sábado, 16 de noviembre de 2019

Alberto Fernández en la arena movediza

Por James Neilson
Además de transformar la enclenque economía nacional en una dínamo productiva, lo que se propone hacer llenando de pesos desdolarizados los bolsillos casi vacíos de la gente, Alberto Fernández aspira a erigirse en el líder de un bloque supuestamente progresista latinoamericano, de ahí la invitación a los miembros del Grupo de Puebla, entre ellos la brasileña Dilma Rousseff, el colombiano Ernesto Samper y el paraguayo Fernando Lugo, para que sesionaran la semana pasada en Buenos Aires.

Cree que, luego de una etapa “neoliberal”, los vientos han comenzado a soplar con fuerza en la dirección contraria, como hacían en la “década ganada” cuando la región disfrutaba de las mieles del boom de la soja, el petróleo y otros bienes que no requerían mucha elaboración.

Como buen peronista, entiende que le convendría adaptarse cuanto antes a las circunstancias internacionales que se avecinan. ¿Serán las vaticinadas por Cristina y quienes la rodean? Para los que rezan para que América latina gire hacia la izquierda, la elección de Fernández, las batallas callejeras que están trastornando Chile y la excarcelación acaso pasajera de Lula fueron señales muy auspiciosas, pero no se puede decir lo mismo de la caída del mandatario boliviano Evo Morales que tuvo que renunciar al negarse la policía y las fuerzas armadas a reprimir las protestas violentas contra el fraude electoral que según la OEA, entre otros, intentaba perpetrar. De más está decir que, de haber actuado del mismo modo los uniformados de Chile y Ecuador, quienes se enorgullecen de su fe progresista los hubieran aplaudido por su voluntad de solidarizarse con los manifestantes.

Se trata de una contradicción, una más, pero no sólo en América latina sino también en el resto del planeta las viejas etiquetas ideológicas nos dicen muy poco acerca de las convicciones y la conducta de quienes hoy en día las ostentan. A lo sumo, son herederos de ciertas tradiciones retóricas, no de los valores que reivindicaban los socialistas de antaño. ¿Son izquierdistas auténticos los jerarcas rabiosamente elitistas del Partido Comunista de China o los chavistas y sus amigos cubanos, para no hablar de los islamistas con los cuales muchas sectas revolucionarias se han aliado? ¿Lo era Néstor Kirchner, que en una ocasión afirmó que “la izquierda te da fueros” gracias a su poder de fuego cultural? ¿Lo es Cristina?

Con todo, si bien a esta altura es penosamente anacrónico insistir en ubicar a los distintos gobiernos y a quienes los apoyan en un mapa ideológico que se extiende desde “la ultraderecha” a la “izquierda extrema”, muchos siguen haciéndolo porque de otro modo todo sería excesivamente complicado y porque lo de derecha e izquierda sirve para justificar la toma de posturas maniqueas frente a situaciones sumamente confusas en otras partes del mundo. Así pues, quienes se sienten izquierdistas se han solidarizado automáticamente con Evo, Lula y, en algunos casos, hasta con Nicolás Maduro, puesto que a su juicio todos son víctimas de campañas reaccionarias fogoneadas por los imperialistas yanquis del odioso Donald Trump, además de festejar la rebelión callejera contra Sebastián Piñera, mientras que los calificados de derechistas prefieren subrayar la importancia de que sean respetadas las reglas institucionales de los países en apuros por suponer que los más proclives a violarlas pertenecen al campo de sus adversarios.

Fue de prever, pues, que quienes se proclaman progresistas, personajes como Cristina y, en su versión actual, Alberto Fernández, denunciaran lo que acaba de suceder en Bolivia como un “golpe de Estado” y que Mauricio Macri, cuya gestión ha sido más “izquierdista” en términos prácticos que aquellas de sus dos antecesores pero así y todo es tomado por un derechista, aludiría, con palabras idénticas a las usadas por Jorge Bergoglio y otros que son reacios a condenar sin tapujos la represión violenta y sistemática del disenso en Venezuela, de la necesidad de que haya “paz y diálogo” entre las facciones en pugna.

Sea como fuere, parecería que lo que comenzó como una especie de “autogolpe” nada prolijo ensayado por Evo con el propósito de ahorrarse una previsible derrota electoral, resultó ser tan torpe que brindó a sus muchos rivales y enemigos una oportunidad para deshacerse de él. No fue un golpe de Estado clásico, pero aun cuando los militares se hayan limitado a “sugerir” que Evo tirara la toalla, su aparición en el escenario resultó ser más que suficiente como para echar una sombra tétrica sobre todo lo demás. Se entiende: es una cosa un comandante que vocifera eslóganes revolucionarios y otra muy diferente un general que habla de lo peligrosa que suele ser la anarquía. En última instancia, todo depende de su forma de expresarse.

