martes, 1 de septiembre de 2020

Capitalismo y antropología

Por Juan Manuel De Prada
Advertíamos en un artículo anterior contra los muchos intentos desfiguradores de la obra de G. K. Chesterton. Tales intentos se han producido tanto desde ámbitos ‘culturetas’ –donde se odia al Chesterton apologeta de la fe católica– como desde las posiciones de lo que nosotros hemos denominado jocosamente ‘catolicismo pompier’. Y casi todos los intentos de manipulación de este catolicismo pompier se han centrado en distorsionar el pensamiento económico de Chesterton, a veces mediante la pura y simple elusión, a veces mediante la tergiversación más descarada.

Como es bien sabido, Chesterton promovió el distributismo, que el catolicismo pompier presenta condescendientemente como una ‘doctrina económica’ insatisfactoria. Pero lo cierto es que Chesterton nunca pretendió formular una doctrina económica; sino que, simplemente, designó de esta manera al modo de organización económica basado en el reparto de la propiedad privada (frente a la concentración en la que se funda el capitalismo), que siempre había preconizado el pensamiento tradicional. Chesterton no se adentra en formulaciones técnicas, ni pretende elaborar un sistema al modo –pongamos por caso– de Friedman o Keynes; sino que se esfuerza por devolver a sus lectores el sentido de la cordura cristiana, señalando que el capitalismo «crea una atmósfera y forma una mentalidad»; es decir, que no se limita a organizar la economía, impone una agenda antropológica arrasadora.

A veces, para distorsionar las intenciones del pensamiento económico de Chesterton, se pretende que sus propuestas distributistas batallan por igual contra el capitalismo y el comunismo. Pero esto no es completamente cierto. Chesterton nos advierte que, con frecuencia, quienes más claman contra el comunismo son los mismos que aplauden las calamidades que nos ha traído el capitalismo: «Mientras ese viejo caballero ha estado gritando contra ladrones imaginarios a quienes llama socialistas –escribe en Los límites de la cordura–, ha sido atrapado y arrebatado realmente por verdaderos ladrones que no podía ni siquiera imaginar». Chesterton es consciente del error histórico que están cometiendo muchos católicos al defender el capitalismo, que está dispuesto –exactamente igual que el comunismo– a crear «una civilización centralizada, impersonal y monó-tona», capaz de destruir las más numantinas resistencias humanas. Y no se cansa de proclamar que «el capitalismo ha hecho todo lo que amenazaba con hacer el socialismo». Incluso se atreve a precisar que los «place-res permisivos» que ofrece el capitalismo son mucho más corruptores que los que ofrece el socialismo. El tiempo no ha hecho sino darle la razón: sin duda, el comunismo ha matado más cuerpos que el capitalismo, pero ni de lejos ha matado tantas almas.

Chesterton sabe bien que el capitalismo no es sólo una fórmula económica nefasta –consistente en «forzar a la gente para que compre lo que no quiere comprar, y en fabricar tan torpemente como para que lo fabricado se pueda romper, suponiendo que lo querrán comprar de nuevo, manteniendo la bazofia en una rápida circulación»–, sino también una antropología destructiva que, para lograr sus fines, necesita destruir las comunidades humanas, tanto en el aspecto material –forzándolas a la emigración– como espiritual –desbaratando su vida moral y las estructuras que la sostienen, empezando por la familia–. De ahí que capitalismo y antinatalismo sean, para Chesterton, el anverso y el reverso de una misma moneda; pues el capitalismo necesita estimular todas las modalidades de ‘religión erótica’ que impiden o dificultan la fecundidad. Por supuesto, esta labor de destrucción antropológica la hará de forma taimada, mediante coartadas emotivistas y presuntamente humanitarias, presentándose como paladín de aquellos movimientos sociales e ideologías que interesen a su fin primordial; pero todas estas coartadas buscan siempre el mismo fin: «Se impiden los nacimientos –escribe sin paños calientes en El manantial y la ciénaga– porque la gente desea estar libre para ir al cine o comprar un tocadiscos o una radio. Lo que me hace desear pisotear a esas gentes como si fueran felpudos es que usen la palabra ‘libre’, cuando con cada uno de esos actos se encadenan al más servil y mecánico sistema que haya sido tolerado por los hombres».

Pues ese sistema ‘servil y mecánico’ no se limita únicamente a organizar la economía, sino que es fundamentalmente un sistema de ingeniería social que ha destruido las comunidades humanas. Sospechen siempre de los católicos que se proclaman defensores del capitalismo.

© XLSemanal

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