viernes, 10 de julio de 2020

HOMENAJE A NÉSTOR SAAVEDRA

Visibilizacion de la clase media y las mujeres en la obra 
del escritor salteño
 
Por Liliana Bellone (*)
Hace quince años, el 10 de julio de 2005 fallecía en Salta, el escritor Néstor Saavedra. Narrador, poeta y dramaturgo, sus casi veinte novelas y relatos continúan asombrando y conmoviendo a los lectores, quienes pueden advertir en sus textos las huellas de los norteamericanos Fitzgerald, Faulkner y Hemingway , lo que marca un notable corte con la literatura del noroeste argentino.

Se puede leer en EcuRed de Cuba: (…) “Néstor Saavedra es el escritor más prolífico de su provincia”. Y afirma sobre sus obras: “El viaje, la aventura, el desenfado de situaciones que denuncian la pacatería burguesa, la clase media, los intereses de esa clase (…), la “realidad” en su cara más cotidiana, a veces vulgar y hasta brutal, el amor despojado de idealismo y falso romanticismo, las envidias y las mezquindades en una galería que deja a un lado las fisonomías estáticas de los héroes para mostrar los gestos reales de los seres humanos.”.

Desde un registro realista, Saavedra aborda temas hasta ese momento tabúes en la escritura de la región y el país: el sexo, el erotismo, la feminidad y la locura, en tramas entre policiales y de aventura, no exentas de la reflexión sobre la soledad y la condición humana.

En el canon literario del noroeste argentino, la narrativa aparece marcada por las características que dieron identidad a la novela histórica, al realismo mágico con toques carnavalescos o paródicos y a la novela de compromiso social. Por esta razón, la novelística de Néstor Saavedra (1915-2005) surge como una excepción en el sistema literario de la región y en sus mecanismos legitimadores.

Su primera novela, Locura en las montañas, fue publicada en 1948, el mismo año en que se editan Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal y El túnel de Ernesto Sábato en Buenos Aires. Sin duda estos dos libros expresan el idealismo y el existencialismo rioplatense, respectivamente, y conforman, junto a la producción del policial y el fantástico (Borges, Bioy Casares), el mapa representativo y excluyente de la narrativa en la Argentina. En este escenario, en sus márgenes, surge la novela de Saavedra. Locura en las montañas es un texto extraño, incómodo, fuera del canon y el gusto argentino de la época y fuera de la tradición literaria del noroeste.

Ambientado entre 1936-1937, años de la Guerra Civil Española y al advenimiento del nacional socialismo en Italia y Alemania, instancias a la que el narrador-personaje se refiere en varias oportunidades, el texto cuenta la historia particular de un empleado de Vialidad Nacional, en el escenario del campamento que levanta la empresa para construir rutas. Los ingenieros, técnicos, obreros y empleados administrativos, responden a la tipología de la clase media argentina de aquellos años; muchos de ellos descendientes de inmigrantes europeos son angustiados hombres y mujeres de ciudad, totalmente alejados de los prototipos de la literatura del noroeste argentino, que hasta ese momento solamente describía a gauchos e indígenas, a caciques y señores feudales. Más cercana a Hemingway que a Juan Carlos Dávalos, la narrativa de Néstor Saavedra muestra un espacio distinto de lo colonial y atávico; la ciudad de Salta ya no presenta su perfil colonial, sino que aparece como una ciudad moderna, con sus cafés, salas de baile, cines, automóviles, etc. Locura en las montañas plantea el tema del aislamiento y la soledad, la no adecuación y las elecciones amorosas que determinan un desenlace enunciado desde el título y que tiene que ver con las condiciones individuales y sociales que conducen a la psicosis.

Esta novelística se articula con otros sistemas literarios situados fuera del espacio estrictamente latinoamericano y argentino, el llamado neorrealismo norteamericano o “generación perdida” (Faulkner, Hemingway, Dos Passos y Fitzgerald), en donde las pasiones se mezclan con la violencia en medio de atmósferas densas y descarnadas que hablan de la condición humana sin concesiones y sin eufemismos. La caída representada en la ruina, la quiebra, la bancarrota, el hundimiento, el desmoronamiento moral y físico, unidos al alcoholismo y a la locura, en suma “la lógica del fracaso”, son las realidades que muestra la “generación perdida”, realidades que también configuran a los personajes de Néstor Saavedra. Su escritura se sitúa fuera de los discursos e intereses hegemónicos, no reivindica el goce de la lucha amo-esclavo, ni se prosterna ante una naturaleza arrolladora. Lo narrado, una verdadera saga novelística, desde Locura en las montañas (1948), Los aventureros del Hotel Salta (1988) o En otro tiempo en Tartagal (1998), surge de una expresión concisa y directa. Las historias de amores imposibles y malditos, pasiones enfermas, descabellados proyectos, nos recuerdan a las de Roberto Arlt. Empleadas y empleados de comercio, viajantes, seres de clase media, sin dinero, sujetos a sueldos y horarios, hundidos en la rutina y la mediocridad y que no pocas veces buscan una salida en el delito, protagonizan esta narrativa. Tal vez, la construcción de una nueva recepción con otros saberes e intereses haya influido en el re-descubrimiento de este autor.