Hasta cierto punto, el drama boliviano se asemeja al chileno; a pesar de que según las pautas habituales el gobierno de Evo, como el de Piñera, haya logrado anotarse muchos éxitos económicos y sociales, algunos impresionantes, una proporción sustancial de los habitantes de su país se opone a la prolongación de un statu quo que dista de satisfacerlos. Sin embargo, a diferencia de los disturbios que, para perplejidad de muchos, están convulsionando a Chile, los de Bolivia pueden atribuirse no tanto al rencor provocado por un orden socioeconómico determinado cuanto a la voluntad de eternizarse en el poder de una sola persona que nunca ha vacilado en mofarse de las reglas constitucionales, incluyendo a las que él mismo ha incorporado a la carta magna de su país.

Así y todo, si bien pareció que sin fraude Evo perdería las elecciones presidenciales del mes pasado, aún contaba con un nivel de apoyo muy significante. De haberlo querido, pudo haber dejado el Palacio Quemado con su dignidad intacta pero, como a tantos otros políticos latinoamericanos, le resultaba traumático aceptar que su ciclo ya había llegado a su fin. Aún se resiste a hacerlo. Antes de emprender viaje a México en un avión que le envió su correligionario Andrés Manuel López Obrador, prometió volver “con más fuerza y energía”, lo que con toda seguridad alentó a los partidarios enfurecidos del hasta hace poco hegemónico Movimiento al Socialismo que amenazan con desatar una “guerra civil”.

Para el presidente electo Fernández, el que haya señales de que la región ha entrado en una nueva fase conflictiva después de disfrutar de un período de tranquilidad relativa es una mala noticia. Lo es por varios motivos, uno es que aquí no faltan los deseosos de aprovechar los acontecimientos ajenos en beneficio propio. Al convencerse de que casi todos los pueblos latinoamericanos están reclamando cambios drásticos ya, tales personajes se sienten estimulados por los ejemplos brindados por ecuatorianos, chilenos y ahora bolivianos que buscan soluciones más rápidas para sus muchos problemas que las que, andando el tiempo, podrían surgir del funcionamiento ordenado del sistema democrático. La proliferación de manifestaciones, algunas violentas, a favor o en contra de líderes de otros países latinoamericanos está contribuyendo a hacer aún más revoltosas las calles de Buenos Aires y otras ciudades.

Asimismo, la disputa semántica en torno al significado preciso de las palabras “golpe de Estado” no sólo ha hecho todavía más malhumorada la transición entre el gobierno de Macri y el de Fernández al intentar este hacer pensar que su antecesor saliente está a favor de que los militares desempeñen un papel político decisivo, sino también le ha suministrado un pretexto para embestir con furia contra Trump. Según Fernández, “Ayer Estados Unidos retrocedió décadas, volvió a las peores épocas de los años 70, avalando intervenciones militares contra gobiernos populares, elegidos democráticamente", porque el gobierno de la superpotencia celebró la salida de Evo, que en su opinión es un integrante del eje del mal chavista, y aseveró que ayudaría a “preservar la democracia y allanar el camino para que el pueblo boliviano haga escuchar sus voces”. Parecería, pues, que la política exterior del próximo gobierno será tan antinorteamericana como la improvisada por Cristina.

A Fernández le está resultando cada vez más difícil ocultar su preocupación por las dimensiones monstruosas de la crisis económica que está por recibir. Sabe que las pasiones políticas son contagiosas y que teme que los disturbios que están estallando en el resto de América latina confirmen lo que ya habrá sospechado, que las sociedades de la región tienen “mecha corta”. En efecto, al difundirse la sensación de que en todas partes la clase política está más interesada en su propio bienestar que en el de la mayoría a la que apacigua formulando promesas que sabe huecas porque sus miembros entienden que no les será dado atenuar la desigualdad creciente sin provocar una crisis económica inmanejable, en un país tras otro los gobiernos, sean de derecha, del centro o de izquierda, se ven amenazados por la ira popular.

Merced a la larga campaña electoral y, más aún, a la ilusión de que, por ser todo culpa de Macri, el regreso de los kirchneristas liberaría el país de las cadenas neoliberales que lo han mantenido pobre, hasta ahora la Argentina ha sido un remanso de paz en una región convulsionada. Es muy poco probable que siga siendo una excepción por mucho tiempo más.

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