domingo, 23 de febrero de 2020

1° de marzo: Alberto debería invitar a Macri

Por Gustavo González
No sé qué les pasó a ustedes, pero la lectura del reportaje a Carlos Leyba la semana pasada en Perfil me resultó dolorosa.

Leyba es uno de los economistas más respetados del país, un heterodoxo racional, el único heredero vivo del recordado Plan Gelbard que Perón aplicó con cierto éxito en los 70, en el marco de un acuerdo económico y social.

En la entrevista, Leyba hiló junto a Fontevecchia una triste radiografía informada de la decadencia de los últimos 45 años.

Informe de un fracaso. Hace 45 años había 800 mil pobres. Hoy son 16 millones. Se pasó del 5% de pobreza a más del 30%. Hasta hace 45 años, el PBI crecía como el de Australia. Hace 45 años, el peso del Estado representaba el 20% del producto bruto, incluyendo el costo de las empresas nacionales de ferrocarriles, petróleo, gas, obras públicas y acero (escuelas y universidades privadas eran una excepción). Hoy, sin aquellas empresas públicas y con una salud y una educación parcialmente privadas, el Estado representa el 42%.

Leyba lo sintetizó así: “No existe ningún país en las condiciones de la Argentina, con 45 años de continua decadencia”.

A todos los errores que se puedan haber cometido, él le suma uno más: la grieta.

Está convencido de que parte de esa decadencia es la falta de acuerdos sociales y lo que significan, hacia fuera y dentro del país, mensajes políticos de destrucción del adversario: “Se necesita dar señales de largo plazo. Eso es lo que mira un inversor. No se puede apostar a la perdurabilidad de un gobierno que tiene enfrente a alguien que está en contra y que piensa hacer lo contrario”.

Se podría decir que Leyba no dice algo distinto a lo que opinan tantos y a lo que se suele plantear en Perfil, pero su tono mesurado e informativo impacta como la confirmación de un hecho consumado llamado “Fracaso argentino”.

Antimuros. La grieta fue la estrategia de kirchneristas y macristas para construirse como sujetos históricos frente a un otro aterrador a quien destruir.

Exagerar las naturales diferencias socioeconómicas para aprovecharse políticamente de ellas es natural en sistemas absolutos: la lucha de clases del marxismo o el enfrentamiento religioso en los regímenes teocráticos.

El peronismo es una divisoria de aguas en la política nacional, pero su bonapartismo postula una alianza de clases de la mano de un líder magnánimo. Tampoco el liberalismo pretende una exacerbación del conflicto. En todo caso, el conflicto es una consecuencia que se intenta disimular a través del “derrame” capitalista.

Pero la confrontación entre Cristina Kirchner y Mauricio Macri se llevó consigo cualquier intento de pacto social.

Ella construyó a un candidato supuestamente débil, conceptual y políticamente, como la encarnación del Mal.

El ganó y gobernó aceptando esa confrontación, replicando con su antecesora una demonización similar a la que ella tuvo con él.

Alberto Fernández fue parte de uno de los lados de la grieta, pero durante la campaña y aun en su discurso de asunción propuso otra cosa: “Tenemos que superar el muro del rencor y del odio… superar los muros significa que seamos capaces de convivir en la diferencia... No cuenten conmigo para seguir transitando el camino del desencuentro, quiero ser el presidente capaz de descubrir la mejor faceta de quien piensa distinto a mí y quiero ser el primero en convivir con él”.

Como para escenificar sus dichos, durante aquella asunción acompañó a Gabriela Michetti en su silla de ruedas y después saludó a Macri con una sonrisa y un abrazo.

El próximo domingo Alberto Fernández volverá a ir al Congreso para abrir el período de sesiones ordinarias. Por protocolo, todos los ex presidentes están invitados al acto, Macri entre ellos. Pero nadie espera que Macri vaya. Y Macri no va a ir porque sabe que nadie espera que vaya.

Magnánimo. El Presidente tiene la oportunidad histórica de ser magnánimo. El término se usa como sinónimo de benevolencia o humilde generosidad, pero es una confusión. La magnanimidad es una expresión extrema de poder. El rey magnánimo es quien, desde un lugar superior, se muestra contemplativo frente a sus súbditos, y desde ese lugar imparte tolerancia y bondad.

Solo es magnánimo quien posee el poder para serlo. Porque magnánimo no es quien quiere, sino quien puede.

El Presidente tiene la oportunidad histórica de demostrar la dimensión de su poder invitando personalmente a su antecesor a participar del acto del 1° de marzo. Lo mismo que debería hacer con los otros ex presidentes democráticos vivos. Una foto de convivencia habitual en otros países, pero tristemente atípica acá.

En un sistema democrático, los ex mandatarios no importan por sí mismos, importan por lo que ellos representaron para millones de personas, llámense Cristina, Macri o quien fuera. Ignorarlos o tratarlos como enemigos es ignorar o tratar como enemigos a quienes se sintieron reflejados en ellos.

Para Alberto Fernández sería la escenificación de un poder tan grande como para destruir los muros de los que habló al asumir. Con esos muros en pie, no habrá futuro posible ni aunque el FMI y los bonistas nos ayuden de verdad.

La invitación. El ex presidente Duhalde es uno de los invitados formales al acto en el Congreso. Suele ir a todos, pero esta vez no podrá porque estará en España, a donde irá para profundizar en su proyecto de vender alimentos a granel.

Duhalde piensa que Macri, como ex presidente como él, también habrá sido invitado, pero no cree que Alberto Fernández lo haya invitado personalmente.

“Vivir en este Club de la Pelea es espantoso –dice el ex presidente–, este espectáculo de votar a alguien que se pelea con el anterior y de repetir esa historia todo el tiempo. No hay un país que viva de esta forma, siempre pensando más en el pasado que en el presente y el futuro. Hay que salir de esta trampa”.

Es cierto que intenta dar el ejemplo en ese sentido: pese a los enfrentamientos políticos que tuvo en su momento con los presidentes Menem, De la Rúa y Cristina, con todos ellos luego supo reconstruir relaciones institucionales.

Ahora dice que, antes de irse a España, hablará con Alberto sobre la necesidad de invitar a todos los ex presidentes al acto en el Congreso. A todos, pero en especial al último, quien corporiza uno de los lados de la grieta.

Ojalá el Presidente lo escuche. Ojalá Macri vaya. Ojalá.

Sería un gesto de poder, pero sobre todo sería un gesto de madurez. Y un simbólico intento de inflexión tras 45 años de fracaso.

© Perfil.com

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