viernes, 17 de abril de 2020

Alberto Fernández y el país, contagiados de riesgos y de oportunidades


Por Sergio Suppo

¿Alberto Fernández será el presidente de los consensos? ¿La apuesta a distanciarse de Cristina Kirchner se licuará a medida que se consolide su presidencia? ¿La crisis global será más una ayuda que un perjuicio extra para el desastre de la economía nacional y, en particular, de su endeudamiento? ¿La dimensión del desastre incluirá la comprensión de un acuerdo político y económico para la reconstrucción? ¿La revolución digital llegó para consolidarse en empresas privadas y dependencias públicas? ¿La precariedad del sistema de salud abrirá un cauce para su reforma?

Todas o algunas de esas preguntas pueden ser respondidas con legítimo pesimismo. La crisis del coronavirus reparte desgracias, pero también podría esconder oportunidades. Las expectativas acumuladas en esos y otros muchos interrogantes posibles no son utópicos.

La pandemia deformó la realidad sin que hasta ahora se pueda precisar la dimensión de la transformación. Ocurre en la Argentina como en el resto del mundo. Es uno de esos raros momentos en los que los datos duros y la materia indestructible se vuelven maleables y tornan viable una reconfiguración. La situación es tan crítica que cambiarla es un imperativo. Es entonces cuando lo que parece imposible tiene una posibilidad.

Fernández tiene la oportunidad de convertir acuerdos operativos y de circunstancia en pactos de convivencia política permanente. Otro camino es subirse a caballo de una falsa victoria (si llega a ocurrir que no se produzca un estallido de casos de coronavirus) y profundizar la grieta simplificando la realidad, al estilo de "porque es un gobierno para los pobres se les cobran impuestos a los ricos".

En manos del Presidente también está encontrarle la salida de la cuarentena al país productivo. Una cosa sería un acuerdo de esfuerzos compartidos con el sector privado, con un Estado que luego de la tormenta gaste mejor, lo que para estos tiempos no quiere decir que gaste menos. Y, otra distinta, sería acentuar el discurso que demoniza a las empresas y prescinde de las leyes económicas. Vale lo mismo para la negociación con los acreedores. Una cosa es surfear la ola de las soluciones globales a la salida de la pandemia y otra es exponerse a otro golpe financiero que acentúe el aislamiento.

Al margen de esas grandes encrucijadas, la pandemia también ofrece oportunidades en otros ámbitos. En las formas de trabajo, por ejemplo, el encierro obligó a avanzar en nuevas formas de hacer que ya tienen desarrollo y sustento en muchos países. Podría ocurrir, en cambio, que se archive la experiencia sin valorar los recursos incorporados en la emergencia.

La Argentina ve llegar la pandemia mientras remienda su sistema de salud, que todavía no se sabe si resistirá el golpe. Lo que sí se conoce es que seguir tal como está es inviable: muchísimos millones y escasos y muy desiguales resultados. Cambiar u olvidar vuelve a ser la opción.

No todo es destino. Y mucho menos cuando el destino obliga a ser cambiado.

© La Nación

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