martes, 26 de noviembre de 2019

54

Por Isabel Coixet
No sé por qué me detuve en la noticia, pero algo en la cifra me llamó la atención: 54 personas sin hogar murieron el año pasado en Barcelona; 16, en la calle; las otras, después de estar en el hospital por enfermedades derivadas de vivir sin hogar: frío, desnutrición, dolencias graves no detectadas, soledad, aislamiento.

Los más jóvenes se llamaban Bambo, Mihai y Kristov, tenían 31 años; el mayor, Severo, tenía 84. La mayoría estaba en la cincuentena.

Desde 2016 han muerto, sólo en la ciudad, 208 personas. En España, según Cáritas, hay 40.000 personas que duermen al raso. No parece una gran cifra si los comparamos con los 59.000 homeless de la ciudad de Los Ángeles. O los 63.000 de Nueva York. Cifras que a primera vista parecen manejables, insignificantes incluso, si las comparamos con los millones de personas en el mundo que padecen hambre y miseria. Cifras que nos podrían hacer pensar que es un problema endémico pero manejable.

Es nuestra actitud hacia esa comunidad que vive entre nosotros, a tan sólo unos metros de donde paseamos o dormimos, lo que es revelador. A veces, al verlos, nos decimos que para atenderlos ya están los servicios sociales, las instituciones, las asociaciones solidarias. Muchas veces, a la hora de echar una mano, nos vamos a fijar en países y comunidades remotas, como si los que necesitan ayuda cerca de nosotros nos molestaran con su dolor demasiado visible, demasiado palpable.

Preferimos enviar dinero, en sobres sanitizados con caras de niños sonrientes, a miles de kilómetros que detenernos un momento a devolverle el saludo a la mujer de pelo revuelto y dientes escasos que duerme en el cajero automático al lado de nuestra casa.

Nos resulta difícil saludarlos, mirarlos a la cara, reconocerlos como nuestros semejantes. A menudo, estos hombres y mujeres que arrastran sus escasas pertenencias en un carrito desvencijado lleno de mugre nos aterran. Los miramos de reojo y, por un momento, albergamos la terrible fantasía de que somos ellos, de que nos cubrimos con cartones para combatir el frío y de plásticos para combatir la lluvia. Que luchamos cada día contra la locura, la soledad, la indiferencia, la incertidumbre de no saber dónde dormiremos hoy ni mañana ni pasado, qué comeremos, dónde iremos al baño.

Y en esos instantes medimos la escasa distancia que nos separa de ellos, lo fácil que puede derrumbarse nuestra vida de hipotecas, obligaciones, deberes, certezas.

Rápidamente volvemos a nuestra confortable realidad, alejándonos de ese hombre o de esa mujer que nos devuelven una imagen que nos negamos a ver, porque es demasiado terrible. Y horriblemente real.

© XLSemanal

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