martes, 5 de marzo de 2019

Un dios duda

Por Martín Caparrós
En el club de los dioses hay de todo. Son gente rara: como cada cual se cree único, no suelen discutir entre ellos; si lo hicieran, tipo debate electoral, sería un espectáculo.

(Aunque, visto lo visto en estos últimos milenios, también sería peligroso: las controversias de inmortales suelen chorrear sangre mortal).

Y es cierto que estarían de acuerdo en muchas cosas —­cuestiones de poder, catástrofes y plagas, la muerte como chantaje indispensable—, pero disentirían en otras: hay dioses más tolerantes o más distraídos o menos obsesos. Sobre todo en ese punto que a algunos les importa tanto: los sexos y sus usos —y la conducta de sus sacerdotes al respecto.

Jehová, sin ir más lejos, ordena a los suyos que se casen porque, como les dijo, “un hombre no está completo sin su esposa”, y que crezcan y se multipliquen, que es lo suyo. Alá, siempre más, les dice que no tengan esposa sino esposas, total mujeres sobran. Buda trató de que sus clérigos nipones ni fornicaran ni follaran ni nada, pero tenía tanta dificultad para convencerlos que al final les permitió que se casaran. Y los dioses cristianos también tienen opiniones varias. Al dios cristiano que adoran unos ingleses y muchos americanos, por ejemplo, no le importa que sus sacerdotes tengan mujer y hagan, con ella, hijos o lo que puedan. Al dios cristiano que adoran ciertos rusos le parece bien que se busquen una esposa, pero si se les muere no les deja buscar otra. En cambio, el dios cristiano que adoran los romanos y españoles y sudacas y algunos africanos dice que ni ahí. Bueno, ahora lo dice.

Durante más de mil años no lo dijo: debía estar distraído. Hasta el siglo XII muchos de sus sacerdotes se casaban, y era un lío: esos señores tenían hijos y trataban de legarles sus cargos, sus bienes, sus parroquias, sus tramas de poder —y entonces este dios y su Iglesia debían pelear por ellos contra ellos. Así que este dios intervino en un par de concilios de sus representantes y los indujo a decir que siempre había dicho lo que nunca había dicho: que sus curas y monjes no podían casarse ni maritar ni un poco. Tardaron siglos en convencer a todos.

(Nada más fascinante que ver las piruetas de algunos de estos dioses para hacernos creer que nunca cambian, que sus caprichos son tan eternos e inmutables como ellos. Pobres, todos entenderíamos si nos explicaran que se aburren, que es un plomo pasarse el infinito pensando lo mismo y que en la variación está el gusto).

Aquel cambio de este dios fue un terremoto. El celibato de sus servidores se transformó en una de las reglas más distintivas de su orden. Y fue —a esta altura él ya debe saberlo, es lento pero tampoco tonto— un error espantoso. Nada le ha hecho más daño a su imagen que esa prohibición y sus efectos. Por ella, sus sacerdotes debían portarse como diosecitos y no eran, así que se lanzaron a bochornosas tropelías: como no podían tocar lo que querían, empezaron a tocar otros instrumentos, y el coro sacro dio en sonar fatal.

Este dios lo sabe: por esa imposición convirtió a muchos de sus servidores más directos en obsesos predadores que, por siglos, consiguieron salirse con la suya —o el suyo— porque tenían poder. Pero ya no tienen tanto, y él tampoco, y los relatos de las víctimas y la defensa de los victimarios le complican la vida. Ya tenía sus problemas, pero nada le ha hecho tanto daño últimamente.

Así que ahora debe estar buscando el modo de hacer como Buda o como él mismo y cambiar de idea sin que se note mucho: decir bueno, ahora pienso esto y antes cuando parecía que pensaba esto otro en realidad pensaba esto mismo pero ese pensamiento estaba ínsito dentro de este pensamiento que mi pensamiento no parecía pensar para que ustedes, hombres sin pensamiento, no pensaran que pensaba otras cosas que pensar no podrían. Y no sean insolentes, digan amén y cállense la boca.

Hubo tiempos en que le funcionaba.

© El País Semanal

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