lunes, 15 de junio de 2020

Delicias partitocráticas

Por Juan Manuel De Prada
Siendo una forma de gobierno puramente oligárquica, en donde el pueblo carece por completo de libertad política, el Estado de partidos tiene que mantener engañados a sus secuaces con sus delicatessen, placebos negadores de la realidad, que podríamos resumir en dos: 1) conversión de la envidia en virtud cívica; y 2) subjetivización extrema de la verdad, que cada secuaz configurará a imagen y semejanza de la versión que le ofrezca la oligarquía de izquierdas o derechas a la que se adscriba. De ambos placebos se nos están sirviendo dosis generosas durante la plaga coronavírica.

A la conversión de la envidia en virtud cívica, por lo general travestida con los ropajes de la ‘igualdad’ (hoy también de la ‘justicia social’), se refiere Tocqueville en La democracia en América, donde se nos advierte de la pasión igualitarista que inspira a los tiranos, siempre deseosos de halagar las más bajas pasiones de sus secuaces. Durante estos últimos meses hemos asistido a diversas medidas legislativas de la oligarquía gobernante que responden a esta pasión igualitarista que santifica el pecado de la envidia (que es tristeza del bien ajeno). Así ocurre, por ejemplo, con el reparto de becas a estudiantes mediocres cuyos caletres apenas dan para alcanzar un aprobadillo raspado. Cualquier sociedad sana –así lo afirmaba Platón– vedaría la universidad a estos estudiantes mediocres, tanto si son ricos como si son pobres; pues con su aprobadillo raspado ya han demostrado que lo suyo no es el estudio, o bien que son unos vagos redomados que merecen un castigo proporcional a las esperanzas defraudadas. Pero las oligarquías partitocráticas permiten primeramente el acceso a los estudios superiores de los mediocres ricos, para envenenar de envidia a los mediocres pobres, entre los que luego reparten becas. Así, las oligarquías logran que las universidades se conviertan en enjambres de mediocres, que luego surtirán la función pública y las profesiones liberales. La apoteosis de este reinado de la envidia emperifollada de igualdad y justicia social la constituye la renta mínima universal, El Dorado de la plutocracia globalista, sobre la que que ya hemos escrito en anteriores entregas.

Pero el régimen partitocrático, además de enaltecer la pasión sórdida de la envidia, necesita que sus secuaces sustituyan la verdad de las cosas por la ‘versión’ que les suministre la facción a la que están adscritos. Durante la plaga coronavírica esta suplantación de la verdad por la ‘versión’ sectaria ha adquirido dimensiones irrisorias, que prueban que la demogresca genera masas fanáticas y crecientemente cretinizadas, capaces de negar las evidencias más rotundas o de proclamar las falacias más grotescas con tal de que las nieguen o proclamen la oligarquía partitocrática de sus entretelas. Estos fanatismos cretinos no dejan de ser, en el fondo, una consecuencia inevitable de la devaluación de las filosofías idealistas, que afirmaban el «derecho de la razón a configurar la realidad». Y así, por ejemplo, la facción gobernante (siempre la oligarquía que gobierna dispone de medios y sobornos más convincentes) concluyó recientemente que las cifras de muertos de la plaga coronavírica la perjudicaban; y, ni corta ni perezosa, decidió no solamente ocultarlas, sino también afirmar con desparpajo torero que tales muertes habían dejado de producirse, inventándose un método contable que no responde a ningún criterio estadístico serio y además resulta por completo ininteligible. Y tal delirio los secuaces de la facción gobernante se lo tragan tan ricamente sin ningún empacho (como se lo tragarían los de la facción adversa si gobernaran los ‘suyos’); y si alguno entre sus filas se atreve a discutirlo, de inmediato será mirado como un facha o un traidor. Para las masas cretinizadas por la partitocracia, la verdad es simplemente la ‘versión’ que les ofrezca la oligarquía a la que votan; y la mentira la ‘versión’ que les ofrece la oligarquía contraria. Esta actitud subhumana no sólo permite al secuaz partitocrático defender las actitudes políticas más rastreras de ‘los suyos’, justificándose zafiamente en que también los otros lo hacen o harían (pongamos por caso la conculcación del artículo 126 de su idolatrada Constitución por parte del ministrillo Marlaska), sino también las realidades físicas más palpables.

Llegará el día en que las oligarquías partitocráticas fomentarán la división meteorológica entre sus secuaces, afirmando unas que hace sol y otras que llueve, que es verano o invierno según sean de izquierdas o derechas; y, por supuesto, allá donde llueva o sea invierno repartirán subvenciones, para que las envidias se aplaquen y de inmediato se hagan sentir los efectos benéficos del sol veraniego.

© XLSemanal

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