domingo, 30 de agosto de 2020

Cuántos viven en Corea del Centro

Por Gustavo González
Entre Corea del Norte y Corea del Sur no hay nada. Apenas una frontera política en el paralelo 38, establecida después de la Segunda Guerra para dividir a los coreanos.

Cuando entré a Corea del Norte en la época de Kim Il Sung, me encontré con un gobierno que postulaba como su gran enemigo a su vecino del Sur, casi al mismo nivel que a los Estados Unidos.

Sin embargo, en medio de un silencio temeroso que rodeaba la vida cotidiana de los norcoreanos y que hacía impensable cualquier mínima disidencia con sus autoridades, las personas con las que hablé se referían con afecto a “los hermanos del Sur”. Vivían la separación como antinatural y sufrían por las familias y las amistades que se habían partido por ese motivo. Nadie hablaba de Corea del Centro, claro, pero sí del sueño de recuperar una Corea unida.

Paralelo 38. Obviamente, en la Argentina tampoco existe alguna subregión llamada Corea del Centro. Lo único parecido es el nombre que Perfil le puso al programa conducido por Ernesto Tenembaum y María O’Donnell en Net TV.

Pero el paralelo 38 que divide a las dos naciones asiáticas se parece mucho a la grieta que divide a la nuestra. Aquí también hay un país conducido por una líder como Cristina Kirchner, con funcionarios, territorios, legisladores, jueces y espacios definidos de poder; y otro liderado por Mauricio Macri, que también tiene ciertas zonas de control en gobiernos y en los poderes Legislativo y Judicial. Ambos países cuentan con medios de comunicación que reflejan bien sus respectivas autonomías.

Cada líder tiene seguidores que los consideran incuestionables y que están convencidos de que sus principales enemigos son el líder y los seguidores del país de enfrente. Difícil determinar qué porcentaje de la Argentina (esa entidad geográfica que contiene a las dos Coreas) representan los dos sub Estados.

Aunque lo interesante sería saber cuántos habitantes viven hoy en Corea del Centro, esta metáfora perfiliana asumida como virtud tras recibirla como crítica por quienes cuestionan nuestro posicionamiento editorial, pretenciosamente equidistante de los extremos, anhelante de reflejar al país cansado de la realidad cortada por la tijera de buenos versus malos, de la vida en función de demonizar al otro.

Es probable que un porcentaje de los votos que necesitó Alberto Fernández para ganar (¿15/18%?) haya provenido de los sectores que creyeron en su discurso antigrieta de campaña (eso calcula el propio presidente). También es posible que otro porcentaje similar de votos de Macri haya estado cruzado por el mismo sentimiento. Además del 6% que votó a Lavagna, el candidato que se presentó con el partido Consenso.

Revival agrietado. Esta semana se conoció la última encuesta de Management & Fit. Sus resultados son similares a los de otras consultoras. Los políticos con mejor imagen son, precisamente, quienes se postulan como los herederos antigrieta del kirchnerismo y del macrismo: Alberto Fernández (47,8%) y Horacio Rodríguez Larreta (49,7%). Por su parte, los respectivos líderes de ambos aparecen con los menores índices positivos: Cristina, 32%; y Macri, 19,8%.

¿Tendrá Corea del Centro más habitantes que los otros dos extremos?

Los índices de aprobación en las primeras semanas de la cuarentena eran todavía mayores y beneficiaban al Presidente, al jefe porteño y también a Axel Kicillof. Esa mesa de acuerdo político-sanitaria, integrada además por gobernadores oficialistas y opositores, representó el mayor pico de escenificación antigrieta de los últimos años. ¿Tal apoyo, que alcanzó promedios del 70% de adhesión, será la confirmación de que existe una mayoría antigrieta?

En cualquier caso, los hechos de estos días demostraron que la sociedad agrietada puede ser minoría, pero tiene representantes con influencia política y mediática. Otra vez el tratamiento de una ley que podría tener un fin noble, como el de mejorar la Justicia, nació contaminado por la falta de diálogo y las sospechas de estar pensada para destinatarios precisos. Como sucedió con la Ley de Medios en su momento.

Para acompañar el regreso al pasado, hubo polémicas varias sobre amenazas de golpe de Estado, la derrota en Malvinas y un nuevo enfrentamiento entre el kirchnerismo y Clarín a partir de la normativa que considera servicios esenciales a todos los vinculados con telecomunicaciones, que casualmente son los que presta ese grupo.

Cristina y Macri son la corporización de ambos países, pero a esta altura sus destinos están atados a la resolución del conflicto. Para ellos, ganar o perder puede hacer la diferencia entre ir o no a prisión o, al menos, el riesgo de continuar durante años atados a procesos judiciales. Tampoco es menor para dos ex presidentes la batalla por el relato histórico, el lugar de respetabilidad institucional en el que los dejaría una eventual derrota cultural.

Kim Il Sung creyó durante todo su reinado que vencería cultural y políticamente a sus enemigos de Corea del Sur. Lo mismo creyeron los distintos gobiernos surcoreanos con respecto a sus enemigos del Norte. Pero hace setenta años que lo único que lograron fue ratificar el statu quo de sus diferencias.

Macri y Cristina ya son parte constitutiva del statu quo de la polarización argentina. No cuentan con las condiciones históricas de Reagan y Gorbachov para poner fin a la Guerra Fría. Y ninguno tiene la excepcionalidad de un Mandela para pasar a pérdida los daños que pudieron haber recibido y convertirse en símbolo de paz y unidad.

No. Difícil que salga de ellos la reunificación de Corea.

Difícil, posible. Lo más obvio es decir que dependerá de herederos como Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta sacar al país de esta división extrema. Y que no les será sencillo, porque para lograrlo (en el caso de que de verdad quisieran intentarlo) se necesitaría una enorme destreza política, espíritu humanista y gran valentía.

Pero lo cierto es que los hombres no hacen la historia. En todo caso pueden convertirse en vehiculizadores de los procesos históricos.

Entonces la pregunta es si los procesos históricos argentinos están lo suficientemente maduros para que una mayoría social torne inevitable que sus representantes actúen en ese sentido.

Es decir: si la suma del fracaso económico de la última década, del hastío de los discursos agrietados, de la necesidad de cerrar las heridas de lo que esos discursos generan en las relaciones personales; si el agotamiento físico y psicológico de vivir en un país cuyas reglas pueden girar siempre 180° y el cansancio de ver al otro como un enemigo; si se terminó de entender que sin confianza no hay comercio, ni créditos, ni economía, ni futuro. La pregunta es si la suma de todos esos procesos se hizo carne en una mayoría social y si la necesidad de atravesar con vida una situación límite como la actual generará en lo inmediato un cambio de época definitivo, una nueva forma de convivencia, el fin del paralelo 38.

O si habrá que seguir chocando con las mismas piedras mucho tiempo más antes de entenderlo.

© Perfil.com

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