domingo, 15 de diciembre de 2019

Tierras arrasadas

Por Gustavo González
El nombre de la película que acaba de estrenar el flamante ministro de Cultura resume la idea con que el kirchnerismo describe la situación en la que Macri dejó a la Argentina. Tierra arrasada es el país de la crisis, con 40% de pobreza y 50% de inflación, entre otros males.

La película de Tristán Bauer no pretende ser sutil: en síntesis, todo lo que hizo el gobierno anterior estuvo mal y todo lo del kirchnerismo fue genial. Macri no fue inepto, equivocado o haragán. Fue una persona diabólica cuyo único fin fue beneficiarse y beneficiar a los suyos.

Cristina y Néstor, en cambio, fueron dos líderes que entregaron su vida por el pueblo.

No se sabe si la película tendrá el éxito de los films pochocleros de Hollywood, del mismo estilo simple de héroes y villanos, de relato en blanco y negro (aunque sea en color).

En la Argentina, es la forma natural de construcción política: los que vienen defenestran a los que se van para demostrar que, a pesar de las tierras arrasadas recibidas, ellos harán las cosas bien.

Como todos tienen algo de razón, el relato suena verosímil.

Metamensajes. La mención a la “pesada herencia recibida” es recurrente en los discursos de asunción de los presidentes.

Lo hizo Néstor al describir el país de los últimos cincuenta años y la destrucción de 2001. Lo hizo Cristina en 2007 y 2011, al recordar 2003. Y lo hizo Macri, en menor medida. De todos, fue el presidente que menos habló del pasado en su discurso. También el que menos habló: 30 minutos.

Fue una estrategia que le valió el disgusto de una porción de su electorado, que le exigía exponer las desgracias recibidas y meter presa a Cristina. Macri mantuvo cierto equilibrio antigrieta hasta que un año después necesitó responsabilizar al pasado por sus errores. A partir de ahí se profundizó el proceso de demonización de los líderes K: corruptos cuyo único objetivo fue llenarse los bolsillos.

El discurso de Alberto Fernández (duró una hora, el más extenso de los últimos cuatro mandatarios) también describió la pesada herencia. Aunque hubo un esfuerzo por ser descriptivo, sin adjetivar demasiado sobre lo que las cifras ya mostraban. En línea con sus abrazos a quien acababa de suceder y en contraste con los desplantes de Cristina.

El acto de asunción fue en sí mismo un metamensaje del nuevo poder. El Presidente aplaudiendo al ex presidente y rechazando con la cabeza cuando la tribuna lo silbaba. Y la vicepresidenta escenificando de todas las formas que pudo su rechazo a Macri.

La dirección conceptual de la transmisión televisiva se le atribuye a Bauer. También fue muy significativa.

En 2015 no se pudo ver el traspaso del bastón presidencial de Cristina a Macri por una disputa absurda entre ambos. Lo curioso es que ahora pasó lo mismo: cuando Macri se disponía a entregarle el bastón a Alberto, la cámara oficial de la transmisión dejó de tomar ese trascendental momento para enfocar hacia las bancas (ver fotos). Fueron los segundos necesarios para que, al regresar el foco al estrado, se viera que el nuevo presidente ya tenía en sus manos el bastón de mando.

Hiperpolíglota. Fernández camina por un delicado equilibrio. Su campaña se centró en la tierra arrasada del macrismo, pero a su vez se declaró partidario de cerrar la grieta de la que Macri y Cristina son los principales exponentes.

También para él hablar del pasado es arriesgado. Porque sigue siendo la estrategia habitual para justificar las dificultades que vienen, pero lo obliga a no profundizar tanto. Salvo que asuma el relato de Bauer de que todos los males comenzaron con Macri. No parece ser así

Al hablar de la Justicia, dijo: “Nunca más a una Justicia contaminada por servicios de inteligencia, operadores judiciales, procedimientos oscuros y linchamientos mediáticos”.

Cristina a su lado y el peronismo aplaudieron suponiendo que era una crítica más a Macri. ¿Lo era, o también era una descripción de lo que el kirchnerismo hizo con la Justicia? ¿Al finalizar diciendo “cuando digo nunca más es nunca más”, seguía siendo una crítica a Macri o también era una advertencia a muchos de los que lo estaban aplaudiendo?

La misma duda podría subsistir cuando habló del uso de los fondos reservados de los servicios de inteligencia al llamarlos “sótanos de la democracia”.

Gustavo Beliz tiene el derecho de creer que esa lúcida metáfora incluía a los Stiuso que lo persiguieron cuando Néstor gobernaba y por los que debió irse. En cambio, quienes volvieron a aplaudir junto a Cristina entendieron que era otra crítica al macrismo. Sería raro: el mismo Alberto denunció en 2009 que los servicios lo espiaban.

En cualquier caso, el Presidente aprovecha su capacidad de hiperpolíglota para que cada uno entienda lo que quiera entender. Por eso todas las bancadas aplaudieron cuando instó a respetar la libertad de expresión y a no discriminar con el reparto de la publicidad oficial. Incluso aplaudieron los que cuando gobernaron se dedicaron a perseguir y discriminar.

Y siguieron aplaudiendo todos cuando habló de la obligación estatal de transparentar la obra pública.

Sí, Alberto está compelido a lidiar con el pasado de la forma menos precisa posible.

Gramsciana. No es casual que Cristina Kirchner haya privilegiado el área de cultura para la designación de Bauer como ministro.

Ella es gramsciana, en el sentido de que entiende que la lucha de los próximos años será por imponer una nueva hegemonía cultural. No solo se trata de construir un relato de época que exalte sus viejos éxitos y la ubique en el lugar que cree merecer en la historia. Se trata de crear una nueva corrección política que sirva de contexto para regenerar el poder político que tuvo durante más de una década.

Sin ese triunfo cultural le será más duro tener éxito judicial y político.

Cabe recordar que Bauer tuvo a cargo el aparato comunicacional del Estado cuando en la TV Pública reinaba 6,7,8. Sabe de qué se trata.

El relato que viene intentando construir Alberto no parece ser el mismo del director y de la heroína de Tierra arrasada. Tampoco, claro, el de Macri.

El día que asumió, con Cristina a su lado, repitió una y otra vez que la Argentina debía “superar los muros del rencor y del odio”, “ser capaces de convivir en las diferencias” y respetar al que piensa distinto.

Es música para los oídos de quienes venimos escribiendo desde hace años en esa dirección. Hasta la imagen del muro es la que usó Jorge Fontevecchia en sus columnas en este diario. La última fue en la del 9 de noviembre al cumplirse treinta años de la caída del Muro de Berlín. Y la repitió en su discurso del 2 de diciembre en el Teatro Colón, al celebrarse los treinta años de la revista Noticias.

Tras escucharlo el día de la asunción, en plena transmisión de Radio Perfil, al fundador de este diario se le ocurrió proponer al aire la donación al Estado de uno de los bloques del Muro de Berlín que posee la editorial y se exponen en el Edificio Perfil. Como símbolo de la antigrieta y como compromiso de que, al menos en ese punto, entre el dicho y los hechos no haya ningún trecho.

La duda existencial es cuál relato triunfará. Si lo que viene será de verdad la caída de los muros que dividen al país. Una respuesta social superadora en la que el nuevo presidente sea la corporización de un nuevo clima que represente la antigrieta.

O si solo se trata de aggiornar el relato para, simplemente, pintar los muros de otro color.

© Perfil.com

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