domingo, 21 de abril de 2019

La economía rebelde desafía a los políticos

Por James Neilson
A mediados del siglo XIX, el escritor escocés Thomas Carlyle calificó la economía como “la ciencia lúgubre” por tratarse siempre de la diferencia entre lo que la gente cree merecer y lo que, por desgracia, hay. Aunque hoy en día el mundo produce muchísimo más que en aquel entonces, sigue incapaz de satisfacer las expectativas de la mayoría de sus habitantes. Hasta los multimillonarios quieren tener más. Es parte del ADN humano.

En ningún lugar ha sido la frustración resultante más perniciosa que en la Argentina. La sensación difundida de que el pueblo se ha visto privado de lo que debería ser suyo ha contribuido a provocar golpes militares, periódicos saltos al vacío populista y la formación de una clase política que se especializa en aprovechar la autocompasión colectiva de quienes se suponen víctimas inocentes de una estafa perversa. Son tan fuertes las presiones que un gobierno tras otro se ha sentido obligado a sacrificar el largo plazo en aras de sus necesidades políticas inmediatas, una costumbre que nos ha llevado a la situación desesperada actual.

Por razones electoralistas, Mauricio Macri tiene forzosamente que “hacer algo” para que la gente se reconcilie con una gestión económica que, según no sólo sus adversarios declarados sino también muchos presuntos simpatizantes, ha sido un fracaso vergonzoso, pero no quiere abandonar por completo el intento de concretar las nada gratas “reformas estructurales” que cree imprescindibles, de ahí la decisión de probar suerte, una vez más, con algunos acuerdos de precios sin llegar al extremo de congelarlos como algunos quisieran. Se trata de un esfuerzo por manipularlos indirectamente, como el gobierno ya está haciendo con el tipo de cambio con un régimen de flotación sucia.

Los escépticos señalan que los controles de precios sólo sirven para brindar una sensación fugaz de estabilidad que suele verse seguida por un racha de aumentos, ya que la inflación se debe a mucho más que el afán de lucro de los comerciantes locales que, huelga decirlo, no son más codiciosos que sus congéneres de países en que una tasa anual del cuatro por ciento sería insoportable. También advierten que podrán tener un impacto negativo en los mercados que las tomarían por evidencia de que Macri ha tirado la toalla, pero el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, insiste en que las variantes que se ensayarán cuentan con la aprobación de Christine Lagarde y que por lo tanto no deberían motivar alarma.

Aunque los voceros de agrupaciones opositoras, entre ellos el kirchnerista Axel Kiciloff, hablan de “renegociar” el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, todos reconocen que la relación con la entidad que vela por la salud de las finanzas mundiales es clave para el país. Para justificar tal postura, pueden señalar que, luego de protagonizar una serie de desastres atribuibles a su propensión a privilegiar lo macroeconómico sin preocuparse por las consecuencias sociales, los funcionarios del Fondo entienden muy bien que sería suicida minimizar la importancia de la dimensión política del embrollo argentino. Si bien algunos colaboradores de Lagarde tienen sus dudas en cuanto a la posibilidad de que Macri logre poner fin a una crisis que les parece eterna, temen que las repercusiones de una eventual implosión de la economía argentina se harían sentir en los demás países “emergentes”.

A pesar de la mala fama de un organismo cuyos técnicos se ven condenados a bailar siempre con las más feas y están acostumbrados a ser acusados de atormentar a países en apuros aplicándoles torniquetes insoportables, el Gobierno y una parte sustancial de la clase política son conscientes de que si no fuera por su respaldo, y por el de Donald Trump, la Argentina ya pudo haberse desplomado como en efecto ha hecho Venezuela, otro país liderado por personajes tan obnubilados por las riquezas naturales que tienen a mano que las imaginaban infinitas.

Los más contentos con lo que toman por un cambio de rumbo por parte del gobierno de Macri son, cuando no, sus socios radicales. Afiliados de un movimiento que siempre ha querido subordinar lo económico a lo político, como reza una de sus consignas favoritas, les encanta la idea de liderar una nueva ofensiva contra el enemigo ancestral que tantas derrotas les ha propinado a través de las décadas. Con todo, por ser tan cuestionable la reputación de la UCR cuando del manejo de la economía se trata, a Cambiemos no le convendría que festejaran con demasiado entusiasmo. Por motivos misteriosos, en este rubro la imagen del peronismo es mejor que la del radicalismo que lo antecedió como el vehículo principal del populismo criollo.

