miércoles, 24 de junio de 2020

Alberto perdido en Cristilandia

Por James Neilson
Una pesadilla recorre la Argentina, la pesadilla de lo que podría sucederle a menos que alguien logre impedir que Cristina y sus acólitos se apoderen de todos los bienes del país y aceleren su marcha hacia la utopía estudiantil que los encandila. Con el cuerpo político nacional anestesiado por el coronavirus, la señora está sometiéndolo a una serie de operaciones quirúrgicas para asegurar que, una vez terminada la emergencia, lo que quede no esté en condiciones de ocasionarle problemas.

Aunque nadie, con la eventual excepción de los pensadores del Instituto Patria, sabe muy bien lo que Cristina y sus adherentes se proponen hacer, es evidente que no guarda relación alguna con lo que quisiera la mayoría que sueña vagamente con una sociedad más próspera, más igualitaria, más pacífica y más respetuosa de la ley que la existente.

¿Saldrá con la suya Cristina? Es posible. Como dijo Edmund Burke al ver lo que sucedía en Francia luego de la revolución sanguinaria que había decapitado al antiguo régimen monárquico, “para que el mal triunfe, sólo se necesita que los hombres buenos no hagan nada”. Acaso sería una exageración tomar a Cristina por una encarnación del mal y a quienes no la idolatran por paladines del bien, pero no cabe duda de que el avance de su vengativo proyecto particular se debe menos a su astucia personal que a la pasividad de los demás que, como conejos asustados por la proximidad de depredadores, se limitan a mirar con desconcierto lo que está ocurriendo a su alrededor.

¿Qué busca Cristina? Para comenzar, la humillación definitiva de los convencidos de que en la “década ganada” lideró una banda que saqueó el país, apropiándose de una cantidad fenomenal de dinero, que su gestión económica fue pésima y que, para colmo, hizo lo posible por hacer de la Argentina un paria internacional aliándose con Venezuela, Cuba, Irán y otras tiranías malignas. Quiere que jueces, fiscales y periodistas se arrepientan por haberla considerado capaz de cometer una multitud de crímenes - enriquecimiento ilícito, lavado de dinero y así por el estilo, involucrando a miembros de su propia familia como Florencia -, para entonces poner a los odiosos macristas en el banquillo de los acusados. También quiere que los hombres del campo le rindan pleitesía luego de haberla desafiado en 2008, asestándole un golpe que aún le duele. Pronto oiremos más acerca de lo maravillosa que sería una reforma agraria de verdad.

Tal y como están las cosas, no sorprendería demasiado que Cristina lograra que se agregara a la Constitución nacional una cláusula que otorga patentes de corso a sus simpatizantes para que puedan robar con impunidad, pero lo que no le será dado hacer es obligar al resto del mundo a creerla inocente de los muchos cargos en su contra. No es un detalle insignificante. De oficializarse aquí el relato de Cristina, la Argentina se vería puesta en cuarentena por el Occidente como un país intrínsecamente corrupto, lo que brindaría a China, la superpotencia emergente que se especializa en aprovechar las debilidades ajenas, una gran oportunidad para incorporarla, como un Estado vasallo más, al orden que, para alarma de los norteamericanos, está construyendo.

Si bien el futuro inmediato se ha hecho todavía más brumoso de lo que parecía ser antes de que la pandemia encarcelara a medio mundo, no hay motivos para creer que, de resultas de las consecuencias económicas previsiblemente nefastas que tendrá, quienes manden en el mundo de las finanzas dejen de preocuparse por la corrupción que impera en lugares problemáticos. Tampoco lo hay para suponer que los hombres de negocios extranjeros y nacionales estarán más dispuestos a invertir dinero en un defaulteador serial regido por personajes de ideas extravagantes o en un país en que el gobierno tenga la costumbre de expropiar empresas por razones caprichosas, de ahí el revuelo que ha provocado el caso de la cerealera Vicentin.

Para todos salvo los defensores a ultranza del gobierno, se trata del comienzo de una campaña para adueñarse de empresas en apuros con el propósito de convertir lo conseguido en una gigantesca caja política para uso de La Cámpora y otros grupos de mentalidad similar. Aunque el país está en bancarrota, ello no quiere decir que en adelante el sistema político dependa menos de la compra de votos y voluntades con dinero succionado del ya esquelético sector productivo.

