viernes, 14 de junio de 2019

El arte de posar para una foto

Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat (Foto/Jordi Socias)
Por Manuel Vicent

Un día de primavera, por los montes de Navas del Marqués, más allá de El Escorial, por una carretera perdida que solo llevaba a un cercado donde pastaban unas vacas rubias, apareció un Cadillac 1953 Eldorado, descapotable, de color rojo, largo, muy largo, con Serrat y Sabina a bordo, unidos por la misma marca Stetson del sombrero y la gorra. Aparte de estos dos pájaros que cantan en los escenarios había otros que en ese momento cantaban en las ramas de los pinos, robles y carrascas.

Contemplar a Sabina respirando un aire extremadamente puro con olor a lavanda era en este caso el espectáculo. Se podía temer que lo matara aquella descarga de oxígeno con su punta afilada de navaja, pero se comportó como un valiente. Por su parte Serrat, que es más de mar y montaña, respiraba a pleno pulmón sin temer peligro alguno. Por allí andaban sus mujeres, Candela y Jimena, que ejercen con ellos de compañeras, amantes, enfermeras y asistentas sociales.

Decía Sabina: “Yo con el martirio de los autógrafos y los selfis ya no puedo salir de casa. Algunos amigos tienen la llave. Saben que allí hay camas”. Ahora en esta tierra alta, de místicos y jabalíes, Sabina se sentía a salvo, a menos que una vaca se acercara a abrazarle. En cambio, Serrat suele aceptar la gloria como un pan tierno de cada día que le manda la vida y sonríe como la cosa más natural cuando un matrimonio de cierta edad, después de felicitarle, le confiesa que ha engendrado a sus hijos escuchándole cantar y hasta ahora nadie le ha pedido daños y perjuicios.

Serrat y Sabina volverán en otoño a unir de nuevo sus voces en el Cono Sur de Latinoamérica donde son dioses, cada uno en su nube de algodón, entre la lírica y el desgarro, ambos con su endiablado talento. Un día Rafael Azcona les dijo: “Lo habéis conseguido todo, venga, dejadlo ya”. Cómo lo va dejar Sabina si sigue imbatido después de haber meado sobre el limón espumoso de miles de urinarios en bares de madrugada; si Joan Manuel Serrat ha sobrevivido al Mediterráneo y conserva intacta la rebeldía moral, comprometida de unos tiempos difíciles, pero siempre envuelta en el aura de una dicha de vivir y en la melancolía de aquellos tranvías que transportaban hacia las playas los domingos a gente vencida y devolvían a la ciudad solo derrotada por el sol, con los labios salados y la piel quemada.

Y entre tantas palabras de amor de Serrat, los gritos afónicos de Sabina, ambos fundidos, y aunque los dos crucen sus canciones, uno con la guitarra se rascará el corazón y otro el hígado sobrevivirán hasta el último día y ni un minuto más. Durante sus conciertos de nuevo se llenará el aire de nuevas pálidas princesas, de versos incólumes de poetas, de borrachos, macarras y prostitutas, de aquellos bares que ahora son bancos hipotecarios y otras ternuras, pero estos dos pájaros volarán juntos, con las alas cruzadas como sus letras y melodías hacia el fondo de la noche y Sabina se pondrá suave y Serrat hará de canalla y no cesarán de volar hasta encontrar el corazón dulce de los caballos en cada uno de los espectadores. Cantando la moral de la derrota o la gloria de estar vivo, de ser un héroe cotidiano o un superviviente de la propia guerra, los dos han sido elegidos por los dioses, uno con la voz rota, otro modulando un temblor también desgañitado.

Estar siempre de parte de los que pierden, apuntarse a las derrotas, convertir cualquier caída en una rima dura y cantarla como quien grita a la vida, ese es el asunto de Sabina cuyo primer objetivo es que todo el mundo sea feliz, que los reaccionarios dejen libres las nubes y los jergones para que los hijos del cielo puedan volar. Si hubiera sido misionero habría bautizado con whisky a los apaches. Y mientras ese milagro suceda Serrat enamorará a las madres y a las hijas. Acosados por una estampida de admiradores en España y Latinoamérica, Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina se han apropiado de los jóvenes más insomnes, de los más cabreados, de todas esas chicas, que si bien pueden ser princesas, tienen el corazón suburbano.

Volarán juntos otra vez, ahora con las canciones trabadas, como el fuego cruzado de una guerra conjunta contra los bárbaros de cada esquina, a favor de la felicidad de cuantos esperan que un asa llegue por el aire a rescatarlos para volar a la misma altura, con estos dos pájaros, Serrat y Sabina.

Después de contemplarlos entre el humo de los aplausos recibir exhaustos y sudorosos los abrazos de los admiradores en los abarrotados camerinos era cosa de verlos ahora en la altura mística de los montes de Ávila entre flores silvestres y vacas rubias y de ojos azules bajo el canto de los mirlos y de los jilgueros. Pese a todo, estos dos pájaros en este vuelo han podido comprobar que las flores de jara son blancas y amarillas las de la retama. ¿Qué hacían allí? Posar para una foto. Lo mismo que hacía aquel tigre en la cumbre nevada del Kilimanjaro.

© El País (España)

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