lunes, 13 de abril de 2020

Nada que decir

Por Guillermo Piro
Paul Auster tiene una cuenta de Facebook. Es oficial, y para garantizarlo no cuenta solo con la tilde blanca sobre un fondo celeste sino que, dado que es un hombre que se vale de la palabra para decir lo que lleva en el corazón, lleva la palabra “Oficial”, así, en mayúscula y entre comillas. Pero su ritmo de posteo es inusual, más bien diría desilusionador para las hordas de fans que quisieran que dijera algo todos los días, algo, un pensamiento célebre, una cita, una recomendación, una queja.

No. Paul Auster interviene eficazmente una vez por año, año y medio. El 17 de octubre de 2017 subió el video promocional de su última novela, 4321, acompañado de una pequeña cita: “La premisa de 4321 es realmente muy simple: me propuse contar la historia de la vida de un joven y luego doy cuatro versiones posibles diferentes de esa vida”. Lo que es, es.

La que sigue es del 18 de febrero de 2018. A raíz de la nominación de 4321 al Booker Prize 2017 (el que terminaría llevándose George Saunders con Lincoln en el Bardo), Auster se presentaba en el Symphony Space de Nueva York.

De ahí se salta al 16 de mayo, para honrar la obra de Liu Xia, la poeta y artista china entonces bajo arresto domiciliario, que en julio de ese año (tal vez gracias a la presión de Auster y muchos otros escritores, artistas e intelectuales del mundo) fue puesta en libertad y hoy vive en Alemania.

Ahora el salto es más grande, pasamos al 10 de junio de 2019 para la presentación de Talking to Strangers, una colección de ensayos y prólogos de Paul Auster. Como se puede apreciar, pasó más de un año, un largo año durante el que Paul Auster no experimentó nunca la pulsión de abrir la página de Facebook y comunicar algo, lo que es garantía de que en ese año no ocurrió absolutamente nada.

Porque la cuenta de Facebook de Paul Auster es indicativa de algo, permítaseme decir, esencial. Tan esencial que encuentro absurdo seguir otra cuenta que no sea la suya. Paul Auster es como el despertador que suena la mañana aquella en que debemos emprender un largo viaje, o que debemos asumir esa responsabilidad que cambiará el rumbo de nuestras vidas, o algo así.

Paul Auster volvió a abrir su cuenta de Facebook el 2 de abril de este año, la semana pasada. Para decir algo sobre el coronavirus, dirán mis pequeños lectores. No, en absoluto, para reenviar un artículo suyo publicado por el sitio Literary Hub acerca de un viaje realizado en 2017 a Ucrania. La crónica se titula Los lobos de Stanislavov, pero el editor agregó una bajada de circunstancia, oportunista: “Una parábola increíblemente verdadera para la era de la pandemia”. Naturalmente la palabra “pandemia” no aparece en el texto de Auster, porque Auster habla de otra cosa.

Hay un hilo invisible que une los hechos del mundo vistos por Auster y Facebook. No lo motiva ninguna decisión política, ninguna pequeña indignación ciudadana; no le importan la recolección de residuos, los autos en doble fila, el maltrato policial, la salud pública. O tal vez le importan, pero no considera que los demás deban saber lo que opina de eso.

Lo que a fin de cuentas viene a hablarnos del papel del intelectual en los tiempos que corren. Tal vez su diario de la peste de 2020 lo publique un día de 2022. Es así como los grandes escritores vuelven grandioso un día cualquiera. Ese día de 2022 va a ser un gran día.

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