martes, 22 de septiembre de 2020

La amargura

Por Isabel Coixet

Hay personas a las que se les tuerce el gesto instintivamente cuando les cuentas algo bueno que te ha pasado. Cada buena noticia que les pasa a los demás es una aguja más en ese muñequito de vudú que tienen en el corazón. Pero es un vudú autoinflingido: el más idiota. Toda mi vida he tenido que soportar a esa gente. No me han faltado nunca las ganas de agarrarlos por los hombros, sacudirlos y decirles: ¿no os dais cuenta de lo bobos que sois?

La amargura es un autobús que no debería salir nunca de las cocheras. Como un moho pegajoso, se extiende por doquier y nubla el juicio de hasta el menos proclive a ella.

Pero supongo que no serviría de nada porque, cuando alguien decide nombrarte el chivo expiatorio de las cosas que nunca ha intentado siquiera, no hay nada que hacer. Y es muy triste. Recuerdo que, cuando conseguí hacer mi primera película e ingenuamente, con una alegría inmensa, corrí a decírselo a alguien a quien creía mi mejor amigo –alguien que, como yo, quería hacer cine, aunque nunca lo había intentado, ni siquiera había escrito el guion de un corto–, recuerdo como si fuera hoy cuando me dijo: «Bueno, el cine está moribundo y alguien tiene que acabar de enterrarlo». Luego se rio. Mi cara se ensombreció. Me dijo: «No pongas esa cara, mujer, no es para tanto, es broma». 

No era broma y ambos lo sabíamos. Nos distanciamos. Mejor dicho, se distanció él. Cada vez que quedábamos, me daba plantón, hasta que ya no nos vimos más. Aunque le dijo a todo el mundo que hacer cine me había cambiado y que era yo la que le daba plantones. Lo pasé por alto pensando que sería una mala racha. No volví a verlo. Sé, por otros amigos, que se fue a vivir a Madrid, que se casó, se divorció, puso una tienda. 

Sé que cada película mía, que estoy segura de que no ve, es un pellizco más en su úlcera de estómago, una aguja de vudú más y otra prueba de ese complot del mundo contra él, que es quien debería llevar la vida que yo llevo y que, legítimamente, en su cabeza llena de envidia y rencor, le corresponde a él. Hace unos meses me lo crucé en Benidorm; yo estaba rodando en el paseo de Levante. Nuestras miradas se cruzaron, la suya me huyó enseguida, lo vi escabullirse atropelladamente entre la gente antes de que pudiera pronunciar su nombre y llamarlo. A mí se me congeló la sonrisa al pensar que treinta años después alguien a quien quise y en quien confié, alguien que sabe perfectamente quién soy, de dónde vengo y que es consciente de que nadie me ha regalado nada, sigue culpándome absurdamente de las cosas que nunca llegó a hacer en la vida. Y luego volví al trabajo y, después de gritar «acción», pensé en lo ridículo de pasarse la vida odiando a alguien que se curró las cosas que tú no te curraste y me reí por dentro. Para no estropear la toma.

© XLSemanal

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