miércoles, 18 de marzo de 2020

Coronavirus: el impacto político, social y cultural no será negativo

Por Pablo Mendelevich
De repente, con la pandemia del coronavirus quedaron obsoletas hasta las metáforas, o invirtieron su sentido. Viralizar, voz que quiso hacer virtuosa para las comunicaciones la velocidad de propagación de los virus y que la Real Academia bendijo hace apenas un año, hoy representa para la Humanidad entera la peor perspectiva. Ya no referida, claro, a mensajes virtuales sino a la etimología cruda del término.

Cuando se hablaba de que la mujer era "invisibilizada" -pretendido fundamento, entre otras cosas, de las intervenciones del castellano- no se quería decir que la ponderada mujer fuera invisible sino que al haber sido soslayada por siglos lo parecía. Pero el llamado Covid-19 (co por corona, vi por virus, de por disease -enfermedad- y 19 porque quedó anotado el último día del año pasado) es invisible de verdad. No se le dice enemigo invisible como recurso metafórico, tampoco se trata de una opinión. Esa es su vileza más concreta.

En esta inquietante disrupción planetaria que estamos viviendo, acaso la más grande de los tiempos modernos (versión amarga de aquella frase atribuida a John Lennon: "La vida es eso que sucede mientras hacés otros planes"), los cambios son diarios y sustanciales. Lo verifica cada cual en su rutina. Y lo testimonia, como siempre, el lenguaje colectivo.

La resignificación positiva de algunas expresiones (deportar extranjeros, aislamiento, quedarse en casa, "lavarse las manos"), el soslayo de otras (inclusión, protesta, grieta), todo habla de un vendaval que, como mínimo, desdibuja hábitos ideológicos, inaugura otros miedos, pulveriza derroteros nacionales, derriba las certezas de la vida cotidiana. Para Alberto Fernández, quien todavía no hace cien días que asumió el gobierno con la promesa de resolver la crisis del país y que se encontró con un desafío mundial desmesurado sin solución a la vista, la idea originaria de la solidaridad también se resignificó, por motivos, podría decirse, técnico epidemiológicos. Hasta ayer la solidaridad era un vector del poder: ley de solidaridad se llamó a la "emergencia económica, financiera, fiscal, administrativa, previsional, tarifaria, energética, sanitaria y social" dictada antes de Navidad por el Congreso que incluyó la delegación de poderes al Ejecutivo. Hoy ser solidario ya no supone una discutible versión del reparto de los costos de la crisis entre los jubilados del medio y los de la mínima sino una exigencia moral estratégica para luchar contra el coronavirus. Son los epidemiólogos, también los más calificados expertos internacionales, los que apuestan al comportamiento solidario como recurso principal para mitigar la pandemia. Para que no colapsen los sistemas de salud dicen que es imperioso "amesetar" (otrora mala palabra en boca de economistas) la curva del contagio, el objetivo que con encomiable racionalidad hizo suyo el gobierno argentino.

Un Fernández aplomado, que pareció hallar el tono justo para liderar el comienzo de la emergencia, se distinguió el domingo por gestos que si no dan plenas garantías sobre adónde vamos, recuerdan de dónde venimos. El Presidente, conciso, explicó la situación con tranquilidad, no hizo una sola referencia facciosa, fue firme cuando tuvo que serlo y les respondió a los periodistas de manera correcta (incluso ante preguntas no tan certeras, que siempre las hay). Sin embargo, lo más comentado por los analistas fue que se hizo escoltar en la mesa por Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof, lo cual fue leído en clave partidista y no en clave institucional, pese a que se trata de las autoridades de los dos distritos principales del país, los más comprometidos, por su concentración poblacional, en el problema de la circulación que se estaba tratando.

Precisamente para los ciudadanos de a pie las categorías políticas que fatigaron la vida de los argentinos parecen ceder espacio ahora a fragilidades propias de la condición humana, esas que las pestes reflotan, según se vio ya desde la plaga que contó Tucídides en su Historia de la Guerra del Peloponeso, hace casi 25 siglos. Por el momento sólo se trata de moderadas adaptaciones contemporáneas: infectados que no acatan la orden de enclaustrarse, algún energúmeno que la emprende a golpes contra quien le dice que no debería salir o, más masivamente, consumidores voraces que vacían las góndolas con predilección por productos como el papel higiénico, vaya metáfora. Nada, por otra parte, que no esté ocurriendo a la misma hora en supermercados de España, Israel o Brasil.

Hay dos grandes preguntas, quizás, para la fase que sigue e infinitas para después. La primera pregunta se refiere al liderazgo, al acierto del Presidente de encontrarle el tono, no ya a una conferencia de prensa sino al equilibrio entre autoridad y contención, en una sociedad más acostumbrada a la anomia que a la severidad. Hay países, como Perú, que se encuentran en estado de emergencia, a un paso del estado de sitio. Una figura que en la Argentina tiene justificada mala prensa.

La segunda pregunta, en consonancia, alude al acatamiento colectivo de las medidas de excepción, esencialmente el enclaustramiento, y el problema de la eficacia de las compensaciones para paliar el desigual impacto sobre los hogares en una economía con más de un tercio de informalidad.

Ya se sabe que los costos de la pandemia serán altos en el mundo y muy altos en la Argentina. Empieza a notarse que además habrá cambios políticos, sociales y culturales. Y que esos cambios, a diferencia de los de la castigada economía, no necesariamente serán negativos.

© La Nación

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