lunes, 26 de agosto de 2019

Felicidad y fracaso

Por Guillermo Piro
Un estudio publicado en abril de este año (Yesterday’s News: A Temporal Discontinuity in the Sting of Inferiority, de Alexander Kristal, Ed O’Brien y Eugene Caruso, tres investigadores de la Universidad de Chicago; el título podría traducirse por Noticias de ayer: una discontinuidad temporal en el aguijón de la inferioridad) dice que la simple posibilidad de éxito de un amigo puede ser lo peor que pueda pasarnos.

Así, los investigadores descubrieron que sentimos más envidia de las cosas que tendrán los otros en el futuro –reconocimiento profesional, vacaciones soñadas, pareja ideal– que de las que efectivamente ya tienen.

Oliver Burkeman, del Guardian, escribe un artículo al respecto. Aunque parezca extraño y hasta un poco banal, el estudio de los investigadores de la Universidad de Chicago viene a determinar que la esencia misma de la envidia no consiste tanto en desear lo que los otros tienen sino lo que los otros tendrán. Se trata de un descubrimiento que nos revela una verdad psicológica más general, y también menos extraña y banal, es decir que el futuro nos atormenta más que el pasado.

Eso vale también para la envidia: “La posibilidad de que el nuevo libro de mi amigo se vuelva un bestseller mundial le permite a mi fantasía pensar en una serie de potenciales consecuencias, pero una vez que se hace realidad se vuelve algo finito y concreto”, dice Burkeman. Al parecer, lo que nos molesta a menudo no es el problema, sino la falta de claridad que nos impide diferenciarlo y aferrarlo. Es por esa razón que es tan liberador hacer el ejercicio de Kafka, que ante cualquier dificultad (amorosa, económica, existencial) tomaba asiento y hacía una lista pormenorizada con los pros y los contras.

Ese es el motivo, dice Burkeman, por el que nos lamentamos más de las cosas que no hicimos que de las que hicimos: “Podemos consolarnos de haber tenido relaciones equivocadas o de los errores cometidos en nuestra carrera, pero no de la pérdida del número infinito de vidas paralelas que habríamos podido vivir si hubiésemos aprovechado la oportunidad”.

Y esto nos lleva de cabeza al bloqueo del escritor, entendido como la capacidad perdida de destilar material creativo. A menudo depende más del hecho de que no se tienen ideas claras acerca de lo que se quiere decir que de la inaferrable y misteriosa dificultad de decirlo.

Por esa razón, casi todos los especialistas en finanzas acuerdan con Kafka a la hora de dar consejos: como primer paso es fundamental tener una idea clara de nuestro rédito y de nuestros gastos, de nuestro patrimonio y de nuestras deudas, incluso si emprender esa lista significa deber superar ciertos miedos, porque de esa forma podremos gestionar y diferenciar mejor una situación real de una hipotética. Todo esto conduce a una pregunta útil que deberíamos plantearnos cada vez que nos encontramos frente a un problema acuciante: ¿estamos absolutamente seguros acerca de qué problema se trata? Es decir: ¿acaso lo acuciante no es tanto el problema en sí como el miedo, el rechazo psicológico de afrontar la realidad?

“Cada vez que un amigo tiene éxito –decía Gore Vidal–, una pequeña parte de mí muere”. Lo que tal vez sea solo la variante de una vieja frase atribuida también a Gore Vidal pero que en realidad es de Somerset Maugham: “Tener éxito no basta: los otros deben fracasar”.

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