miércoles, 18 de diciembre de 2019

La grieta que nos dejó Mauricio Macri

Por Pablo Mendelevich
Alberto Fernández ya es el presidente de la unidad de los argentinos. Al menos así lo cree la locutora oficial Natalia Paratore, más conocida como la locutora militante por su devoción cristinista, de un estilo probablemente similar al del maestro de ceremonias norcoreano que trabaja de anunciar en Pyongyang la llegada a los actos oficiales de King Jon-un.

Los kirchneristas, sin embargo, descubren en esta locutora, además del simpático desparpajo, una refinada creatividad, aunque otros ponen en duda su puntería debido a que ella misma presentó a Cristina Kirchner durante años como "la presidenta de los cuarenta millones de argentinos". Si era apropiado aquel mote inclusivo, si disfrutábamos con Cristina Kirchner de semejante ecumenismo mandeliano, ¿por qué el nuevo presidente necesita reparar una unidad que, se descuenta, está averiada?

Claro, en el medio estuvo Mauricio Macri. Créase o no, el kirchnerismo, que culpa a Macri de haber arrasado estas tierras, de tener presos políticos y de arruinar la educación pública, también dice que fue él quien dividió a los nativos. Esa parte no aparece por el momento en el corpus discursivo de la coalición peronista-kirchnerista diseñada por Cristina Kirchner, pero de a poco va formando parte del nuevo relato. Lo que viene a reparar Alberto Fernández es un país arrasado y agrietado por Macri. El jefe de Gabinete Santiago Cafiero reconoció el último fin de semana que el macrismo vino ganando las últimas elecciones hasta 2019, pero dijo que lo logró a fuerza de grieta.

En realidad, una cosa es polarización y otra es grieta. Las diferencias son bastante más hondas que las que hay entre la niebla y la neblina, pero es verdad que el gobierno de Cambiemos contribuyó a sembrar un enredo ominoso. Polarizar es un recurso político legítimo. En general en política se usa este verbo para hablar de la pretensión de que una disputa se reduzca a dos polos, algo que en una estrategia electoral corriente puede llevar a esforzarse por minimizar el papel de los terceros, cuartos y quintos. En cambio, lo que en la Argentina se llama grieta -palabra que implantó Jorge Lanata- difícilmente sea inscripto como recurso válido en una democracia, porque consiste en quitarle legitimidad desde el poder al adversario y tratarlo de enemigo. Para eso se instala en el discurso público una concepción mayor, un marco, que asimila las reglas de la política con las de la guerra.

Nada nuevo. El filósofo alemán Carl Schmitt (1888-1985), quien fuera miembro del Partido Nazi, fue el inspirador de las corrientes que consideran inmanente a todo comportamiento político el planteo amigo-enemigo. Diatribas contra una oposición a la que no sólo se la descalifica, sino que se la considera la antipatria misma forman parte elocuente de esta modalidad, que va de la mano de los esfuerzos por eternizarse en el poder. Que se sepulte en el planteo el beneficio de la alternancia es lógico: los otros están fuera de juego. O merecen estarlo. Por eso tampoco son interlocutores válidos, si bien circunscriptos a la caja del Congreso contribuyen a preservar las formalidades básicas del sistema.

Las descargas verbales neutrónicas de Néstor Kirchner contra dos de sus predecesores, los gobiernos de Menem y de la Alianza, iban a veces en esta dirección. Cualquiera puede revisar esos discursos y revivir la consonante severidad con la que removía un 2001 acreditado día por medio a ese enemigo interno antipatriótico que hundió a la Argentina. El asunto, desde luego, tenía poca relación con los relieves ideológicos que ornamentaban la verborragia: Kirchner contaba en ese momento en su gobierno con un sinnúmero de funcionarios que provenían del propio gobierno de la Alianza a cuyos artífices insultaba con fervor. Desde Nilda Garré y Juan Manuel Abal Medina, hasta Diana Conti, Alicia Castro, Juan Pablo Cafiero (padre del actual jefe de Gabinete). En cuanto al otro vilipendiado, al de Menem, pasaba por alto que como gobernador de Santa Cruz hasta habían compartido la boleta electoral. Del mismo modo que hoy ningún kirchnerista se sonroja cuando Cristina Kirchner celebra haber sellado la unidad en el Senado con todos los compañeros peronistas, entre ellos el senador Menem, que era un ex neoliberal abominable. Maleabilidad peronista al palo.

Dirá el lector que todo esto es archiconocido. Y tiene razón. Mil veces fue repetido, figura en unos cuantos libros. ¡Pero resulta que ahora a la grieta la plantó Macri! Macri, conviene reiterarlo, hizo un mal gobierno. Fracasó en cuestiones esenciales. Desaprovechó una oportunidad histórica. Pero nada de eso puede ser confundido con la instrumentación de una política de división de los argentinos adrede. A menos que así se quieran interpretar las persecuciones penales contra funcionarios corruptos que, es cierto, colocaron al kirchnerismo, no a todo el peronismo, en un lugar poco confortable.

Uno de los errores de Macri, también se sabe, consistió en omitir un descarnado inventario al asumir, algo que probablemente hubiera tensado más el escenario. Es curioso atribuirle la división de los argentinos a un gobierno minusválido en materia parlamentaria, que tuvo que negociar cada ley con la oposición y que, pese a esas restricciones, resultó al cabo el primer gobierno no peronista que completa el mandato desde que existe el peronismo.

Seamos justos con los derechos de autor. La primera grieta fue plantada por Rosas en el siglo XIX en términos muy violentos. En el siglo XX Perón la adaptó de manera bastante más pacífica. Creó en versión argentina el modelo ambiguo de apropiación partidaria del Estado, culto a la personalidad, persecución de los opositores, inequidad de reglas y beneficios inéditos para sectores necesitados y a la vez alineados. La antinomia peronismo-antiperonismo rigió la vida argentina en forma corrosiva durante treinta años a partir de 1945. Y en el siglo XXI los Kirchner le hicieron una puesta en valor, perdurable hasta hoy. Antinomia que inspiró a Alberto Fernández a dedicarle el espíritu del discurso inaugural de su presidencia y a la locutora rotuladora a anticiparnos que con sólo decir que quiere la unidad este presidente ya mereció ser laureado por su obra desde los micrófonos del Estado.

En cuanto a la aleación de polarización y grieta salida de la fundición Macri tal vez habría que discutir si no fue ese su error mayor. Polarizar con Cristina Kirchner implicó una enorme contradicción, porque por estar ella multiprocesada y con juicios orales en marcha el gobierno la consideró una política que cometió delitos, aunque faltara probarlos judicialmente. La polarización, al revés de la grieta, implica legitimar al otro. ¿Pero cómo se puede legitimar políticamente a quien se considera que debería estar preso? El gobierno de Macri extrañamente practicó el mismo desdoblamiento que se impuso para sí Cristina Kirchner: por la mañana ella era una expresidenta acusada de graves delitos y desfilaba por los juzgados, por la tarde era una genuina aspirante al poder y por la noche ejercía como senadora nacional, es decir, fabricaba leyes.

El colmo de las paradojas lo protagonizó quien devendría compañero de fórmula de Macri, el senador Miguel Pichetto, autor de la doctrina senatorial -y custodio- que protegió a la expresidenta de los pedidos de desafuero que habrían sido la antesala de la cárcel. Embrollo macrista al palo.

Una idea para la locutora: ¿no podría referirse a Alberto Fernández como el presidente de la Nación? Eso sí sonaría solemne, honroso, más que importante. Y encima destilaría institucionalidad, que tanta falta hace.

© La Nación

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