sábado, 28 de marzo de 2020

Cabalgando un rayo de oro

Por Manuel Vicent
Se llamaba Guido, hijo de Piero, nació cerca del castillo de Vicchio, en el alto valle del Mugello, próximo de Florencia, alrededor de 1400. A los 18 años tomó los hábitos de la Orden de Santo Domingo con el nombre de Giovani da Fiésole. Los románticos del siglo XIX lo consideraron un pintor místico, siempre absorto en visiones inefables, lleno de amor y de sabiduría. Debido a eso fue merecedor del nombre de Fra Angélico. Murió con 55 años.

Recuerdo el vahído estendhaliano que, en mi primer viaje a Florencia, me produjo la visita al convento de San Marco. En el refectorio menor está el fresco de la Última Cena de Ghirlandaio. Sobre un mantel blanco, entre vasos de vino, panecillos y cuencos de cerámica, hay diseminadas gran cantidad de cerezas, que le dan un aire de primavera al ágape. El Maestro tiene a los discípulos alineados, a derecha e izquierda, detrás de la mesa, con el bello Juan dormido en su regazo, a quien parece estar acariciando con mano dulce los rizos de oro. Sólo Judas se halla sentado enfrente del Maestro dispuesto a mojar el pan en el mismo plato para solventar sus diferencias. Detrás de Judas hay un gato en el suelo mirando hacia el espectador. ¿Qué hace un gato en esta Última Cena de Ghirlandaio? Tal vez espera que algún comensal le eche siquiera una miga de pan, que en este caso sería ya el cuerpo de Dios. No es el único enigma. En esta pintura de Ghirlandaio resulta evidente que el tercer discípulo contando por la derecha es una mujer tocada con un manto rojo, lo mismo que Juan es también una figura ambigua envuelta en delicados tonos azules.

Pero en aquella visita sentí aun más emoción al entrar en la pequeña y austera celda, que ocupó Fra Angélico en la primera planta del convento durante el tiempo en que por encargo de Cosme de Médicis tuvo que decorar con frescos de escenas bíblicas los aposentos de los frailes. La celda de Fra Angélico estaba cerca de la que, años después, ocuparía Savonarola, el impulsor de la hoguera de las vanidades, el azote de vicios ajenos, el que gozaba del refinado placer de amenazar a los poderosos con el castigo eterno, hasta que el papa Alejandro VI le dio a probar su propia medicina. Lo prendió, lo condenó a garrote vil y después arrojó los despojos a la hoguera.

La última vez que estuve en el Museo del Prado hube de abrirme paso entre cogotes hasta llegar al cuadro de La Anunciación, de Fra Angélico, en el que, después de una restauración minuciosa, ha aparecido el milagro de todas las luces puntillistas de oro miniado. Ahora el Prado está cerrado a causa de la peste. Toda la belleza se halla envuelta en ese silencio que existe a veces entre dos acordes en una pieza musical. Puede que desde alguna ventana penetre en el interior del museo un rayo de sol como el que atraviesa el pórtico de La Anunciación de Fra Angélico ante la visita del ángel.

El cuadro, de 194x194 cm, sobre tabla fue pintado al temple y pan de oro en 1426 para la iglesia del convento de santo Domingo de Fiésole. Los frailes lo vendieron a Mario Farnese en 1611 para reparar el campanario. Después este príncipe lo regaló al duque de Lerma, valido de Felipe III, y fue depositado en la iglesia de los dominicos de Valladolid, panteón de la Casa de Lerma y a raíz de la caída en desgracia del valido, el cuadro pasó al convento de las Descalzas Reales de Madrid donde permaneció hasta mediados del siglo XIX. Allí en el claustro alto lo descubrió el pintor Federico de Madrazo, director del Prado, quien consiguió que la priora del convento transigiera en cederlo al museo el 16 de julio de 1861. Las monjas algunas veces lo han reclamado y han conseguido tenerlo en su capilla para rezar ante la Virgen y no parece que sea mayor el fervor de sus rezos que el amor que las monjas ponen en cultivar los frutos y verduras de su huerta, dignas de aparecer en el jardín del cuadro.

El haz de luz que desde la altura atraviesa el pórtico hasta iluminar el regazo de la Virgen está compuesto por innumerables filamentos realizados con microscópicos puntos de oro por donde se desliza la paloma del Espíritu Santo. De hecho, Fra Angélico se adelantó a Max Planck a la hora de descomponer la luz en fotones. Puntos en lugar de pinceladas, así fue el puntillismo del neoimpresionista George Seurat en 1884, una conquista que siglos antes había alcanzado Fra Angélico con amor y sabiduría e infinita paciencia. Cuando esta Anunciación se reveló, Florencia no se había repuesto todavía de la peste negra que trajeron las pulgas de las ratas por la ruta de la seda. Pienso que lo primero que voy a hacer cuando se levante la peste será volver al Prado para contemplar de nuevo ese rayo de oro de Fra Angélico como una forma de quedar totalmente purificado y demostrarme a mi mismo que sigo estando vivo.

© El País (España)

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