También se sentirá reivindicada la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal que quiere que su jefe la ayude, subsidios de diverso tipo mediante, a congraciarse con los habitantes de los barrios paupérrimos del conurbano que decidirán el futuro de la Argentina y, tal vez, el de otros países que de un modo u otro se verían afectados por lo que suceda aquí. Aunque la imagen de Vidal sigue siendo mejor que la de Macri o de cualquier rival, se prevé que, a menos que la gente crea que la economía está por recuperarse pronto, con el voto dividido podría perder frente a un candidato peronista; puesto que en su jurisdicción no habrá balotaje en la provincia, al eventual ganador no le será necesario conseguir una mayoría absoluta.

Lo que los oficialistas más lúcidos tendrán en mente es subsidiar por un rato los artículos de primera necesidad, de tal modo ayudando a los sectores más vulnerables que, además de los que siempre han sido muy pobres, ya incluyen a muchos que todavía pertenecen culturalmente a la clase media y que, si no fuera por el impacto en sus presupuestos familiares de la debacle económica, preferirían que Cambiemos continuara gobernando el país.

Aunque habrá de transcurrir medio año antes de celebrarse las elecciones presidenciales, los macristas temen que se consolide el voto bronca que está formándose al difundirse la noción de que todo lo malo se debe a la ineptitud apenas comprensible del Gobierno. Por supuesto, si tuvieran razón los personajes mediáticos e “influencers” convencidos de que todo es culpa de Macri, la situación en que se encuentra el país no sería tan difícil como insinúan los datos disponibles, ya que, para salir del agujero negro que amenaza con devorarlo, bastaría con rodear al Presidente de los muchos que dan a entender que ellos saben muy bien lo que hay que hacer para que la economía levante vuelo, pero la verdad es que pocos realmente creen que las cosas son tan sencillas.

Ahora bien, a menos que aparezca un nuevo líder carismático, lo que a esta altura luce improbable, o cobre ímpetu la candidatura de Roberto Lavagna, como quisieran los prohombres del círculo rojo y cierto sindicalismo, la alternativa a Macri seguirá siendo Cristina que, de acuerdo con algunos sondeos, con tal que nada cambiara en los meses venideros podría derrotarlo en un eventual balotaje. A juicio de algunos, la mera posibilidad de que la dama pudiera regresar a la Casa Rosada está perjudicando enormemente la economía, ya que “los mercados” dan por descontado que, con ella al timón, el país metería proa al destino al que está acercándose Venezuela, o sea, que merced a quienes viven en las zonas más tétricas del conurbano bonaerense la Argentina se convertiría en otro Estado fallido del cual huirían millones de personas en busca de una vida mejor en Chile, Uruguay y Brasil, además tal vez, de Bolivia y Paraguay.

Uno supondría que una estrategia proselitista basada en brindar la impresión de estar dispuesta a arruinar el país para que mueran de hambre o por falta de medicamentos a muchos de los que conforman la clientela electoral propia es, por decirlo de algún modo, un tanto heterodoxa, pero a juzgar por las encuestas, la de Cristina está funcionando muy bien. Parecería que, lo mismo que en otras latitudes, aquí aquellos dirigentes que saben politizar el rencor que por motivos comprensibles muchos sienten, corren con ventaja en comparación con los que procuran ser racionales.

Sea como fuere, cuando es cuestión de decirnos lo que haría para curar al país del mal que lo mantiene postrado desde hace muchos años, Cristina es aún más taciturna que los demás aspirantes presidenciales peronistas, acaso porque, para ella, la prioridad es defender su libertad personal y la de sus hijos haciéndole la vida imposible a Macri, de suerte que la presidencia de la República le vendría de yapa.

Así y todo, sorprendería que la señora no haya pensado en lo que le convendría hacer si sus esfuerzos en tal sentido fueran tan exitosos que un buen día se encontrara sentada nuevamente en el llamado sillón de Rivadavia. ¿Le gustaría vengarse del país por haberla desairado? ¿Sueña con un reino de terror? ¿O, aleccionada por lo que le está sucediendo a su amigo Nicolás Maduro, elegiría hacer algo totalmente distinto?

Por ser Cristina una política hecha de teflón que podría cometer virtualmente cualquier barbaridad –como apropiarse de vaya a saber cuántos miles de millones de dólares–, sin perder el apoyo de sus fieles, de regreso en la Casa Rosada sería capaz de poner en marcha un programa de saneamiento que resultara ser mucho más duro que el macrista so pretexto de que lo heredado de los malditos neoliberales era tan terrible que no le cabía más opción.

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