domingo, 7 de julio de 2019

Gramsci y la angustia del establishment

Por Gustavo González
El establishment argentino vive la incertidumbre electoral con una angustia similar a la del resto de los mortales. Ese fue el clima que se vivió esta semana en la entrega anual de los Premios Fortuna en la Bolsa de Buenos Aires.

Es la incertidumbre de no saber si Macri continuará en el poder o si regresará el kirchnerismo.

Una incertidumbre que paraliza sus decisiones y modera sus opiniones, aun en off the record, sobre los candidatos. Nadie quiere quedar preso de sus palabras, por las dudas.

Ninguno dice desear que vuelvan Alberto y Cristina Kirchner (ni siquiera los que más se beneficiaron con sus gobiernos), pero se sienten mayoritariamente defraudados con Macri, a quien al final irán a votar.

Así están: desencantados con Macri, temerosos de Cristina y optimistas con el mediano y largo plazo cuando hablan del acuerdo Mercosur-UE, del futuro de Vaca Muerta y del ordenamiento de las cuentas públicas.

Lo que los angustia es el aquí y el ahora.

Al recibir cada galardón (se premiaron a las mejores empresas en cada rubro, según los resultados de sus balances), los empresarios centraron los discursos en las claves de su éxito, cuidándose de no meterse en terreno electoral.

Cuando Hugo Sigman recibió su premio Fortuna a la Trayectoria citó a Antonio Gramsci, un marxista que estuvo once años preso. Sigman, una rara avis en el círculo rojo, desarrolló en su discurso una teoría de la coherencia y la perseverancia basada en la máxima gramsciana que postula el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad.

Esa noche, el pensamiento de un marxista sintetizó el sentimiento de muchos de los grandes empresarios argentinos. La angustia por lo que es y la imperiosa necesidad de creer en lo que vendrá.

Mutua decepción. El Gobierno está repleto de empresarios. Son personas que tuvieron éxito en los negocios privados, la mayoría de ellos asumió por primera vez un cargo público en 2015. Entienden bien a cierto establishment porque son parte de su mundo.

Macri es el primero: sabe lo que necesitan, lo que buscan y los métodos para conseguirlo. Lo sabe porque también su empresa familiar necesitó, buscó y consiguió.

Hoy, de la misma forma en que el empresariado está decepcionado con Macri, él lo está con los empresarios.

Lo dice en público, pero en privado es más enfático: está convencido de que si pusieran una parte de la energía que usan para obtener beneficios del Estado, en mejorar su competitividad y crear nuevos negocios, tanto ellos como el país estarían mejor.

Puede que, tras estos años como jefe de Estado, sus dichos reconozcan una autocrítica sobre lo que en el pasado también hicieron los Macri.

Mercados regulados. El funcionario en quien más confía el Presidente va más a fondo.

Marcos Peña cree que una buena porción de los empresarios argentinos no tiene, ni se preocupa en tener, un proyecto político propio. Ni siquiera uno que sea igual, parecido o distinto al del oficialismo. No intentan generar corrientes ideológicas, ni influir en el debate público, ni invertir en la formación de cuadros políticos. (En ese sentido Franco Macri sí vio más allá de la coyuntura al apostar por jóvenes como Grosso, Bordón y De la Sota).

Peña entiende que un sector del establishment argentino se especializó en trabajar en mercados regulados y que sus esfuerzos se centran en presionar-convencer-seducir al regulador de turno de esos mercados. O sea, a quienes manejan el Estado.

Días atrás, le preguntó a empresarios de la constru-cción que terminaron una gran obra pública, por qué no la anunciaban en los medios con bombos y platillos. 

La respuesta que lo sorprendió fue que preferían cumplir con su trabajo y mantener un perfil bajo.

La traducción que hizo el jefe de Gabinete fue que no les importaba mostrar que se pueden hacer grandes obras y que sus empresas eran parte del crecimiento; sino solo ganar dinero, volver a conseguir un nuevo contrato el día de mañana y no asomar la cabeza por temor a exponerse o a que un futuro cambio de gobierno los crea cercanos al macrismo y les impida seguir trabajando con el Estado.

Lo de Peña, más que una opinión, es una descripción del lugar que cierto empresariado decidió ocupar en las últimas décadas.

Círculo viciado. Se trata del establishment que decidió atar su destino al destino de cada gobierno. La propia relación con los medios de comunicación así lo indica.

Hay provincias en las que sus principales medios son absolutamente dependientes del gobierno de turno o, incluso, son propiedad de gobernadores, funcionarios o ex funcionarios.

Los empresarios locales no fundan medios para incidir en el debate público, porque el camino más corto para generar negocios no es ése, sino actuar sobre el regulador de la provincia (quien a su vez es el dueño o quien sostiene a los medios). Tampoco promocionan cuadros políticos que les sirvan para sostener la defensa de sus intereses ni muestran iniciativa para construir un plan de desarrollo de la Argentina.

Y el punto no es si esos intereses o esos planes son positivos o no para los demás, lo extraño es que no existe en estos sectores el impulso por generar opinión pública.

Siguiendo la teoría del egoísmo de Smith, se podría explicar que lo harían si creyeran que les conviene, pero no lo hacen porque comprueban que lo que les sirve no es entrar en polémica con el poder, sino negociar con él.

Sin embargo, aun bajo la lógica de la conveniencia egoísta, ese estilo de construcción empresarial suele terminar en que ganan los que se logran acomodar cerca de cada gobierno y fracasa una mayoría que no pudo o no supo negociar.

El círculo vicioso continúa con que la próxima vez esos empresarios intentarán poner más energía en negociar con el Estado, nacional o provincial, y esperar a ser ellos los elegidos. Si su foco siempre está puesto allí, podrán ganar o perder, pero lo seguro es que no terminarán de desarrollar nunca un capitalismo competitivo.

El círculo estará cada vez más viciado, que es como está hoy.

Empresarios estadodependientes en medio de un sistema capitalista subdesarrollado y mal gerenciado por la política, que los vuelve cada vez más débiles y los lleva a continuar con la misma lógica segura y suicida de probar más de lo mismo.

En el medio, ganan los funcionarios corruptos de turno, verdaderos beneficiarios de estos mercados regulados.

Es cierto que estos empresarios son víctimas de la mala praxis de los políticos y de las profundas crisis de sus malas administraciones, pero también son victimarios por no animarse a romper con un sistema degradante.

A los accionistas que apuestan, como hacía Franco Macri, a ser oficialistas de cada gobierno, les puede ocurrir lo que le pasó al padre del Presidente: que un día el oficialismo de turno los deje de lado y se queden sin nada.  

Pensamiento estratégico. En su discurso en Fortuna, Sigman dejó planteado el dilema sobre el rol que el empresariado debe tener en una sociedad que los mira con desconfianza, para lograr conjugar el objetivo natural de la rentabilidad con el de “generar trabajo, invertir y contribuir al desarrollo del país”.

Contribuir al desarrollo es también aportar a construir un pensamiento estratégico que a los empresarios les sirva para independizarse de los gobiernos y a los gobiernos le sirva para impulsar medidas que le sirvan a todos.

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