domingo, 7 de junio de 2020

Operativo Futuro

Por Gustavo González
Si Alberto Fernández sale fortalecido de esta pandemia sanitaria con default incluido, querrá decir que el país aún seguirá con vida y las encuestas le atribuirán un manejo relativamente exitoso de ambas crisis. Y si así fuera, el Presidente se enfrentará a dos alternativas:
1) Usar ese poder para seguir gobernando hasta 2023 a través de su actual alianza oficialista.

2) Usar ese poder para ampliar esa alianza social, comprometiendo a líderes de distintos espacios y generando un punto de inflexión en la política local.

España o Italia. Lo habitual es que, ante esas alternativas, un político normal elija la primera: consolidar el poder y recibir los beneficios de su buena gestión. No generará ningún cambio sustancial en el país, pero al menos ganaría la próxima elección.

Lo raro sería lo otro. Un líder que aproveche el eventual apoyo de la sociedad para convocar a un consenso mayor. Sería magnanimidad institucional como expresión extrema de poder. Porque solo es magnánimo quien tiene el poder para serlo.

El ejemplo clásico de caso de éxito es el Pacto de la Moncloa, motorizado por el heredero democrático de la dictadura franquista, Adolfo Suárez, y que contó con el apoyo clave de líderes opositores como el socialista Felipe González y el comunista Santiago Carrillo. Sucedió en 1977 y se lo toma como punto de partida de la prosperidad española de estos cuarenta años.

Pero hay otro ejemplo que no se recuerda tanto y no salió bien: el de Italia en 1978. Fue un acuerdo promovido por Enrico Berlinguer, del Partido Comunista, con la Democracia Cristiana de Giulio Andreotti. Pero en lugar de generar consenso, produjo más grietas de las que los italianos ya tenían y concluyó con el fin de la carrera política de Berlinguer y el asesinato del líder democristiano Aldo Moro. Para algunos fue el comienzo de cuarenta años de decadencia.

¿Argentina podrá replicar a España o está condenada al fracaso italiano?

El “no” de Lavagna. El 27 de diciembre Fernández suscribió un acuerdo básico de consensos con representantes empresariales y sindicales, prólogo de lo que sería el Consejo Económico y Social. Fernández siempre aspiró a que ese consejo estuviera presidido por Roberto Lavagna. El ofrecimiento parecía razonable teniendo en cuenta que en la campaña electoral Lavagna había presentado un plan de consenso de diez puntos en el que convocaba a construir “un Estado promotor del crecimiento y la justicia social”.

Lavagna nunca aceptó el ofrecimiento, y el consejo nunca terminó de arrancar, aunque en la última semana pareció haber un par de movimientos que insinuaron alguna reactivación.

El miércoles, el Presidente se reunió con los principales empresarios y recordó la necesidad de “un pacto social y productivo”. Ese día almorzó con Lavagna. Pero es el segundo encuentro en el que el jefe de Estado ya no le menciona la propuesta de presidir el consejo porque sabe la respuesta.

Diálogo argentino. ¿Por qué Lavagna contesta que no? La respuesta es que teme que, en el afán de parecernos a España, se termine siendo Italia.

Desde que en diciembre se lanzó la propuesta, lo que se oyó fueron tensiones por la conformación del consejo: cuáles sindicalistas debían estar y cuáles no, y por qué no habría miembros de las bancadas legislativas (hubo quejas de que ese nuevo cuerpo sería una afrenta democrática al Congreso).

También surgió la duda de qué temas tratarían los consejeros: están quienes creen que deberían resolver cuestiones tan coyunturales como la de determinar la fórmula jubilatoria o la creación de nuevos impuestos.

En el Gobierno afirman que la ley ya está lista. La cuestión es el contenido de lo que se discutirá. Eso está en manos de Gustavo Beliz y llevará más tiempo: temen que traer el debate ahora parezca un elemento distractivo en medio de la pandemia: “Vamos trabajando en gestos y acciones de concertación. Esta cultura del acuerdo es más importante que la estructura de un consejo, que, en cualquier caso, será un medio y no un fin en sí mismo”, explican.

Entre los que temen junto a Lavagna que el clima de época no sea propicio para un órgano así, pero sí creen indispensable la búsqueda de un consenso social, se volvió a analizar la experiencia de Duhalde cuando asumió en medio del caos post 2001. Aquello se llamó Diálogo Argentino y no se trató de una estructura formal que representara con cierta exactitud a los distintos sectores. Fue un mecanismo ad hoc, elaborado con la urgencia de una crisis terminal y que funcionó bien.

Su conformación no requirió largas negociaciones, pero sí un mandatario con la representación suficiente para convocar a un consejo de notables incuestionables. Ni siquiera su representación era formal, producto de una elección: llegó a la Casa Rosada gracias a un acuerdo legislativo tejido de la noche a la mañana.

El ex presidente tuvo la decisión de asumirse como representación empoderada, pero sobre todo tuvo del otro lado a un líder opositor como Raúl Alfonsín, que cerró filas junto a él de la misma forma en que el peronismo lo había hecho con Alfonsín durante los alzamientos militares.

Lavagna es de los que piensan que las condiciones actuales hacen más propicia esta forma de construcción. Lo explica así: “Entre una estructura formal, rígida y anquilosada y otra creada ad hoc, ágil y resolutiva, hoy prefiero esta forma de estructurar un diálogo para buscar consensos básicos”.

El plan Duhalde. Algo parecido piensa Duhalde: “Hay que ir más rápido”. El ex presidente recuerda la creación en junio de 2001 junto a Alfonsín del Movimiento Productivo Argentino y cree que así como Fernández hizo lo correcto en convocar a una comunidad médica por el coronavirus, ahora debería convocar a la comunidad productiva: “La mayoría de los presidentes somos abogados, no especialistas ni en infectología ni en productividad. Los economistas tampoco. Por eso quien lidera debe convocar a los que saben para luego decidir. Hay que convocar a los protagonistas de la producción, empresarios y trabajadores”.

Mañana a las 11 se lo va a decir personalmente a Alberto.

La primera pregunta es si Fernández se siente con la representación suficiente para designar a los miembros de ese consejo productivo ad hoc. La segunda es quiénes son los Alfonsín que hoy lo apoyarían.

El riesgo de caer en una crisis por cuarenta años como en Italia aquí es un riesgo menor. Porque hace cuarenta años que vamos de crisis en crisis.

Sobrevivir dignamente a las muertes de la pandemia y a las de su depredación económica para continuar siendo un país mediocre, sería desperdiciar una oportunidad histórica.

Puede parecer un milagro que una sociedad que viene de años de agrietamiento acepte el diálogo como mecanismo de construcción y un consejo como representación de un proyecto en común que trascienda a un gobierno. También puede parecer milagroso que un presidente que salga airoso de conflictos como los actuales, use su poder para construir acuerdos que vayan más allá de su espacio político.

Pero en medio de la muerte se cree más en los milagros. Quién sabe.

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