domingo, 31 de mayo de 2020

El papel más fino del mundo

Por Guillermo Piro
El papel más fino del mundo se llama tengujo y lo produce la empresa Hidaka Washi en una fábrica en la provincia japonesa de Kochi, a 650 kilómetros al sur de Tokio. La versión más fina de tengujo, cuenta Oliver Wang en el New York Times, es tan gruesa como una fibra del árbol de morera de la que se extrae: 0,02 milímetros, más fina que la piel humana. Hasta ahora nadie había conseguido producir algo así.

El propietario de Hidaka Washi se llama Hiroyoshi Chinzei, la empresa fue fundada por su bisabuelo en 1949, y produce tengujo desde entonces. Chinzei explica que los ingredientes para producirlo son pocos y se encuentran con facilidad, y el proceso “no es particularmente especial y secreto”. Pero el resultado, dice Wang, “es casi mágico: las fibras se entrecruzan en un retículo impalpable que casi posee la sustancia del espacio vacío; lo que mojado es una hoja en blanco, al secarse se vuelve casi transparente”. Su ligereza y diafandad lo vuelven ideal sobre todo para la restauración de libros antiguos, pero en Japón se emplea también como papel de seda para puertas corredizas y pantallas de lámparas.

Tengujo, el papel más fino del mundo
La primera versión de tengujo, más gruesa que la actual, se inventó en la provincia japonesa de Gifu, el sitio donde se considera que nació el papel japonés. Ya existía en el período Muromachi (1336-1573), y en el período Edo (1603-1868) ya se usaba para xilografía y como papel de calcar. A mediados del siglo XIX un fabricante de papel, Yoshii Genta, se dedicó a estudiar su elaboración y obtuvo un tipo de folio tengujo de grandes dimensiones, pero de 0,3 milímetros de espesor. El método de fabricación cambió recién en los años 60, cuando comenzó a emplearse maquinaria.

El tengujo se produce con el tallo de la morera. Los talos son limpiados cuidadosamente y luego sumergidos en recipientes de agua caliente mezclada con una solución levemente alcalina, que libera las fibras de la morera. El proceso requiere días y cinco distintas fases de limpieza. Una vez que se consiguió liberar y desenredar las fibras, la pulpa se sumerge en bañeras de agua y neri, un líquido denso, almidonado y viscoso que se extrae de la planta de aibika, también conocida como tororo-aoi o “hibisco del atardecer” –lo que nosotros, más sencilla y menos poéticamente, llamamos “rosa china”–.

El neri adensa la solución y hace que las fibras se vuelvan más elásticas y gomosas, permitiendo que sean rotas y formen largos filamentos blancos. Llegado a ese punto, los filamentos son sacados del agua y distribuidos uniformemente sobre una pantalla; luego de eso son friccionados, aplanados y estirados hasta alcanzar la consistencia de una telaraña. Una vez que se secan, los filamentos se unen, formando así una hoja de papel delicada y translúcida.

El papel tengujo “es probablemente el modo más delicado de reforzar cualquier cosa”, dice Wang, y se lo encargó a Hiroyoshi Chinzei hace seis años el Archivo Nacional de Japón. El pedido fue simple: un papel que pesara 1,6 gramos el metro cuadrado, más fino y ligero que cualquier otro papel existente. Chinzei y sus colaboradores estuvieron dos años intentándolo, avanzando y retrocediendo a base de prueba y error, que es como se hacen estas cosas –casi todas las cosas–. Ahora se usa para restaurar el papel en los archivos y los museos más importantes del mundo, como la Librería del Congreso, el Louvre, el Museo Británico y la Biblioteca Vaticana.

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