domingo, 5 de abril de 2020

Salud y economía son lo mismo

Por Gustavo González
No existe la dicotomía entre salud y economía. Pero no existe no porque para unos no haya dicotomía posible y sea la salud la prioridad excluyente, o porque otros respondan que hay que enfocarse en la economía, pues de lo contrario las víctimas serían muchas más. La disyuntiva es falsa porque siempre es salud y siempre es economía. Salud y economía son lo mismo.

En esta pandemia, más que nunca, se debe defender la salud, porque una pandemia que mate a demasiadas personas generaría un caos social y económico que terminaría incrementando el número de víctimas fatales.

Y en esta pandemia, más que nunca, se debe defender la economía, porque una depresión sumada a la depresión podría generar un caos social y económico que también terminaría incrementando el número de víctimas fatales.

Sociedad volátil. La única duda es cómo lidiar al mismo tiempo con las consecuencias de las pandemias sanitarias y económicas, para que este virus arroje el menor número de víctimas posible. No darle la misma importancia a la crisis económica que a la crisis sanitaria es tan suicida como lo contrario.

Una cuarentena del ciento por ciento de la población aplanaría la curva de infectados por el coronavirus, pero generaría un pico extremo en la curva de los infectados por la crisis. Y regresar hoy a la normalidad productiva haría explotar la curva de enfermos y, por ende, de muertos, lo que al final también generaría una crisis social, e inevitablemente económica.

El problema es que el devenir del humor social en medio de guerras y pandemias es impredecible. La sociedad argentina, como las del resto del mundo, está en vilo. Hasta ahora demostró madurez y un respeto mayoritario por las normas. También su dirigencia creció de golpe, apareciendo unida detrás de un objetivo en común.

Pero una sociedad en vilo es volátil. Todo es correcto hasta que deja de serlo. Es bajo ese clima que la reapertura de bancos para el cobro de los jubilados se puede convertir en un polvorín de nervios.

La tensión es la de quienes no pueden trabajar, la de los que no recibirán un ingreso o la de aquellos que no pueden pagar sueldos. La tensión es de los especialistas que desde un principio explican que cuanto más prolongada sea la cuarentena, más fácil se saldrá de esta pandemia. Es la de los economistas que piden lo contrario.

Infectólogos o economistas. Si el Presidente dejara que el país fuera gobernado por los infectólogos, probablemente terminaríamos con graves problemas de salud pública. Los infectólogos decretarían una cuarentena total y permanente que lograría una reducción drástica de la curva de contagios. Pero eso incentivaría un caos económico que provocaría lo que trataban de evitar: un colapso social y sanitario.

Si dejara que el país fuera gobernado por los economistas, probablemente terminaríamos con graves problemas económicos. Los economistas postularían la inmediata normalidad del circuito productivo, que lograría un repunte de la economía. Pero eso incentivaría una explosión de los enfermos por coronavirus que también provocaría lo que trataban de evitar: un colapso social y económico.

Los buenos gobiernos no son los liderados por infectólogos o economistas. Son aquellos liderados por estadistas políticos que, además, pueden ser infectólogos, economistas, abogados o metalúrgicos.

Después de hablar con unos y otros, Fernández concluyó que se trataba de elegir priorizar la salud por sobre la economía: “Una economía que cae siempre se levanta; una vida que se acaba no vuelve más”.

Salud económica. El Presidente entiende que solo el virus ocasionará enfermedad y muerte. Cuando dice que “de la economía se vuelve, de las muertes no se vuelve más”, parece creer sinceramente que el estado de coma económico en el que quedó el país no ocasionará muertes. Es cierto que “una economía que cae siempre se levanta”, pero también es cierto que los cracks económicos de la historia de la humanidad han generado hambre, destrucción y muerte.

Quizá esa idea lo haya llevado a ser tan expeditivo en implementar la cuarentena con alto nivel de éxito. Y quizá por eso también su decisión de intervenir en la economía resulta más cauta que la de mandatarios que siempre fueron más ortodoxos en los cuidados fiscales.

Cada día se conocen medidas que profundizan la intervención del Estado, pero a diferencia de la política sanitaria –que corre por delante de los hechos–, la política económica parece correrlos por detrás.

No entender que los bancos son un servicio esencial para la salud económica y sanitaria del país, al mismo nivel que los supermercados y los hospitales, está en línea con creer que una parálisis productiva no generará víctimas. Una vez decretada la inédita cuarentena del servicio bancario, ¿qué tan prolija se esperaba que fuera la reapertura de sus puertas?

Correr. Por ejemplo, correr por delante de la crisis sanitaria fueron las rápidas normas de aislamiento, la compra preventiva de medicamentos y la pronta habilitación de centros de atención médica.

Correr por detrás de la crisis económica fue aceptar que los empleados bancarios se quedaran en sus casas, que los bancos no cumplan con el pedido de otorgar créditos bajo la excusa de que no tienen obligación de hacerlo, y también lo es creer que destinar a esta crisis entre el 1% y el 2 % del PBI será suficiente.

Es cierto que no hay lugar más difícil que el que ocupa este hombre que hasta hace un año solo soñaba con ser embajador en España. Pero hoy, como presidente, Alberto Fernández está donde está y tiene la compleja misión de lidiar con infectólogos, economistas, opositores, oficialistas, empresarios y hasta con este analista político.

Como dice Fernández, todos somos responsables de salir de esta situación de la mejor forma posible, pero solo él será quien corporizará el fracaso o el éxito de la sociedad en esta encrucijada histórica.

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