martes, 20 de agosto de 2019

‘La otra cara del viento’

Por Isabel Coixet
No debe de ser fácil ver la película de Orson Welles La otra cara del viento sin ver antes el documental narrado por Alan Cumming que cuenta su difícil gestación. El espectador que llegue a la película sin conocer el contexto y los precedentes puede pensar que el filme es la obra de un cineasta adolescente que se ha pasado diecisiete pueblos con el LSD

Hay algo de tiernamente ingenuo y tozudo en el filme. Es una película dentro de otra película y una tercera, que es la que debió de imaginar en un principio Welles y que nunca conoceremos porque desapareció con él. El imponente cuerpo de Oja Kodar, la última compañera de Welles, se pasea por la pantalla como una bella efigie con la expresividad de un rebaño de amebas y es imposible no preguntarse qué pinta este personaje vagando por colinas soleadas, baños poblados por una tribu de personajes con pantalones apretados y coches bajo la lluvia.

Ver el documental de cómo se hizo la película ayuda a entender los vacíos en la narración, las referencias y los bruscos cambios de tono de un filme que quiere desesperadamente ser relevante y acaba ahogándose en el intento. La figura de Welles sigue siendo más grande que todo eso, más grande que todos sus filmes juntos. Un cineasta que hizo quizá la película más redonda de todos los tiempos antes de cumplir los veinticinco años, que entendió como nadie las posibilidades del medio, la puesta en escena, también la fuerza del formato sonoro (no olvidemos el fenómeno que supuso La guerra de los mundos), que se enfrentó a los estudios cuando le arrebataron el control artístico sobre sus películas, es, por fuerza, un artista que entra de lleno en el terreno de las leyendas.

Y él fue el primero que alimentó esa leyenda. La otra cara del viento tiene su mayor baza en el enfrentamiento entre John Huston interpretándose a sí mismo, mientras vehicula a Welles, y Peter Bogdanovich, también haciendo de sí mismo, un joven cineasta en la cima de su carrera que oscila entre el deseo de aniquilar al maestro y el de apoyarlo.

La tragedia, apoyada por un excelente coro encabezado por Mercedes McCambridge, Lili Palmer y un grupo de inquietantes maniquíes, no está tanto en todas las dificultades que tuvo Welles para rodar la película, sino en su empeño de satirizar algunas de las películas que estaban marcando una época que ya no le pertenecía: Zabriskie pointEasy riderFive easy piecesTargets (del mismísimo Bodganovich…). John Huston vestido de Hemingway se pasea entre la banda de coribantes, cámaras, estudiantes de cine, críticos y ayudantes como un oráculo que se ha cansado de sus profecías y sólo aspira a que lo dejen en paz: la avidez, oscilando entre la autocomplacencia y la autocrítica, con que observa el material que ha rodado resonará en cualquier cineasta del mundo. La sonora torta a Susan Strasberg, que interpreta a la crítica Pauline Kael, es quizá el momento más satisfactorio de la cinta. Al menos, para mí…

© XLSemanal

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