Erotismo, feminidad, locura

En la narrativa de Néstor Saavedra, las mujeres adquieren visibilidad y un protagonismo que no es el establecido por la literatura tradicional de la región. Freud sostiene que la subjetividad masculina, en general, no hace coincidir el objeto del placer con el objeto amado y esto lleva a una dualidad en la elección del objeto amoroso. El amor tiene que ver con la figura materna, de modo tal que los hombres evitan gozar con la mujer amada y virtuosa que le evoca a su propia madre y por lo tanto al incesto y buscan para el goce sexual a una mujer opuesta a esa figura; buscan a una mujer degradada. Ante la evocación de la figura de la madre, los hombres sienten peligrar su goce sexual y sienten culpa, por lo que tratan de degradar a la mujer para gozar sin culpa alguna. Esto explicaría por qué cierto tipo de hombres experimentan más placer con las mujeres de sospechosa moral que con una mujer virtuosa, modelo de madre y esposa. La degradación de la mujer aparece como un intento de huir de la figura del incesto. Los insultos, el desprecio y hasta los golpes van en esa dirección.

 El amor descarnado y conflictivo de Ruy por Lidia Hernández en Locura en las montañas, un amor cuya base es el deseo sexual, evoca inmediatamente el amor tempestuoso y sin salida de los protagonistas de Las palmeras salvajes de Faulkner.

Los celos, la degradación y el castigo corporal, provocarán finalmente la unión. Desde la cúspide del goce, la relación será luego como en Las palmeras salvajes, una cadena de desencuentros, sin salida y sin futuro.

Como en Las palmeras salvajes (1929) de Faulkner o en Lolita (1955) de Nabokov, las mujeres de las novelas de Saavedra temen o rechazan la maternidad. En ellas predomina la mujer-amante sobre el modelo de la madre. Recordemos a la bella y evanescente Daisy de El gran Gatsby (1925) de Fitzgerald. En Locura en las montañas (1948), Los aventureros del hotel Salta (1988) o En otro tiempo en Tartagal (1998), la maternidad y la función materna se tornan traumáticas para los personajes femeninos. El tema del aborto como en Las palmeras salvajes o la muerte al dar a luz, configuran una nota donde la feminidad intenta desprenderse de la concepción, el parto y la crianza de los hijos. Nace una nueva mujer que se rebela contra el rol impuesto por la naturaleza biológica.

Las mujeres son las protagonistas de estas novelas; mujeres reales, de carne y hueso, apasionadas y seductoras. Sujetos invisibilizados por el poder hegemónico en las sociedades conservadoras, las mujeres de esta constelación narrativa hablan, liberadas, desde su feminidad y su cuerpo.

En Locura en las montañas, en medio de la desolación, los cerros, el frío, Ruy escucha una voz, luego otra y otra, ve a sus perseguidores, los denuncia. Entonces es necesario restaurar el orden en el campamento. No hay lugar allí para la melancolía o el delirio. Es necesario extirpar lo que ha irrumpido en el devenir monótono de esos hombres y mujeres. Es necesario el encierro como el modo más normal de volver a la cotidiana tarea, a la costumbre, al trabajo y al amor rutinario, a veces paradójicamente clandestino pero permitido en su misma clandestinidad, pues restaura y protege las costumbres de la sociedad burguesa.

Ruy es un solitario, un obsesivo que rumia sus ideas y que se enreda en sus razonamientos. No es casual su lectura de Intenciones de Oscar Wilde, un libro que se caracteriza por la ironía contra la complacencia y los lugares comunes.

La locura se narra desde el protagonista, sin atisbos de dramatismo. Ruy cuenta lo que le pasa, su extrañamiento, sus alucinaciones acústicas (voces que lo llaman) y sus interpretaciones paranoicas. Como en el célebre texto de Freud: El caso Schereber (1910), Ruy cuenta sin saber, cómo está enloqueciendo. De este modo, podríamos decir que la locura en esta novela se narra desde adentro, desde la voz del protagonista desquiciado psíquicamente. Hay otros ejemplos en la literatura que cuentan el proceso de la psicosis, como Diario de un loco (1835) de Gógol.

Locura en las montañas es la historia de una cadena de situaciones de la vida cotidiana, el trabajo, el amor, los celos, el sexo y la chatura que forman parte de un itinerario hacia la alienación. Ruy es un paranoico y desde ese lugar atacará y será agredido, desde ese lugar verá a los otros como a enemigos que lo encierran y lo alejan del campamento. Allí está el Hospital Psiquiátrico, con sus árboles y sus muros, el lugar donde pasará el resto de sus días, un lugar, para él, como cualquier otro. Esta novela no es un estudio psicoanalítico o psiquiátrico, es la historia de alguien que narra lo que le acontece sin nombrar el pasado, sin recordar su vida anterior y sus experiencias, sin evocar la infancia y la novela familiar, sin introspección, todo dicho como en un eterno presente, en la forclusión psicótica.

(*) Escritora

© Agensur.info

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