lunes, 2 de septiembre de 2019

De personas interesantes y de aburrimientos supinos

Por Carmen Posadas
Suelo aprovechar el fin del verano para releer algún libro que me haya gustado mucho. En realidad es un placer muy reciente. Antes pensaba que me quedaban por leer tantas obras maestras que volver sobre las que ya había leído era una pérdida de tiempo. «Es todo lo contrario –le gustaba decir a mi padre, que de libros y lectura sabía un rato–. Igual que nadie se baña dos veces en el mismo río, tampoco se lee nunca el mismo libro»

La frase me parecía muy bonita, muy filosófica, pero solo eso. Además, en una ocasión que tuve que releer un best seller para dar mi opinión sobre un tema en concreto, no solo me aburrí como un hongo, sino que acabé saltándome la mitad porque me parecía un agotador déjà vu. Tal vez por eso he tardado tantos años en descubrir qué quería decir mi padre con su comparación entre los libros y un río.

Este verano, por ejemplo, he releído El Quijote. La primera vez que lo leí (bastante tarde me temo, con treinta años más o menos) me reí muchísimo. También me aburrí. Sobre todo, cuando llegaba a las novelas que están insertas en la primera parte. No me interesó especialmente la historia de la bella Marcela y me dejó más bien fría la de El curioso impertinente. No reparé para nada en que los capítulos dedicados a la bella Marcela son el más inteligente alegato feminista que se haya escrito nunca, con el dato adicional de que fueron creados hace cuatro siglos. Para arruinar un poco más mi reputación, añadiré que apenas me acordaba de la novela El curioso impertinente y solo ahora, al releerla, me doy cuenta de que su argumento es tan brillante, liviano y a la vez de una profundidad estremecedora, solo comparable a una obra de Shakespeare.

Por contra, en mi actual relectura he encontrado poco divertida y, sobre todo, escueta (apenas dura unos cuantos párrafos) la archifamosa aventura de los molinos de viento. Y en lo que se refiere al capítulo en el que don Quijote confunde los cueros de vino con gigantes, que me hizo morir de risa a los treinta años, leído en este momento con más de sesenta, me deja del todo indiferente.

¿Quiere eso decir que son mejores los pasajes que valoro ahora que los que valoraba antes? Pienso que no. Tanto la aventura de los cueros de vino como la de los molinos juegan, además, con una terrible desventaja para el lector moderno. Han sido recreadas y recontadas tal infinidad de veces que, cuando uno lee la peripecia original, piensa que no es para tanto. Es lo mismo que ocurre, por ejemplo, con las genialidades de Chaplin y su personaje Charlot. Sus gags han sido tan copiados, plagiados y en algunos casos incluso mejorados por otros cómicos que cuando uno ve la versión primigenia apenas se ríe porque ha sido desposeída de un elemento básico para que un gag funcione: el factor sorpresa.

Así fue que descubrí que tenía razón mi padre y que uno no lee nunca el mismo libro. Pero luego seguí dándole vueltas a la idea y me dio por pensar que lo que ocurre con los buenos libros, que siempre ‘dicen’ algo nuevo, sucede también con las personas. Con las personas interesantes, quiero decir, porque las banales son como ese best seller que antes mencioné, que por muchas veces que uno lo relea dice siempre la misma tontuna. Las personas interesantes, en cambio, hablen de lo que hablen, de literatura, de fútbol o del precio de los tomates, se las arreglan para descubrirle a uno un ángulo inédito de la realidad. Una persona interesante no tiene por qué ser muy culta ni muy inteligente, ni siquiera muy sensible (ya se sabe que ahora todo el mundo se considera supersensible, bla, bla). Al igual que un libro interesante no pretende ‘epustuflar’ a nadie ni sentar cátedra, tampoco pavonearse ni decir «me cachis, qué grande soy».

Tal vez sea porque, como dice Kavafis, las personas interesantes tienen el don de ver exactamente lo mismo que vemos todos, pero con una leve inclinación de apenas dos grados. Por eso siempre nos descubren un enfoque nuevo sobre las cosas más simples, un placer escondido, un amor impensado. Las demás, las personas de razonamientos prefabricados, las de pensamiento homologado y previsible, son como malos libros en los que uno siempre lee exactamente lo mismo: un supino aburrimiento.

© XLSemanal

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