistas son recordados, no será tal para los actores de hoy. Con la torpeza aquellos hicieron arte y estos crean desesperanza.

(*) Escritor y periodista

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