sábado, 20 de julio de 2019

La frutería

Por Manuel Vicent
Nuestra cultura viene determinada por cuatro manzanas. La primera fue la que pendía del árbol de la ciencia en el paraíso terrenal y marcó el momento de la evolución en que simbólicamente al morderla el cerebro humano se invistió de uso de razón y de libre albedrío. La serpiente ofreció ese fruto prohibido a Eva como un desafío a los dioses, que aun persiste y se transmite con los genes en forma de pecado original.

La segunda manzana fue la que, según la tradición, la cayó a Newton en la cabeza y le impulsó a desarrollar la ley de la gravedad, llave de la física moderna que ha permitido conocer las fuerzas que rigen el universo.

Gracias a ella las sondas espaciales están abriendo el camino para poder un día abandonar la Tierra y repoblar otros planetas.

La tercera manzana preside hoy la empresa más exitosa de nuestro siglo. Apple muestra con orgullo su logo universalmente conocido, una manzana con un pequeño mordisco cuyo significado alude al nuevo conocimiento informático que abre en el cerebro humano un campo ilimitado de liberación y dominio. La promesa de la serpiente del paraíso, seréis como dioses, está a punto de cumplirse. La manipulación genética y la llegada de la inteligencia artificial nos auguran una próxima inmortalidad, que podría ser un castigo muy superior al del infierno.

Pero antes de que los engendros de laboratorio y los robots se apoderen de la Tierra, está a nuestro alcance, como salvación, la cuarta manzana. No es la de Eva, ni la de Newton ni la de Steve Jobs sino la que se halla en cualquier frutería del barrio, una manzana del tiempo madura y perfumada.

Esa manzana natural puede llevarnos a la conquista de la verdadera sabiduría, que es la inteligencia de los sentidos. Bastará con aspirar profundamente su aroma para ver abiertas de nuevo las puertas del paraíso de la niñez donde te sentías feliz e inmortal.

© El País (España)

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