sábado, 23 de mayo de 2020

El país de la marmota, en versión recargada


Por Héctor M. Guyot

A más dos meses de empezada la cuarentena, los días se parecen entre sí de una forma extraña. Como en El día de la marmota, una película de los años 90 protagonizada por el inescrutable Bill Murray y la bella Andie MacDowell, cada mañana despertamos en el mismo lugar, una única jornada de la que no hay escape posible. Quedamos varados en un rutinario guion de puertas adentro que se repite como un loop. 

Las horas de pantalla de los que tenemos la suerte de poder trabajar en casa colonizan el día en el que estamos atrapados, al que regresamos cuando sale el sol con la nostalgia de un verdadero sábado y, más todavía, de ese aleteo en el alma que la proximidad del fin de semana despertaba.

La sensación de extrañeza crece cuando comprobamos que afuera las cosas también se repiten. Estamos asistiendo de nuevo a la vieja y conocida película. Esta no tiene nombre, pero podría titularse igual: "El día de la marmota". Quieren imponer la idea de que se trata de un film distinto, con otro argumento, pero son los protagonistas de siempre haciendo lo mismo de siempre. En todo caso, en versión reloaded. Una de pistoleros con toques de terror.

Todo lo que hay que ver en estos días ya lo hemos visto. Vamos hacia un final cantado, sobre todo si nadie altera el guion que la directora va urdiendo en las sombras y que tan fielmente siguen sus actores, meras prolongaciones de esa mente que, escena a escena, busca en lo que escribe el camino que la lleve al desenlace deseado. Es una guionista con oficio, diestra en el arte de combinar palabras para imponer la sugestión del relato, de mano firme en el manejo de sus actores. Pero apela a giros remanidos, a recursos transitados en cuya eficacia todavía confía. Creadora de mundos ficticios, desde su pedestal subestima y humilla a la platea. A veces parece que se ríe de ella. Y también de sus actores, marionetas de una voluntad ajena que caen en el pecado de la sobreactuación, entre otros.

El elenco trabaja a destajo para avanzar en una línea clave del argumento: la conquista del Poder Judicial. En este nuevo intento cuentan con el terreno ganado en el primero. Aquel asedio dejó soldados propios disfrazados de jueces en los territorios a colonizar. Eso ayuda. Lo ayudó al exvicepresidente (error de casting) Boudou, condenado a prisión por quedarse con Ciccone, que seguirá en su casa porque el fiscal ante Casación decidió no apelar el fallo que le concedió la domiciliaria. Mientras, Zannini, en su papel de procurador del Tesoro, pidió la nulidad de la causa en su contra por el encubrimiento del atentado contra la AMIA, en la que también está procesada su jefa.

Los reos dominan a quienes deben juzgarlos: en la Argentina, la ficción no tiene límites. Por eso se cae el sistema informático en los juicios de corrupción contra la señora y el Presidente avanza con su proyecto de reforma judicial, que terminará con la injerencia del poder político en la Justicia. Aquí el profesor de Derecho imposta la voz en un parlamento de esmerada retórica, pero que exige la complicidad de un país dispuesto a participar en la farsa. Se sabe, la directora es ambiciosa. Aun en medio de las ruinas, quiere una superproducción.

Para dotar de épica a la trama, nada mejor que enfrentar al bien con el mal. Funcionó antes, ¿por qué no habría de hacerlo ahora? Ahí está el Presidente, acusando a la exgobernadora Vidal de no haber atendido la salud de los bonaerenses, que ahora el kirchnerismo vendría a rescatar. Ahí está Gollán, el ministro de Salud de Kicillof, que dice que la ciudad de Buenos Aires irradia el virus. Y Donda, que atribuye la muerte de Ramona Medina, una referente social de la villa 31, a la "gestión clasista" de Rodríguez Larreta. Hay que demonizar al otro, identificándolo con el mal, para poder descargar sobre él las culpas propias y ampliar vía relato el margen de poder. Después, cuando se les señala ese afán por estimular la grieta, ensayan un gesto conciliador y le atribuyen al periodismo la sed de sangre.

También volvió el truco de lanzar una sonda para que la platea se acostumbre a lo inaceptable. La directora maneja los tiempos. La idea de la diputada Vallejos para que el Estado se quede con acciones de las empresas a las que asiste por la pandemia ya está instalada. Sería inconstitucional, al menos para las firmas que aceptaron la ayuda sin esa condición. Pero ya lo vimos: el kirchnerismo siempre quiso cooptar las empresas privadas y no sería la primera vez que tira el anzuelo y luego clava el arpón.

Sabemos, porque ya lo vimos, cómo progresa la trama y dónde termina. Pero hay un nuevo escenario: la pandemia. La directora la aprovecha para alcanzar una hegemonía basada en el miedo y el odio. Acaso esta vez la platea deje la butaca con mayor premura y se atreva a ser protagonista para impedirlo de manera pacífica, mostrando la voluntad de preservar lo que queda. La opinión pública haría bien en llamar a las cosas por su nombre si el país aspira a que esta nueva puesta no se lo lleve puesto.

© La Nación

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