martes, 25 de febrero de 2020

Obsolescencia programada de las mentiras

Por Carmen Posadas
Se habla mucho de cómo las noticias falsas han distorsionado nuestra percepción de la realidad, sobre todo porque, paradójicamente, la superabundancia de información acaba propiciando una gran desinformación. Antes, los mentirosos tenían que andarse con cuidado porque, si los desenmascaraban, solían perder todo crédito. Ahora sólo necesitan ponerse de perfil, hacer como que la cosa no va con ellos, aguantar el chorreo una semana, a lo sumo, y después ya nadie se acuerda.

La mentira tiene fecha de caducidad y la memoria colectiva es tan corta que todo pasa y nada queda, ni siquiera las tropelías más grandes. En este curioso fenómeno de la caducidad de las mentiras, los políticos han encontrado un filón y el primero en darse cuenta de su utilidad fue, cómo no, Donald Trump. Sólo en los seis meses iniciales de su mandato The Washington Post llegó a contabilizar una media de 4,6 trolas por día.

A partir de entonces, se ha esmerado en perfeccionar su técnica y aquí está, cuatro años y un sinfín de embustes más tarde, a punto de ganar de nuevo las elecciones tras haber sobrevivido (bochornosamente) a un impeachment. «Yo podría pararme en la Quinta Avenida, disparar a gente, y no perdería votantes», alardeó una vez, y debe de ser una de las pocas verdades que ha dicho. Porque Trump será todo lo que ustedes quieran salvo tonto, de modo que se ha dado cuenta de un segundo y también muy útil fenómeno: que esa curiosa amnesia colectiva que nos afecta a todos permite encadenar trolas y/o tropelías de modo que la nueva tapa y anula la anterior.

Un gran virtuoso de este método es también Pedro Sánchez. Yo calculo que los rudimentos de su maestría los aprendió con el enojoso asunto de su plagiada tesis doctoral. Si recordamos (y cuesta hacerlo porque, con tantas bolas superpuestas, aquello parece que ocurrió en el Pleistoceno), a las pocas semanas de llegar por primera vez a la Moncloa le estallaron dos escándalos. Los problemas de Màxim Huerta con Hacienda y las irregularidades del máster de la ministra de Sanidad. Fiel a su (entonces) manera ultraética de ver la política, hizo que ambos dimitieran de inmediato. ¡Integridad ante todo!, ¡tolerancia cero!; en fin, ustedes ya saben. Sin embargo, poco después llegó a saberse que él también había cometido ‘irregularidades’ en su tesis y, como vena de mártir no tiene, decidió utilizar el método Trump de ‘firme el tupé y aquí no pasa nada’, aguantar el chaparrón y esperar a que escampe. Y funcionó. Descubrió entonces que una mancha tapa otra, y a partir de ahí nos ha deleitado con toda una serie de perlas que nuestras mentes amnésicas apenas recuerdan: proclamar que no pactaría con podemitas ni con independentistas y hacerlo; decir que promulgaría una ley para prohibir los referendos y desdecirse sin que se le mueva un músculo mientras se dispone a rebajar las penas de los condenados del procés; nombrar fiscal general a quien antes fue ministra de Justicia, y no sé cuántas cosas más que juró no hacer y que ahora no recuerdo porque mi memoria es igual de flaca y anoréxica que la de ustedes.

Suele decirse que cada pueblo tiene los gobernantes que se merece, y llevo unos días cavilando por qué se cumple este axioma y se me ha ocurrido lo siguiente. Si los mandatarios actuales llegan a extremos de cinismo y de arbitrariedad a los que antes jamás se hubieran atrevido es porque la sociedad se lo permite. Está en la naturaleza humana. Todos llevamos nuestros egoísmos, intereses personales e infamias hasta un límite que creemos que nos será admitido. Pero si todo se olvida, si por sobredosis de información y de noticias falsas resulta que los embustes tienen fecha de caducidad y una transgresión tapa otra, la sociedad se encuentra expuesta a una nueva y muy perversa forma de tiranía: la de gobernantes que han descubierto no sólo la obsolescencia programada de sus mentiras, sino también las enormes ventajas de nuestra amnesia colectiva. Por eso, los mentirosos están de enhorabuena. Sólo necesitan sentarse a la puerta de su casa y ver pasar el cadáver de la inmensa trola que nos contaron la víspera.

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