sábado, 22 de agosto de 2020

El fanatismo y la tecnología

Por Manuel Vicent
El atentado del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas fue diseñado por los terroristas para ser contemplado a la vez en directo en todos los telediarios del planeta. Puesto que la cultura de la imagen es la sangre de Estados Unidos, lo que sembró el desconcierto en ese país, antes que el terror, fue el que esta tragedia asumiera la esencia del gran espectáculo. El cine había llevado a la ficción un ataque semejante en algunas películas, pero en esta ocasión se impuso la realidad y Hollywood fue humillado.

Las Torres Gemelas derrumbándose ante el mundo entero envueltas en llamas se ha incorporado a la sustancia visual de nuestro tiempo y ya forma parte del catálogo de las hogueras más famosas de la historia junto con la quema del templo de Artemisa, del incendio de la biblioteca de Alejandría, de las cenizas de Constantinopla, del fuego del Reichstag, de las calabazas de Hiroshima y Nagasaki y del napalm de Vietnam. Si el siglo XX terminó con la caída del muro de Berlín, el atentado que abatió las Torres Gemelas dio la entrada al siglo XXI. Las eras de la historia las marcan los grandes sucesos, no los calendarios.

Desde el garrote del primate al misil nuclear, a lo largo de la historia cada arma ha generado su réplica defensiva, pero al final de esta dialéctica bélica ha surgido ahora un ingenio diabólico contra el cual no existe defensa posible. El ataque a las Torres Gemelas fue la presentación ante el mundo del fundamentalista explosivo dispuesto a inmolarse por un ideal. En el terrorista suicida ha hecho síntesis el odio y la química, la miseria y la electrónica, la crueldad y la informática, el fanatismo religioso y la alta tecnología.

Desde el atentado de las Torres Gemelas el terrorismo se ha convertido en un virus sin vacuna posible, que ha cambiado para siempre nuestro estilo de vida. En cualquier aduana o paso fronterizo uno es juzgado de forma sumarísima solo por su aspecto. En los aeropuertos ordenan que te quites el cinturón, los zapatos, la chupa y obedeces; te palpan todo el cuerpo y callas. Bastará con que desafíes con la sonrisa irónica al guardia y te verás condenado. El escáner ha sustituido al viejo y maloliente confesonario, en el que uno siempre se sentía culpable. Pero no solo se erigen en jueces los guardias jurados. También los propios vecinos de escalera o de barrio analizan antes que nada la calaña del desconocido o recién llegado. Ese enemigo invisible, que está en todas partes y en ninguna, ha dividido la humanidad en vigilantes y vigilados. Mírate en el espejo cada mañana y júzgate tú también antes de salir a la calle si estás dispuesto a convertirte en el oído y en los ojos de la policía para delatar a cualquier sospechoso.

Según la biología, un organismo es más vulnerable a medida que se hace más complejo. Si esta regla se aplica a la sociedad contemporánea, cuya fragilidad va a una velocidad proporcional a su desarrollo, está a punto de llegar el día en que la civilización dependa de un solo fusible, a merced de la mano de un fundamentalista airado que apague la luz y nos mande a la Edad Media a comer higos chumbos. En el subconsciente colectivo comienza a germinar como una pesadilla el artefacto nuclear de fabricación casera o el barril repleto de virus terroríficos que puede ser arrojado sobre cualquier ciudad por un iluminado a quien han prometido un montón de huríes en el paraíso, a cambio de devolvernos a los infieles al reino de los primates.

En la película 2001: Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick, que se ambientó en el mismo año de la caída de las Torres Gemelas, aparece la famosa imagen del orangután que sacude con furia el esqueleto de un animal muerto. Después de varios golpes un hueso salta por los aires, rueda por el espacio y se convierte en una nave espacial. No está claro si esta imagen simbólica expresa el nacimiento de la civilización o su derrumbe final. Dice Schopenhauer: “El hombre no desciende del mono; al contrario, evoluciona hacia mono”.

En 2001, año del segundo milenarismo, en que el fanatismo religioso derrumbó las Torres Gemelas, se descifró el genoma humano. Tal vez desde entonces el terror difuso lo llevamos en nuestro código genético con el pánico incorporado.

© El País (España)

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