Nadie ignora que, merced al encierro sanitario prolongado que está sufriendo el país, miles de empresas grandes, medianas o chicas ya están en graves dificultades. De aplicarse la misma lógica que sirvió para justificar la expropiación de Vicentin, podrían verse agregadas a la colección gubernamental, lo que, gracias a la ineptitud realmente extraordinaria del Estado nacional, tendría consecuencias realmente catastróficas para casi todos los habitantes del país. Lo entienden muy bien los vecinos de la pequeña ciudad santafesina de Avellaneda donde Vicentin tiene su sede; al enterarse de lo que se cocinaba en Buenos Aires, protagonizaron una pueblada en contra de lo que tomaban por un atropello que les costará muy caro. Parecería que, en ciertas partes del interior por lo menos, hay personas que están dispuestas a manifestarse a favor de las empresas privadas locales.

Además de plantear preguntas acerca del rumbo elegido por el gobierno, este episodio llamó la atención al papel triste que está desempeñando Alberto. El presidente anunció la expropiación de la cerealera con la senadora mendocina Anabel Fernández Sagasti a su lado y tuvo que sonreír tibiamente cuando la camporista le agradeció por haber aprobado el plan que acababa de entregarle. Para casi todos, de tal modo se confirmó que Cristina lleva la voz cantante en el gobierno que Alberto formalmente encabeza y que a pesar de llamarse presidente no se anima a desobedecerla. Parecería que, como el abogado que es, su trabajo consiste en confeccionar explicaciones especiosas de las medidas impulsadas por la jefa, medidas que, en su rol anterior de crítico acerbo del kirchnerismo tardío hubiera denunciado con elocuencia por insensatas e incluso delictivas. Es fácil imaginar el desprecio con el que hubiera tratado lo de “la soberanía alimenticia” en un país que exporta bastante comida para engordar a centenares de millones de personas.

¿Y el albertismo, la noción de que, pertrechado de la lápiz presidencial, Alberto se las arreglaría para crear un gobierno que reflejara sus presuntas convicciones personales? El consenso actual es que fue una ilusión electoralista, que es consciente de ser nada más que un empleado de Cristina y que por lo tanto nunca soñaría con tratar de independizarse de su tutela. Asimismo, si bien se habrá dado cuenta de que en la clase política “los moderados”, por llamarlos así, son mayoritarios y, de ser otro el sistema político, podrían formar un gobierno con una amplia base popular, creerá que sería inútil esperar que actuaran como miembros de un bloque coherente, mientras que los incondicionales pensantes de la señora, por minoritarios que sean, sí saben hacerlo.

Tal vez cambiaría de opinión si llegara a la conclusión de que los socios insaciables de la coalición gobernante de la que figura como el mascarón de proa, estén llevando el país hacia un desastre descomunal que, de consumarse, con toda seguridad le garantizaría un lugar de privilegio en una versión nueva de la historia universal de la infamia borgiana, pero parecería que confía en que, a pesar de los riesgos que enfrenta, todo saldrá bien.

Tanto optimismo es conmovedor. Aún cuando la Argentina no se hubiera encerrado en un intento de mantener a raya el virus que tiene paralizado a casi todo el planeta, correría peligro de experimentar un colapso más apocalíptico que el de casi veinte años antes; entre otras cosas, no hay señal alguna de que esté por repetirse el boom de commodities que por un rato sirvió para llenar la caja oficial.

Antes de las elecciones, gurús como el economista Guillermo Calvo afirmaban que sería mejor para todos que triunfaran los peronistas puesto que sería necesario hacer ajustes sumamente impopulares que ningún gobierno de otro signo, sobre todo uno caracterizado de “neoliberal”, podría llevar a cabo porque los peronistas se las arreglarían para frenarlos.

Según parece, no se les ocurrió que la facción más dura del peronismo, la de Cristina, se aferraría con tenacidad a una variante tóxica del ideario que había hecho de la Argentina el único país de cultura occidental que logró empobrecerse en las siete décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Lo que para los demás fue un fracaso lamentable, para los sectarios de lo nac&pop fue el inicio de una epopeya que están resueltos a continuar cueste lo que les costare a los demás, ya que preferirían dominar un país en ruinas a reconocer que los esquemas con los cuales se sienten comprometidos nunca han funcionado en ninguna parte y que todos los esfuerzos por aplicarlos han tenido consecuencias miserables. Por cierto, el que distintos voceros gubernamentales se hayan sentido obligados a informar al mundo de que se equivocan quienes suponen que los Fernández aspiran a copiar el modelo venezolano nos dice todo cuanto necesitamos saber sobre lo que se discute en las esferas oficiales.

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