sábado, 18 de abril de 2020

La cuarentena sale cara


Por Francisco Olivera

El cordobés Juan Schiaretti lo deslizó en una de las últimas reuniones que, por teleconferencia, los gobernadores vienen teniendo con el Presidente. O su planteo resultaba incómodo o todavía no era el momento, porque no se le prestó atención. ¿Y si se flexibiliza la cuarentena para la industria automotriz?, expuso, y la respuesta que recibió también podría resumirse en una pregunta: ¿y si un empleado asintomático del virus fuera a trabajar y contagiara a toda la fábrica? Difícil contestar si la elección es, como parece hasta ahora, entre la vida y la muerte.

Pero la situación económica mete presión y es el dedo en la llaga de la estrategia sanitaria que a Alberto Fernández le reportó un salto en las encuestas de imagen. No es una trampa propia: en ella están administradores de todo el mundo en cualquier nivel, desde Bolsonaro, Macron, Boris Johnson o Trump hasta Kicillof, Rodríguez Larreta, Fernando Espinoza o Gustavo Menéndez, algunos de los cuales juzgan el dilema de "falso": en todo caso, argumentan, una explosión de contagios duplicará en dos semanas el presupuesto en salud, hará colapsar los hospitales y también las cuentas fiscales. Sus decisiones al respecto no pueden tampoco desoír realidades inherentes al liderazgo que van de la responsabilidad al interés partidario. ¿Qué resultará, por ejemplo, más piantavotos o incendiario para un intendente: no tener camas de terapia intensiva mientras se saturan las guardias o soportar una recesión sin precedente en la historia que, en todo caso, podrá atribuir a la administración central?

La dificultad reside en que no están todos los elementos sobre la mesa porque los costos de la cuarentena son por ahora incalculables. Los de abrirla y los de mantenerla cerrada. Algo de esto se discutió esta semana en una reunión que tuvieron representantes de la Uocra y la Cámara de la Construcción con el Presidente y sus ministros Ginés González García y Gabriel Katopodis. La respuesta que se llevaron no difirió, de todos modos, de encuentros anteriores: la prioridad sigue siendo la salud.

El Covid-19 sorprendió a la Argentina en una crisis preexistente. Sus estropicios excederán los resultados de la negociación que el ministro Martín Guzmán inició ayer para evitar el default y que, si sale mal, agravaría en todo caso el cuadro: independientemente de que los acreedores acepten o no la propuesta, la Argentina estará fuera del mercado significativo de deuda por varios años. "Nadie le va a prestar plata hasta que no ordene la situación fiscal que le va a dejar la pandemia", dijo un operador financiero al tanto de las conversaciones entre el Gobierno y los tenedores de bonos.

Y aunque es cierto que la cuarentena salva vidas, también resulta letal para la actividad. No en el mediano plazo, sino ahora, para los salarios de la segunda quincena de abril, que es el modo en que se paga en ciertas fábricas. Antonio Caló, líder de la UOM, acaba de acordar 70% del salario para aquellos trabajadores cuyas empresas estén paradas, pero ya hay empresarios que plantean que será difícil sobrevivir en estas condiciones. "La industria de la alimentación, una de las pocas que trabajan, tiene 20% de ausentismo. ¿Sabe lo que significa eso en términos de costos? ¿Y si prueban bajando impuestos?", se quejó ante este diario un proveedor de la industria automotriz. El reclamo excede el perfil del hombre de negocios millonario: abarca desde dueños de pymes hasta autónomos cuyos ingresos bajaron a cero. Luis Barrionuevo, líder de los gastronómicos, les transmitió el malestar a diputados de Juntos por el Cambio: bares y restaurantes siguen cerrados.

La encrucijada no es argentina ni excluye sectores. Según estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo, el 81% de la fuerza laboral de todo el planeta está parcial o totalmente inactiva. Son casi 3000 millones de personas. Pero, como graficó esta semana Kristalina Georgieva, jefa del FMI, la pandemia afectará más a países con "comorbilidades". La proyección del organismo, en general propenso a la moderación en los pronósticos, es que el país caería este año 5,7% y que América Latina habrá tenido entre 2015 y 2025 su "década perdida". Una maldición de este tipo siempre resultará más nociva si se la recibe con alta inflación, sin crédito ni fondos anticíclicos ni moneda como reserva de valor. ¿Quién se hará cargo aquí de pagar el costo de paliativos que las potencias han decidido trasladar, vía endeudamiento, a las próximas generaciones? Los incentivos norteamericanos a empresas y contribuyentes equivalen al valor de seis PBI argentinos y es probable que el paquete se extienda. Pero la Argentina no solo no puede emitir deuda en su propia moneda, como Estados Unidos, sino que está al borde del default. Y a sus perturbaciones sanitarias les agrega ahora una sociológica: hasta cuándo su sociedad aguantará una cuarentena para resguardarse de un virus que, según las propias autoridades, no afecta mayoritariamente a la clase activa. "Yo entiendo que es un riesgo, la vida es un riesgo, pero hay que empezar a abrir la economía -dijo el miércoles en CNN Radio el banquero Jorge Brito-. Si no hacemos eso, los costos que va a haber en el futuro van a ser muy grandes". El argumento, políticamente incorrecto hace dos semanas, cunde ahora en el establishment y empieza a ser atendido por parte de la dirigencia política. Desde pasado mañana, la Ciudad de Buenos Aires se propone limitar la circulación a los mayores de 70 años y en esa administración afirman tener, por sector, un informe detallado de cómo se debería salir del aislamiento.

Pero los problemas de Rodríguez Larreta divergen sustancialmente de los de Alberto Fernández. El mayor riesgo político del líder porteño sigue siendo la disponibilidad de camas, que está obligado a multiplicar porque casi la mitad de esos pacientes viene del conurbano. Es un desvelo que comparte con los intendentes e, ironías epidemiológicas, con el Instituto Patria: Cristina Kirchner en persona escucha últimamente las penurias y previsiones de los jefes comunales de su espacio. En su caso, al interés sanitario le suma uno estratégico: hasta el Covid-19, el proyecto del kirchnerismo era Kicillof 2023. "Ella audita, pero con buena leche", definieron en un municipio más afín a Alberto Fernández que a la expresidenta.

El conurbano integra, con el Gran Córdoba y el Gran Rosario, el triduo de temores del Gobierno. Esta semana, en una reunión con Jorge Macri, de Vicente López, y Juan Horacio Zabaleta, de Hurlingham, el jefe del Estado insistió en lo que ya venía a prometiéndole al resto: los recursos van a estar. Que esos fondos salgan de los impuestos o de la emisión no es indiferente al futuro ni ajeno a la salida de la cuarentena. Cualquier decisión al respecto, en el sentido que fuere, le insumirá desgaste. Es entendible que no quiera excluir, como dijo, de ese consenso a los gobernadores: son pasos demasiado drásticos para tomarlos en soledad.

© La Nación

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