domingo, 15 de diciembre de 2019

Cinco minutos que conmovieron al mundo

Por Guillermo Piro
Greta Thunberg no fue la primera niña en hablar de los peligros del cambio climático.

En 1992, teniendo apenas 12 años de edad, una joven activista canadiense llamada Severn Cullis-Suzuki pronunció un discurso en la primera gran cumbre mundial sobre el clima que tuvo lugar en Río de Janeiro que quedó impreso en la memoria de muchos.

Sus palabras fueron apasionadas: “He venido aquí para luchar por mi futuro. Perder el futuro no es como perder unas elecciones o unos puntos en el mercado de valores. Estoy aquí para hablar en nombre de todas las generaciones venideras. Estoy aquí para hablar en defensa de los niños hambrientos del mundo, cuyos llantos son ignorados por todo el mundo. Estoy aquí para hablar por los incontables animales que mueren en este planeta, porque no les queda ningún lugar a donde ir. No podemos soportar no ser oídos. Tengo miedo de tomar sol debido a los agujeros en la capa de ozono. Tengo miedo de respirar el aire porque no sé qué sustancias químicas hay en él. Solía ir a pescar en Vancouver, mi hogar, con mi padre, hasta que hace unos años encontramos un pez lleno de tumores. Y ahora oímos que los animales y las plantas se extinguen cada día, desaparecen para siempre. Siempre he soñado con ver las grandes manadas de animales salvajes y las junglas y bosques tropicales repletos de pájaros y mariposas. Ahora me pregunto si todavía existirán para que mis hijos los vean también”.

Cullis-Suzuki fue llamada “la niña que hizo callar al mundo durante cinco minutos”, y, como puede apreciarse, sus palabras recuerdan bastante a las pronunciadas por Greta en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, el pasado enero, con la diferencia de que la niña canadiense carecía de inclinaciones psicopáticas, aunque el tono apocalíptico se asemejaba. Cullis-Suzuki no empezó su alocución con una de esas frases que harían morir de envidia a Chucky, Freddy Krueger, Annabelle y Pennywise: “Quiero que sientas pánico”. Las de Severn fueron palabras desesperadas, pero no siniestras.

Teniendo solo diez años, Severn fundó con un grupo de amigos del colegio una organización ecologista llamada Environmental Children’s Organization. Así fue como consiguieron recaudar el dinero necesario para que cuatro jóvenes activistas viajaran en 1992 a Brasil, donde Severn pronunció su famoso discurso. Desde entonces no hizo más que recibir numerosos reconocimientos, estudió Botánica, Ecología y Biología y se convirtió en conductora de televisión y en escritora. Uno de sus libros se titula Hagan que sus acciones reflejen sus palabras y otro Dile al mundo.

Severn es hija de padre japonés, está casada con un hombre de la tribu haida y vive en las islas Reina Carlota, en la Columbia Británica, en Canadá, junto a una comunidad haida de 3.500 personas. Severn cambió el eje de su lucha: del censo realizado en 2018 resulta que solo existen veinticuatro hablantes habituales de la lengua haida, lo que según el Atlas de las lenguas en peligro de la Unesco la convierte en una lengua en estado crítico de conservación. Severn está tratando de contribuir a la revitalización del haida, y para eso se dedicó a aprenderlo y luego a hablarlo con sus dos hijos. “La pérdida masiva de la diversidad concierne tanto a los animales y las plantas como a las culturas humanas. Es el mismo fenómeno. De modo que para hacer frente al desastre climático y a la extinción masiva de especies, tenemos que encontrar modos alternativos de pensamiento, otras maneras de considerar nuestras relaciones”, dice Severn, y dice bien.

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